Apocalipsis, biopolítica y estado destituyente: la precarización en tiempos de cólera

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Apocalipsis, biopolítica y estado destituyente: la precarización en tiempos de cólera


Apocalipsis, biopolítica y estado destituyente: la precarización en tiempos de cólera


Joseba Gabilondo | @josebagabilando

Profesor de Literatura y cultura peninsulares en Michigan State University y autor, entre otros libros, de Globalizaciones. La nueva Edad Media y el retorno de la diferencia (2018), editado por Siglo XXI.


La crisis que ha desatado el coronavirus parece caracterizarse a primera vista por nuestro encuentro, casi antropológico y medieval, con lo desconocido. Las referencias a la peste negra o a escenarios postapocalípticos como el de The Walking Dead se han desatado, creando un espectro de respuestas que van de lo paranoico a lo cómico. Y la respuesta más masiva a lo desconocido se ha concentrado en lo escatológico: en esa necesidad de control y limpieza corporales que representa el papel higiénico. Ese producto que ha sido el primero en desaparecer de las estanterías de los supermercados se ha convertido en fetiche, síntoma y símbolo de nuestra impotencia y falta de conocimiento (¡moriremos de hambre, pero limpios y con dignidad!). Es más, la gente comenta que la realidad empieza a parecérsele a esas películas postapocalípticas que ya han visto, en esa lógica retroactiva y perversa del déjà vu, en la que la realidad copia al arte (visual) como ya nos habían advertido MacLuhan y Debord (1)  —y que naciones poscoloniales (2) así como comunidades indígenas y LGBTQ observan con la ironía de quien ya lo ha sufrido desde la marginación—. Las dos escenas del coronavirus que ya todxs hemos visto en películas son precisamente el asalto frenético de las masas a los supermercados que, a su paso, dejan interminables estanterías vacías y el otro asalto, ya más civilizado, a nuestros hogares donde nos refugiamos dejando como secuela esos otros espacios vacíos que llamamos calles, avenidas y plazas —pero cuyo escenario más cruel y letal será Lesbos y otros campos de refugiados similares—. Alain Badiou diría que es un acontecimiento, en el sentido más radical de la palabra (3).

Frente a este encuentro con lo que se presenta como un escenario desconocido que no sabemos si es una invasión de aliens o un ataque masivo de zombis, y que los gobiernos en su mayoría tampoco han sabido afrontar —creando así un círculo vicioso y retroalimentado de pánico y ansiedad— lo primero que hay que proclamar es que es todo lo contrario. Sabemos exactamente qué es este desconocimiento y, es más, ya tenemos todas las claves para enfrentarnos con certeza a esta incertidumbre viral. Sabemos lo que es el virus; simplemente no sabemos que sabemos. Por lo cual, es cuestión de comprender por qué se nos presenta la situación desatada por el coronavirus como un horizonte sin precedentes de incertidumbre y ansiedad, y no como lo que verdaderamente es, como lo que ya sabemos que es: el coronavirus es la conclusión lógica, clara y directa de un orden económico y social que se llama capitalista, neoliberal y heteropatriarcal. El coronavirus simplemente se nos revela como el último episodio de una serie que ya hemos visto venir desde hace ya mucho tiempo: el apocalipsis ecológico de un mundo globalizado. Hay que decirlo claramente: el coronavirus es un ensayo del desastre ecológico que se avecina de manera imparable.

Pero el coronavirus no se puede pensar como un fenómeno natural (los virus técnicamente hablando ni están vivos, son pura naturaleza muerta objetiva). Dicho virus no es sino el ensayo más radical, más imprevisto, menos anticipado, a un apocalipsis en el que tenemos que insertar esa otra “epidemia” que también siempre salta de manera imprevista y masiva: las revueltas populares que se han ido multiplicando de forma viral desde la crisis neoliberal del 2008. El coronavirus hay que pensarlo en contraposición a este otro virus humano e igualmente contagioso que son las revueltas populares que se retrotraen a la Primavera Árabe y los Indignados (15M) del 2011 y que se han extendido hasta el reciente “Octubre Rojo” del 2019 donde Chile, no China, fue el nuevo foco irradiador del contagio revoltoso y reivindicativo.

