Cuando el sonajero dejó de sonar

Dos antropólogas forenses exhuman en una fosa común restos de represaliados por el franquismo. En tanto, dialogan sobre lo sucedido y aclaran los motivos que las han conducido hasta allí. Entre las cinco escenas que protagonizan, monologan diversos personajes, vinculados de una u otra forma a ese pasado que ellas reviven. En la mayor parte de los casos, sus parlamentos se construyen a partir de objetos que formaron parte de la vida de las víctimas y que han sido recuperados al lado de sus huesos. Otras veces son los ejecutores o los desaparecidos o familiares quienes toman la palabra.
En la escenografía, se huye del espectáculo para poner de relieve la historia, las historias. La decoración es minimalista, pero representativa, y en ello reside su fuerza: fija la mirada en lo esencial y, al tiempo, lleva a centrar la atención en el discurso.
Caracteriza al lenguaje su contención. Lejos de caer en la soflama, se torna afectivo. A un teatro documental, que lo es -se mantienen, incluso, nombres de damnificados-, se sobrepone un relato lírico, casi poético. Y, al final, el realismo se vuelve mágico.
En cuanto a la ejecución artística, actrices y actores buscan una interpretación muy medida, en nada melodramática, emotiva pero sin estridencias, con el movimiento escénico indispensable.


Dura la actuación alrededor de hora y media.

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