Pequeñas mujeres rojas. La peor novela de Marta Sanz.

La costumbre que tenemos de quedarnos en la epidermis, de no tener paciencia, de no dejar un espacio para comprender los porqués de una escritura con mil matices.

Agustina Monasterio Baldor nos acerca a la lectura de «Pequeñas mujeres rojas» de Marta Sanz desde planteamiento radicalmente situado. Aqui su reseña. Adelante.

 

 

Me dice Carmen que Pequeñas mujeres rojas no está gustando a casi nadie. Yo he venido aquí hoy a ofrecer una explicación de por qué no nos gusta, y a avisar de que es una novela crucial, tanto para el feminismo como para las políticas memorialistas. Lo diré rápido, es un error que esta novela no nos guste. Para mí, Daniela Astor y la caja negra es su novela más redonda y Pequeñas mujeres rojas la menos grata de leer. Pequeñas mujeres cuenta la misma historia que Daniela Astor, con una caja de herramientas literarias distinta. Marta Sanz es una autora mayor, sabe muy bien lo que se tiene entre manos, y según dice, esta novela es la que más trabajo le ha costado escribir. La cuestión no debe de ser si le ha quedado más o menos redonda, algo sucede con esta novela en particular, que no captamos ni siquiera cuando la llevamos a medias. Tampoco es una novela de una dificultad excepcional. Exige de nosotras bastante menos trabajo como lectoras que -por citar algunas novelas difíciles- Los hijos muertos de Ana María Matute, El cuarto de atrás, de Carmen Martín Gaite o Si te dicen que caí de Juan Marsé. Quizás nos exige un cuidado y paciencia similares a los que requiere una novela canónica en la que también se ha inspirado, Nada de Carmen Laforet. Otra pequeña mujer más o menos roja a la que dictadura y el cilicio de la familia supieron colocar en el agujero que le correspondía.

¿Qué le pedimos exactamente a Marta Sanz como escritora? Creo que le pedimos que no nos aburra con sus pesadillas, que no nos abrume con sus referencias literarias, con sus citas no citadas y con su lirismo. Esta novela tiene un funcionamiento complejo, a pesar de que te da toda la información que necesitas desde el principio, la lectora, como le sucede a la protagonista, no entiende, no ve, no escucha lo que debería entender, ver y escuchar para seguir viva. Porque todas nosotras somos rehenes de los relatos históricos que nos han contado, incluso cuando hemos dejado de creer en ellos. Y somos víctimas además de unas formas de narrar en las que nos instalamos con absoluta confianza, sin imaginar que nos puedan estar esperando a la vuelta de una esquina para darnos con un palo.

pequeñas mujeres rojas es una novela moderadamente experimental publicada en Anagrama. Es evidente que Marta Sanz sabe que se arriesga a no gustar a sus lectores habituales, a cansarles. Lo que creo que sucede es que Marta Sanz está intentando escribir una novela que perdure, una novela imperfecta y canónica, que se mide con las obras mayores que se estudian en los departamentos de literatura. No le importan sólo las lectoras de hoy a las que esta novela pueda abrumar. ¿Pero qué novela del canon de la literatura española contemporánea es de lectura sencilla? ¿El Jarama? ¿Tiempo de silencio? ¿Volverás a región? Quizás de un tiempo a esta parte todas estemos confundiendo la literatura con Netflix y quizás hayamos olvidado que la literatura española cuenta con novelas tan complejas y extrañas como La lozana de andaluza de Francisco Delicado, El caballero de las botas azules de Rosalía de Castro o Escuela de Mandarines de Miguel Espinosa. La literatura puede requerir de nosotras la misma paciencia y atención que estudiar derecho constitucional o física cuántica, es una práctica que requiere tiempo, eso que ya no tenemos y el mismo tipo de entrenamiento intelectual que la lectura de las sentencias del Tribunal Supremo. La literatura no tiene que entretenernos, a veces incluso nos aburre o nos exaspera, es un código que no nos podemos permitir no conocer. Es al menos la convicción de Marta Sanz.

Apología de lo inútil: la filología, por qué y por qué también.