Por lo tanto, si resituamos el coronavirus frente a las revueltas populares post-2008, como dos efectos virales de una sola lógica capitalista neoliberal globalizante y heteropatriarcal, tenemos que concluir que este doble fenómeno viral (coronavirus/revueltas) es otro escenario, otro paso, otro episodio, cuyo capítulo final será la crisis o colapso ecológico que dicho capitalismo ya está generando y se convertirá en irreversible en un futuro muy cercano, digamos el año 2050. Por lo cual, lo que necesitamos es un pensamiento apocalíptico de lo que es la política de hoy día, en el sentido literal de la palabra: apocalipsis significa revelación, es decir, in-cubrir/des-cubrir aquello que estaba cubierto y que, así, permite el acceso a la verdad en el mismo acto de la revelación, del levantar el encubrimiento.

Frente a este in-/des-cubrimiento, lo que la mayoría de filósofxs ha debatido es la función del Estado frente a la expansión viral y letal del capitalismo: ¿es el Estado el único protector, el último reducto de protección, frente a un capitalismo viral y global que nos lleva a la crisis ecológica final, o, por el contrario, es este sujeto supuestamente soberano el verdugo que va organizar y distribuir de manera capitalista y uno-porcentista este virus que sin duda está abocado a generar más revueltas populares? De Giorgio Agamben y Luciana Cadahia a Jean Luc Nancy, Slavoj Zizek o José Luis Villacañas, esto se ha convertido en el debate central. Digo filosofía, porque la ciencia no tiene respuestas para este dilema central. Dicho esto, este articulo va a intentar hacer una lectura y critica apocalípticas, vía Walter Benjamin, donde se intentará revelar la continuidad entre el evento viral que vivimos, las revueltas post-2008, y la crisis ecológica que se avecina de manera más lenta pero mucho más letal.

 

El cálculo schrödingeriano de la epidemia

La panoplia aritmética de números, porcentajes, algoritmos y simulaciones de matemáticos, epidemiólogos y sociólogos, en su misma precisión numérica, todavía han hecho más evidente nuestro “desconocimiento de lo que ya sabemos” sobre este virus. Esa incertidumbre se exacerba por una de las contradicciones schrödingerianas más interesantes del tratamiento del virus: cuanto más éxito se tenga en la prevención, menos se van a saber las consecuencias letales que esta plaga podría haber tenido. La única manera de acceder a la verdadera naturaleza del coronavirus, a nuestra nueva peste, sería precisamente no hacer nada y observar los resultados de manera científica, objetiva, y desapasionada. Aunque cualquier simulación o estimación es sospechosa de ser gravemente inexacta, para botón de muestra, citemos esta: Nicholas Kristof and Stuart A. Thompson han calculado, en un artículo para The New York Times, que al ritmo que los EEUU está desplegando la prevención, si no actúan de manera más agresiva, 100 millones de ciudadanxs van a contraer el virus y, lo que es más increíble, 1 millón va a morir (es decir, en el país supuestamente más avanzado y rico del mundo; esto podría ser el legado final de Trump).(4)  Cuanto más aceleramos las medidas de prevención, menos sabremos lo que el virus representa como amenaza, por lo cual ya se puede esperar todo un discurso postvirus de “que no era para tanto”, que la alarma general solo era “histeria colectiva global”, etc. Irónicamente, la globalización ha creado una diversificación de escenarios (un Corea del Sur exitoso, unos EEUU caóticos, etc.) entre los cuales uno, “un laboratorio de dimensiones estatales”, va a ser, trágica y desgraciadamente, el más importante para llegar a la “verdad” tan contradictoria y “desconocida” del coronavirus: el primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, ha decidido precisamente no adoptar ninguna medida preventiva y dejar que el virus complete su ciclo “natural” de contagio y letalidad y solo enfrentarse al mismo cuando haya llegado a su pico aproximadamente en dos meses; Rafael Ramos resumía esta estrategia para La Vanguardia en la frase: “es mejor intentar proteger la economía de cara a quienes sobrevivan”(5). Dicho de manera más perversa, pero que un periodista de The Telegraph, Jeremy Warner, ya ha expresado públicamente(6), Johnson quiere ver a cuántos viejitxs y pacientes con salud comprometida puede eliminar para así aligerar el peso de servicios que el gobierno debe prestar a la ciudadanía; el objetivo de Johnson, por tanto, sería hacer disponible más dinero público para posteriormente traspasarlo al sector privado, al 1% británico. Dudo mucho que Johnson pueda mantener esta postura “coronavir-exit”, pero, desgraciadamente, lo podremos seguir en tiempo real, en toda su crueldad.

