Descarga sin límite (s)

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Descarga sin límite (s)

Una ballena, un cachalote, otra ballena, una pareja, tres señoras que no se conocen, un bebé que no sabe si sabe, dos colegas esperando una descarga, unos tipos con cámaras, otros tipos nada infames, una librera, por allí vemos a un ecologista, más acá un poeta sentado en primera fila, cinco filas atrás otra poeta, un cantaor que hoy no canta, quizá una chica que ya balbucea versos… Así hasta contar a unas 150 personas, así hasta soltar los cabos que nos amarran a la racionalidad, a los deberes ser que son tan poco dados a ser…

Una voz abre la noche: “Hay días… hay días en que en nuestras playas invisibles varan ballenas. Más grandes de lo que nuestros brazos abarcan, más poderosas en el mar de lo que alcanzamos a observar en la vasta arena de nuestro remanso. Hay días en los que tenemos ballenas alojadas en el alma y en esos días nos toca dilucidar si la ballena es el temeroso monstruo marino infatigable o el cadáver de nuestros anhelos agonizando en una playa de cuyas coordenadas solo nosotras sabemos”. Es verdad… es un poco ñoño, pero es que tras meses de trabajo da gusto vernos juntas, aquí, convocados por la palabra en un lugar donde flota nuestra historia (acuática). Fue el sábado 31 de octubre y era la primera de tres descargas de la Surada Poética. Se celebraba en el Museo Marítimo del Cantábrico y las alusiones a los animales sin vida pero con memoria eran de cajón: “Hoy soñamos con ballenas –seguía la voz-. Cada una, cada uno, que decida si su ballena particular es sueño o pesadilla. La de hoy es una ballena colectiva. El esqueleto que ya no nos da miedo, el inmenso rorcual que nos habla de los escombros de nuestro tiempo, de la posibilidad de reconstruirnos, costilla a costilla, hasta ser nuevas personas: fraternales, solidarias, críticas, tan llenas de incertidumbres como aquella ballena que en 1898 dudaba de si saldría con vida de la trampa de El sardinero o si sería pieza de museo bajo la cual, una noche de surada, poetas y cantores la invocaran en nombre de la necesidad de un nuevo océano en el que zambullirnos”.

Las palabras de arranque anunciaban que, en esa noche de surada nada metafórica, “todos los nortes hoy navegan a lomos de una ballena hacia el sur”. Y advertía: “Las brújulas son instrumentos para cobardes”.

A partir de ahí, el desborde, la descarga, voces de diferente tono, acento y cadencia para hacer “la verdadera revolución”. Primero Marianella Ferrero, acompañada a la guitarra por Rodrigo Prieto. Palabra fuerte, dura y suave al tiempo, voz del sur en este norte de sures. Después Patricia Fernández, sola, sola con unas palabras mascadas en una soledad que aquí se rompe de forma colectiva, en el bioma de los vivos que reta a su “bioma de los muertos”.

Eladio Orta irrumpe en el escenario. Negro sobre negro. “Ponme la luz que quiero ver a la gente”. Y la gente lo vio retorcerte en escena con palabras tan directas como sus silencios. Orta, un onubense, le dio paso a otro onubense. Antonio Orihuela puso los puntos sobre las haches mudas de desmemoria, explotación y hartazgo. Poesía sin pelos en la lengua para lenguas contenidas hasta el dolor.

La noche se alargaba en un ritmo cadencioso sin muchas concesiones. Sólo el tiempo para salir a beber viento sur y a sentir la caricia de una pequeña ráfaga de vino en el alma. Lo justo para prepararse para el descoyunte.

La voz que arrancó da unas leves instrucciones de vuelo: “Olvidaros de todo lo que conocéis, dejad los prejuicios a un lado, no escuchéis con la mente”. “menos mal que avisó”, dice alguien del público después de los 55 minutos rocosos de El Niño de Elche y Raúl Cantizano. Su intervención poético-musical no es definible en un género ni en un tiempo. Guitarras magistrales, fuertes, guitarras como metralla espoleada por la voz –las voces- imposibles de un Niño de Elche (Francisco Contreras) que nos dio uno de esos regalos difíciles de dimensionar.

La primera descarga llenó el Museo y la noche, y a las almas, y a las ballenas, y a las tres señoras que ahora sí se conocen, y a la pareja que se regala una caricia cómplice, y a poetas, ecologistas, libreras y paseantes que ya nunca volverán a mirar a este museo de agua como un lugar sin palabras.

La próxima… el 21 de noviembre en la Biblioteca Municipal… ¿te la vas a perder?


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