Además de novelista, Sanz es filóloga, como Edurne Portela y Jordi Amat, dos casos actuales de filólogos que se han convertido en escritores sobresalientes, con una profundidad intelectual muy superior a la mayoría de sus coetáneos. Sanz es un producto de las facultades de filología españolas, es decir, de aulas en las que se sientan sobre todo mujeres. Mujeres que escuchan durante años a profesores varones, a veces brillantes, la mayor parte de las veces misóginos. La filología es una disciplina denostada, aunque por supuesto también tiene jerarquía y mandarinato. Es una de esas carreras universitarias sobre las que la gente pregunta «¿y eso para qué sirve?». Por desgracia es una pregunta que tarde o temprano asumimos como propia, que metabolizamos, como sucede con la misoginia: qué es y para qué sirve la literatura, para qué sirve la historia de la literatura, cómo orientarnos en un campo de investigación que se ha creado a partir del borrado sistemático de las escritoras y de clases y grupos sociales que solo aparecen en tanto que sujetos representados. Es la misma pregunta que se nos plantea a las feministas, cómo habitar un mundo que no está hecho pensando en nuestro bienestar, o dicho de otra manera, que está hecho como si no existiésemos. Marta Sanz respondió a esta cuestión en su novela de 2017, Clavícula, las mujeres -también las filólogas- habitamos este mundo en y desde la contractura, y es el cuerpo el que primero somatiza y nos alerta de esta condición contracturada de nuestro mal-estar en el mundo. Pequeñas mujeres rojas es así mismo una novela contracturada, tanto en la forma como en el fondo, no es amena, produce malestar, la lectora tiene la sensación de haberse caído en una marmita gigante de lirismo y mal rollo. ¿Entonces? ¿Por qué merece la pena seguir leyendo hasta el final?

Marta Sanz y los viejos.

La filología, esa disciplina que sólo parece servir a sus propios mandarines, nos sirve a sus aplicadas vestales para conocer íntimamente a nuestro enemigo: quién dijo qué en qué año. La filología, como el derecho, nos permite comprender y utilizar las diversas lenguas que el poder habla para dirigirse a nosotras e interpelarnos. Y para torcernos el cuello como si fuésemos líricos cisnes u ordenar que nos corten la cabeza. Marta Sanz convoca en pequeñas mujeres rojas a los magistrados del Tribunal Supremo de la Literatura española, a los fiscales y a algunos abogados defensores. Uno de estos últimos es el llorado Rafael Chirbes, a quien Marta Sanz conocía bien. En Crematorio, Chirbes conectaba el mal uso del suelo agrícola durante el boom del ladrillo con sus antiguos cultivadores: los musulmanes valencianos que fueron expulsados a principios del siglo XVII. Marta Sanz conjura en su novela de la memoria histórica los fantasmas de una persecución muy anterior a la que se desencadena a partir del 18 de julio de 1936: la de los judíos castellanos, hostigados y linchados en las ciudades desde 1391. Los conversos, judíos, marranos, cristianos nuevos, esas personas que han sido insistentemente borradas de la memoria colectiva, y que en el imaginario español no consumen derivados del cerdo. No por casualidad, sitúa a la protagonista de pequeñas mujeres, la inspectora de Hacienda Paula Quiñones, en una economía rural basada en la cría y sacrifico de ese animal que ha servido históricamente para diferenciar a los miembros de la comunidad cristiana española. Recordemos, Marta Sanz es filóloga y ¿quién es el escritor más relevante entre la comunidad de escritores marranos y conversos? Fernando de Rojas, un abogado castellano que en 1514 publicó la primera versión de la Celestina, veinte años después de la expulsión definitiva de los judíos castellanos.

La Celestina, una obra que ya sólo leen las filólogas, cuenta la historia de una mujer cuya vida está condicionada desde el principio por una trama de conspiraciones, negocios y acuerdos cuya divisa es su propio cuerpo y cuyo alcance es incapaz de juzgar y comprender. Marta Sanz, evoca sin citar este trabajo fundacional de la literatura castellana y nos avisa -porque es consciente de que hemos perdido la capacidad de leer históricamente, tanto los paisajes, como las novelas- de que los pueblos de Castilla, y por extensión de España, son el resultado de procesos en los que la comunidad se re-construyó mediante sacrificios humanos. Y aquí es importante la combinación de los tiempos verbales del pretérito y del presente, porque en esta novela, el tiempo tiene la forma de una bisagra.

Otro fantasma literario invocado por Marta Sanz es el de Ana Ozores, la protagonista de La Regenta, la novela que Clarín escribió entre 1884 y 1885 para censurar a las mujeres con tendencia a metabolizar la literatura y que se convirtió muy a su pesar en una novela que advertía a las lectoras de que letradas o no, con o sin tendencias quijotescas, las mujeres viven en el centro de una estructura panóptica donde casi todo el mundo conspira de una forma u otra contra su integridad psíquica y física, su autonomía sexual y su independencia económica y social. Recordemos que en La Regenta, una novela de 900 páginas, hay que esperar al final de para que Ana Ozores comprenda por fin qué es lo que ha estado sucediendo a su alrededor. Esta obra maestra absoluta de la literatura en castellano, fruto del trabajo de un misógino supino como Clarín, puede servirnos para entender y aceptar la estructura de pequeñas mujeres rojas.