 

Los dos cuerpos de la epidemia: ¿biopolítica o necropolítica?

Pero como en la teoría de Kantorowicz de los dos cuerpos del rey (el rey político o simbólico sigue vivo después de la muerte del rey natural o físico para así trasladarse al nuevo cuerpo monárquico sin interrupción (7), el coronavirus también es una plaga doble, ya que otro tipo de peste se está ya expandiendo con más rapidez y virulencia que la del coronavirus y va a dejar secuelas sociales más importantes después de la desaparición del coronavirus: la precariedad económica. Esta segunda plaga, que es consecuencia de que se suspenda toda actividad económica relacionada con el espacio público donde el contagio se puede multiplicar, afecta desde la industria conectada con eventos, festivales y deportes al comercio al por menor (todo lo que no sean supermercados y farmacias) y la enseñanza no funcionaria. Es decir, esta segunda epidemia va a afectar de manera brutal a toda una población que ya había sufrido una primera ola de precarización en 2008 (verbigracia, lxs camarerxs de 4 euros a la hora con contratos semanales o incluso más cortos). La ola de problemas laborales y familiares que va a causar entre los sujetos (mujeres) que ya tienen una responsabilidad desproporcionada del cuidado de la familia —problemática que es resultado directo de la cancelación del semestre escolar y el agravamiento de condiciones entre la gente de edad avanzada, como abuelxs y suegrxs— solo va a ser devastadora. Por ahora no tengo noticias de cómo afecta esto a inmigrantes precarios cuya labor también se centra en el cuidado de cidudanxs nacionales no-migrantes, pero es de imaginar. Aunque hablaremos más adelante de la actividad del Estado para subsanar esta precariedad, digamos que esta segunda peste económica y social, tiene todos los visos de ser mucho más letal que la primera viral y biológica, de ahí la invocación de la teoría de Kantorowicz. Pero como sucede con la figura del doble rey político-natural, esta segunda peste va a pasar desapercibida, como no peste, frente a la alarma que la mortandad directa que el coronavirus está generando. Habrá muchos enfermos que morirán, pero el ejército de gente precarizada que terminará suicidándose, sufriendo de deficiencias sanitarias que la avocarán a una muerte prematura, o a la violencia de género asesina, va a ser muy superior, aunque sobre esta segunda peste invisible, sin síntomas corporales claros y detectables por la medicina, todavía no he visto ningún modelo predictivo. Es aquí donde la ciencia, una vez más, demuestra su incompetencia. Y es aquí también donde las noticias y datos sobre el auge inminente de precarización y mortandad nos van a alarmar y conmover. Los periódicos recogerán todo tipo de situaciones y sucesos extremos que, en su extremidad, apuntarán a esta segunda plaga más letal y devastadora. Y nos impresionará esta segunda peste tanto como la del coronavirus, y volverán los titulares de que nos enfrentamos, una vez más, a algo desconocido y sin precedentes. Pero lo único desconocido será, una vez más, nuestra sorpresa a algo que ya se está dando desde el 2008 de manera acelerada y Naomi Klein ha denominado “capitalismo del desastre”, el cual recurre al shock para luego beneficiarse de la confusión(8).

Para observar esta continuidad conocida pero ignorada, baste el artículo de Rolling Stone sobre suicidio juvenil, que se titula: “Teen Suicide Is on the Rise and No One Knows Why”(9). De acuerdo con el CDC americano, la misma agencia que está a cargo del control del coronavirus, el suicidio juvenil ha subido desde 2007 un 56% y se ha convertido en la segunda causa de mortandad juvenil, tras los accidentes. Esta subida de suicidios juveniles que “nadie sabe por qué está al alza”, necesitará estudios detallados para pasar de la correlación a la causa, pero la razón general es bien conocida: la crisis económica del 2008 y, de forma más general, la expansión del capitalismo neoliberal y su efecto precarizante en numerosos niveles, de la salud a la economía. Entre la población general estadounidense, el suicidio ha subido de 12,1/100.000 habitantes en 2010 a 14,2/100.000 en 2018, es decir ha incrementado un 17,3 % y se ha convertido la décima causa de mortandad general de la población, con más muertes que las de los accidentes de tráfico y homicidios combinadas(10). En Argentina el suicidio juvenil se ha triplicado en 30 años (con proporciones muy diferentes entre las y los jóvenes)(11).

Y cito el suicidio, y más precisamente el suicidio juvenil, como el canario de la mina que nos puede llevar a un diálogo más teórico sobre lo que Foucault denominó “la biopolítica”, es decir, sobre el control vital que el Estado ha ejercido desde el siglo XVIII sobre su ciudadanía y que, en este caso, se centra en el control y la prevención estatal de amenazas letales como el coronavirus.(12) Lo que “desconocíamos de lo que ya sabíamos” sobre el coronavirus es que, aunque el Estado se movilice biopolíticamente, hay una segunda corriente subterránea, todavía mal analizada, que apunta a que hay un proceso inverso de muerte, de fatalidad, que el mismo Estado capitalista genera y que Achille Mbembe ha denominado “necropolítica”(13), ya que en la África subsahariana tenemos un sistema de poder estatal inverso: la población se controla y se regula matándola de formas sistemáticas y masivas (baste citar los 5 millones de muertos de la guerra civil en la República del Congo de finales de los 1990). Con lo cual, solo si adoptamos la aproximación kantorowicziana al coronavirus, como una plaga doble, como dos pestes que se suceden, vamos a poder empezar a comprender el papel que el Estado capitalista neoliberal está teniendo en la globalización respecto a sus ciudadanxs. Es este el debate filosófico al que he apuntado más arriba, y que se centra en la intervención inicial de Giorgio Agamben. Pero ahora podemos plantearlo en otros términos: ¿el Estado se enfrenta al coronavirus de manera doble, frente a dos plagas, para regular a su ciudadanía a través del control de la vida (biopolítica) o de la muerte (necropolítica)? ¿O es esta disyunción también falsa?

 

Agamben, Nancy, Villacañas: estado de excepción, crisis evolutiva y civilización

Esto nos lleva a repasar el diálogo o discusión entre Giorgio Agamben(14) y Jean Luc Nancy sobre el tema. Para entender el argumento del primero hay que hacer una precisión. El mismo defiende que la última estrategia biopolítica del Estado es el estado de excepción global, un nuevo estadio político que permite a los gobiernos operar por encima de la ley con la excusa de luchar contra un Otro siempre amenazante (ya el terrorista o el inmigrante)(15). Así Agamben ha defendido en su intervención más reciente que el estado de excepción estatal generalizado y permanente va a aumentar con la excusa del coronavirus. Por ejemplo, el gobierno español ya ha decretado un estado de alarma que dicta todo tipo de medidas que, bajo circunstancias normales, serían ilegales. Así Agamben concluye que:

hay una tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno. El decreto-ley aprobado inmediatamente por el gobierno “por razones de salud y seguridad pública” da lugar a una verdadera militarización “de […] todas las regiones, ya que es casi imposible que otros casos no se produzcan en otras partes. […] La desproporción frente a lo que según la CNR [Consejo Nacional de Investigación Italiano] es una gripe normal, no muy diferente de las que se repiten cada año, es sorprendente. Parecería que, habiendo agotado el terrorismo como causa de las medidas excepcionales, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites(16).