Ana Ozores y Melibea son las hermanas mayores de una pequeña mujer roja que en el verano de 2012 se instala en el pueblo de Azafrán/Azufrón para trabajar en la exhumación de una fosa de la guerra de España. Tiene 45 años, es Inspectora de Hacienda, arrastra una cojera como secuela de la polio y durante los trabajos en la fosa, ella se concentra en tratar de explicar los asesinatos a partir de los testimonios orales de las familias, de datos catastrales, de mapas y cuadernos viejos cuya autoría trata de establecer. En la cojera de la protagonista resuena la amputación de la pierna de Tristana, la protagonista de la novela homónima publicada en 1892. En ella Galdós cuenta la historia de una niña huérfana que sufre la violación continua dentro de un matrimonio con un hombre mayor. El tumor de su pierna es una metáfora de la desigualdad política, jurídica, económica, social y sexual de las mujeres españolas dos años después de que se aprobase el sufragio universal para los varones. En pequeñas mujeres, la cojera de la protagonista es una metáfora de la misma dificultad que seguimos teniendo las mujeres para ser independientes en un mundo que no nos pertenece, aunque ahora podamos votar desde 1978.

No te gusta porque es literatura…pero puedes cambiar de idea.

pequeñas mujeres rojas es una novela literaria, en el sentido que la propia autora quiere darle al término literatura. Trabaja desde la historia de la literatura y desde la etimología, la morfología, la investigación del texto como artefacto y como conjunto de palabras con dimensión histórica. Y es una novela que aplica las figuras retóricas a la estructura de la novela: el calambur, el retruécano, que le permiten invertir y re-combinar los términos de una frase, pero también de una intención narrativa/ideológica y producir un significado distinto: oro parece, plata no es. La teoría de la literatura lo ha llamado también intertextualidad. Otra de las múltiples referencias con las que Marta Sanz dialoga es San Manuel Bueno Mártir, la novela que Unamuno publicó en 1931. Marta Sanz recoge las reflexiones unamunianas sobre la intrahistoria y el «pueblo dentro del pueblo», las reinterpreta y se las lanza al misógino catedrático de griego, probablemente con la intención de darle en el cogote, allá donde repose. Marta Sanz, heroína de la URSS nos venga colectivamente a todas las filólogas que hemos invertido largas horas de nuestra vida en leer a este señor de Bilbao.

Después de 1939, de existir un pueblo dentro de otro pueblo en Castilla, tendrá la forma de un huevo de serpiente, y no la apariencia de una algarada comunera, advierte la novela. Porque el otro pueblo, se fue al exilio, está enterrado en una fosa, fue apartado del magisterio o sobrevive en los cuerpos de las pequeñas mujeres rojas de 2012-2021, que siempre llevamos las de perder. Nosotras, mientras realizamos las operaciones cotidianas propias de nuestro sexo y nos convertimos a la vez en hegemónicas gracias a Rocío Carrasco, tenemos que tener cuidado de no despistarnos, como les sucedió a Melibea y Ana Ozores. Este es el mensaje acongojado que nos comparte Marta Sanz.

El fantasma de Lorca y las pequeñas mujeres rojas, circa 2021.

Lorca, él también se equivocó, él tampoco supo entender, ni escuchar ni ver con claridad lo que tenía más cerca. Marta Sanz cita Romance de la pena negra sin nombrar al autor de Romancero gitano, porque los fantasmas convocados son muchos y son más activos cuanto menos se nombran. Lorca, el poeta apocalíptico que profetiza su propia muerte, que está en la novela sin dejarse ver, como una advertencia: Lorca no profetiza su muerte, hace una prospección de lo probable de acuerdo con la historia española. La protagonista de Romance de la pena negra es Soledad Montoya, otra pequeña mujer roja que busca su autonomía sexual y personal en 1928, bajo la dictadura de Primo de Rivera, la precuela. Algo podemos aprender de Lorca, nos sugiere Marta Sanz, a dudar del instinto que nos dice que estaremos seguras en Granada, porque allí vive nuestra familia y nadie nos desea mal.

Escarmentad en cabeza ajena, nos repite Marta Sanz, por ejemplo en la cabeza de Amparo Barayón, la trabajadora de la telefónica, madre de dos niños, que volvió a Zamora, a su casa, y allí la mataron, instigados por un pretendiente resentido. La historia de las pequeñas mujeres rojas en España que siempre transcurre en un equilibrio precario mientras intentamos determinar quiénes somos y qué queremos y qué no, cómo querríamos vivir, de verdad, sin tener que abrir con pocas ganas los paquetes de vacaciones en el patriarcado fascista de rancio abolengo y eficacia probada, que nos meten por los ojos o por las vaginas, envueltos con un lacito, gris, color caca, azul o naranja o violeta o rojo.