Para Agamben, por tanto, esto es un escalamiento de las tendencias del Estado a incrementar su poder biopolítico de control sobre las vidas de sus ciudadnxs a través de ese movimiento ahora generalizado de situarse más allá de ley y de recurrir para ello al estado de excepción, tomando para ello como nueva excusa no a los terroristas sino a los virus.

A su vez, Nancy ha respondido que la intervención de Agamben no explica lo que es un progreso histórico creciente de comunicación y conectividad que inevitablemente crea condiciones insalvables de contagio y mortandad acelerada. Es más, Nancy ha reaccionado precisamente exculpando al Estado como ejecutor pasivo de una lógica que hay que situar en un más allá extraestatal, en la globalización, donde la tecnología ha hecho posibles niveles de interacción y conexión no solo entre humanxs sino también entre especies en nuevas formas que eran impensables hace algunos años:

Giorgio [Agamben] dice que los gobiernos toman todo tipo de pretextos para establecer estados continuos de excepción. Pero no se da cuenta de que la excepción se convierte, en realidad, en la regla en un mundo en el que las interconexiones técnicas de todas las especies (movimientos, traslados de todo tipo, exposición o difusión de sustancias, etc.) alcanzan una intensidad hasta ahora desconocida y que crece con la población. La multiplicación de esta última también conduce en los países ricos a una prolongación de la vida y a un aumento del número de personas de avanzada edad y, en general, de personas en situación de riesgo.

No hay que equivocarse: se pone en duda toda una civilización, no hay duda de ello. Hay una especie de excepción viral – biológica, informática, cultural – que nos pandemiza. Los gobiernos no son más que tristes ejecutores de la misma, y desquitarse con ellos es más una maniobra de distracción que una reflexión política(17).

Volveremos a estas dos intervenciones, pero es primero necesario establecer su cronología y su argumentación principal. Otros filósofos como Roberto Esposito, Sergio Benvenuto, Divya Dwivedi o Shaj Mohan también se han unido a la discusión e incluso han vuelto a revisar los pasajes de la obra de Foucault que lidian con epidemias(18).

En el estado español, ha sido curiosa la reflexión de José Luis Villacañas en su posicionamiento más cercano a Nancy. Es importante observar en la intervención de aquél cómo la evolución humana reciente aparece desligada, hasta el final, del capitalismo, como si se tratasen de dos procesos diferentes pero confluentes en casos como el del coronavirus:

No es la manipulación del Estado, sino la fuerza imparable de la voluntad de la especie de mantener su unidad, su comunicación, su suerte, hoy como hace millones de años. Eso fuerza a los seres humanos a recorrer la Tierra. Mientras haya condiciones de vida diferentes, como por exclusas, los seres humanos se moverán por los desniveles de la corriente. […] el conjunto de fenómenos que hemos descrito nos hacen [sic] pensar que estamos ante un atolladero evolutivo. En estas épocas emergen las atmósferas apocalípticas en las que el fastidio de una prevención casi imposible se entrega al alivio de presentir un final en el que ya toda prevención es irrelevante. En la mayor parte de las ocasiones anteriores el ser humano presentía el atolladero. Ahora lo conocemos. […] alguien me decía que la humanidad siempre acaba encontrando una salida. A este amigo no le inquietaba el dato de que otras estirpes homo quedaran en el dique seco. Tampoco los costes con los que la humanidad sale de estas situaciones. Y esta es la cuestión central. Porque en estas circunstancias se olvida toda normatividad, y la especie se refugia en un darwinismo extremado que no podemos identificar sino con la barbarie. Y cuando recordamos la afinidad que Hayek estableció entre darwinismo y capitalismo, comprendemos que el capitalismo avanzará su proceso de concentración de riqueza sin tener que producir situaciones de riesgo mediante burbujas especulativas. Se limitará a aprovechar las catástrofes que vengan. Y entonces los Estados serán lo único que tengamos(19).