Muerte a los neo-rurales (¿y qué hacemos con los pueblos?)

En estos tiempos de idealización neo-rural, nos conviene mucho leer esta novela, que agarra por el pescuezo a la tradición naturalista española y la trae a su terreno: la primera línea de las filólogas que practican el terrorismo literario, las inspectoras de hacienda que inspeccionan las haciendas, las memorialistas, las profesionales de la noble y necesaria tarea de documentar todas las catástrofes y los asesinatos y de contrastar los datos catastrales, los planos, los mapas, las cuentas y las cunetas. Es el problema de los estratos, que todas las filólogas conocemos bien después de estudiar Introducción a la filología románica. Las lenguas pre-latinas empujan al latín desde abajo, y lo malean y se lo tragan y lo moldean y por eso hoy hablamos catalán y dalmático, que es una lengua extinta en la que el latín terra da como resultado tara. Walden es un superestrato y no un sustrato de las culturas letradas españolas que han representado el mundo rural, La familia de Pascual Duarte, publicada en 1942 y cuya acción termina en 1937 sí lo es. Marta Sanz se aprovecha de este relato en el que Camilo José Cela, el escritor más importante del franquismo, explicó las condiciones de posibilidad de la participación de población civil en la violencia política que se desató a partir del 18 de julio. Reinterpreta la tradición tremendista, el realismo naturalista, las pinturas negras de Goya, la España negra de Gutiérrez Solana que a su vez inspiraron a Cela. Todos estos referentes nacionales están en pequeñas mujeres rojas, porque Sanz desconfía de la literatura y de la historia que olvida u omite estratos. Porque aunque a muchas nos gustaría o no, irnos a vivir a una cabaña, debemos conocer lo que sucedió, en España en 1936 y en la habitación de matrimonio de nuestras madres, cada vez que legislan o escriben contra nosotras y nos quieren hacer creer que ya somos iguales, que somos libres y que lo seremos por los siglos de los siglos amén.

Tenemos que hablar de los cuidados.

Hay también en esta novela una reflexión sobre un tema que Marta Sanz ya trató en su novela de 1995, Las lenguas muertas: los cuidados y en palabras de la autora, el lado oscuro de los cuidados. Plantea preguntas poco frecuentes en las discusiones públicas sobre el cuidar: qué significa cuidar a nuestros mayores, ¿son dignos esos mayores del cuidado que les procuran mujeres infravaloradas socialmente, mal pagadas o no pagadas? ¿Qué significa la lealtad de las mujeres cuidadoras cuando no pueden elegir sus condiciones de vida o cuando desconocen su propio pasado? ¿Qué significa la abnegación cuando las mujeres terminan cuidando a sus maltratadores domésticos o políticos? Dice Marta Sanz que los cuidados, cuando se elevan a categoría metafísica que no revisamos a la luz de la historia de las mujeres, son otro modo en que las mujeres contribuimos a la ruina personal y política de todas. Y nos recuerda que en España ha habido otras formas de cuidado que no se han podido reducir a convertirnos en animales domésticos, el cuidado colectivo que se ejerció cada vez que una mujer decidió no ser razonable, y acabó en una cárcel, en un asilo, en un manicomio. Esas mujeres que no se sometieron lo suficiente son la loca en el desván de la sociedad española, su otra intrahistoria, que señalan con sus suspiros de España y sus gritos de loca, el origen criminal de las fortunas del IBEX35, de las fortunas medianas de esta y la otra comarca y del relato social sobre el amor romántico, el matrimonio, la maternidad, en fin, todo.

Llegadas a este punto, dice Marta Sanz, sólo nos queda persistir, porque como dejó escrito Jule Goikoetxea con motivo de la huelga feminista, nosotras no somos un colectivo, ni una parte esencial de la sociedad, nosotras somos el pueblo, somos lo que se resiste a morir y a vivir una muerte en vida: tristanas, melibeas, anas ozores, paulas quiñones, antígonas que se empeñan en decir no, una enmienda a la totalidad, mujeres cojas que insisten en vivir su sexualidad, en buscar a las muertas y a los niños perdidos, en escapar de lo que les produce malestar e infelicidad, aún cuando todo está en su contra. Que las dificultades no nos impidan terminar los libros imprescindibles, como este.

Comparte!


X