Al identificar capitalismo y darwinismo, y subrayar la gran capacidad del primero de sacrificar grupos enteros de seres humanos (como ya lo hemos observado en el mundo poscolonial al que me he referido antes), Villacañas modula la conclusión de Nancy sobre la pasividad actancial del Estado, y postula, por el contrario, que éste es el único defensor, baluarte y refugio que tendrá la ciudadanía (por lo menos en el Norte Global). A diferencia de Nancy, que no excluye al Estado de la lógica capitalista global neoliberal, Villacañas defiende a dicha institución, con lo cual crea una tercera opción a la pregunta que he planteado anteriormente: el Estado se enfrenta al coronavirus no para vigilar a su ciudadanía a través del control de la vida (biopolítica) o de la muerte (necropolítica), sino para erigirse como último baluarte frente al darwinismo del capitalismo global. Villacañas no aclara si dicha defensa estatal también implica un control biopolítico, aunque repasando su obra, se puede concluir que la biopolítica no ocupa una posición central en su pensamiento —un pensamiento que en su formulación republicana del Estado proviene más bien de Weber-. Por lo cual, nos enfrentamos a tres posicionamientos sobre el Estado: como institución de control biopolítico, como agente pasivo y secundario de una (necro)política global (Nancy) o como institución que protege (de maneras no explicitadas) a la ciudadanía del darwinismo (necropolítico) capitalista (Villacañas). Por lo cual vamos a tener que repetir la pregunta: ¿en qué tipo de Estado vivimos los afectados por el coronavirus, por lo menos en el Norte Global? No es casualidad que la filósofo argentina Luciana Cadahia haya observado lo siguiente:

Descubrimos que los jóvenes son casi inmunes, que los adultos se recuperan sin muchas dificultades y que el mayor peligro está en los hombres blancos mayores. También descubrimos que tiene más fuerza en los países del norte y poca repercusión en las culturas calientes del trópico. También descubrimos que ataca a los que tienen mayor poder adquisitivo y la oportunidad de viajar a Europa y Estados Unidos. Es decir, ataca a los mayores responsables de convertir a este mundo en un gran mierdero sin futuro. De pronto el coronavirus es la “manito de dios” que necesitamos para que Bernie gane las elecciones, el cuidado se convierta en política mundial, la praxis feminista tenga que hacer la verdadera prueba de la experiencia y nos libremos, de una vez por todas, del pinche mal parido hombre blanco de la faz de la tierra(20)

 

Gobiernos autoritarios comunistas y liberales: en contra de Agamben

Ante todo, hay que partir del hecho de que esta epidemia no ha sido buscada por los estados y gobiernos neoliberales más hegemónicos y que son estos los más afectados, como apunta Cadahia. Tanto Xi Jinping como Trump, en dos variantes neoliberales de gobiernos autoritarios (comunista y liberal) primeramente intentaron negar la seriedad del virus y, precisamente por ese intento de supresión, se hizo la situación más crítica y contagiosa. Ha habido epidemias más letales en tiempos recientes, como el SARS con un 10% de mortalidad (2003-2004), pero no por eso ha creado este nivel de movilización gubernamental debido a que la detección previa a contagio era más fácil (solo se dieron 8000 casos con cerca de 700 muertes; todavía no hay vacuna)(21). Incluso en Italia, donde hay un sistema de salud avanzado por estándares mundiales, los recortes que dicho sistema ha sufrido en los últimos años han empujado a dicho sistema al borde del colapso. Aunque las decisiones impuestas por el gobierno chino sobre regiones y poblaciones enteras a escala inusitada (Guangdong, 60 millones de habitantes) han tenido el efecto de resaltar la capacidad de tomar decisiones autoritarias y excepcionales (de valerse del estado de excepción ampliado en el sentido de Agamben), la mayor excepcionalidad del gobierno de Xi ha sido su incapacidad de aceptar el peligro del virus en su fase inicial y, por el contrario, de reprimir a los que primero sonaron la alarma. Lo más excepcional y definitorio del autoritarismo chino es su reacción tardía a lo que se podía haber contenido con medidas más tradicionales de aislamiento individual de pacientes. El caso americano, en tanto que sigue siendo (decadentemente) hegemónico a nivel global, todavía se está desenvolviendo de manera imprevisible estos días y, por tanto, es difícil predecir un resultado preciso, aunque todo apunta a que la incompetencia autoritaria del gobierno Trump va a dar resultados similares a los del chino, si no peores, y va a quedar definido históricamente por su incompetencia frente al coronavirus(22). O por citar un ejemplo más local, digamos que Iñigo Urkullu, lendakari del “modelo” autonómico de administración “más eficiente y menos corrupto” del estado español (y celebrado por el PNV como “oasis”), se resistió al principio al cierre de la hostelería y al confinamiento cuando los niveles de infección de Álava, por ejemplo, ya eran similares a los de Italia del norte, por la simple razón que dichas medidas habrían afectado a una economía vasca que ya es eminentemente neoliberal. Fue la iniciativa popular la que impulsó dichas medidas a lo cual Urkullu reaccionó tarde y tímidadamente, unas horas antes de que el presidente español Pedro Sánchez las decretara con mayor calado. A hoy día el gobierno de Urkullu se resiste a cerrar las empresas aludiendo que la medida es “excesiva” y, por tanto, ignorando los acuerdos de cierre que se están consiguiendo entre comités de empresa y compañías.(23)  Por lo cual se puede descartar la tesis de Agamben, ya que el virus es accidental e imprevisible: no hay un comando terrorista de virus escondiéndose en la frontera de Afganistán y Paquistán que, además, puede volver a organizarse en la frontera de Siria e Irak del norte. Puede que haya nuevos brotes de este virus, pero no constituirán una amenaza que se perciba como constante y, por tanto, como enemigo existencial que solo se puede combatir con un estado de excepción biopolítico general. Es decir, la construcción y despliegue del estado de excepción, donde el terrorista se sustituye con el virus, no es sostenible ni predecible. Como apunta Villacañas, el hecho de que las elites neoliberales se puedan aprovechar de la crisis accidental de un virus es evidente y, por tanto, éste será simplemente otro de esos obstáculos que el capitalismo va a afrontar para reorganizarse exitosamente, como ya lo predijo Marx en los Grundrisse.(24) Incluso la decisión temporal del gobierno español de poner los hospitales privados a disposición del sistema público de salud no supone en ningún momento la nacionalización de la salud, así como el paquete de medidas económicas no representa una mejora de la precarización de las clases que más van a sufrir la crisis viral (las medidas decretadas por Macron en Francia deben interpretarse también de esta manera). (25) Antes o después, la mayoría de los gobiernos del Norte Global van a tener que rescatar las diferentes industrias que vayan colapsando, dando lugar a una repetición del escenario de 2008, con variantes importantes que observaremos en los meses entrantes. Frente al comunismo que Slavoj Zizek plantea como una universalización del poder de decisión sobre estas crisis que los estados individuales pobremente pueden resolver,(26) lo que veremos es un rescate “socialista y comunista” de las mismas economía e industria capitalistas por parte de estos estados individuales en concertación con el FMI y el Banco Mundial.

Deshistorizando la crisis: Nancy y Villacañas

Aunque todas estas intervenciones filosóficas son cortas y dadas a una elaboración no muy pensada que, digamos, un libro bien editado no admitiría, es necesario sopesarlas contra el pensamiento acumulado que reside tras ellas. La tesis de Nancy y Villacañas tampoco son sostenibles. Afirmar de manera positiva, sin politizar, un hecho cuasi-biológico y evolucionario que sugiere que el intercambio y la globalización crecientes llevan a una inevitable viralización de la civilización es naturalizar o deshistorizar el problema. Cuando Nancy plantea que “la excepción se convierte, en realidad, en la regla en un mundo en el que las interconexiones técnicas de todas las especies (movimientos, traslados de todo tipo, exposición o difusión de sustancias, etc.) alcanzan una intensidad hasta ahora desconocida y que crece con la población” lo que hace es deshistorizar el capitalismo global por dos razones. Por una parte, niega que el mundo siempre ha estado conectado, y que las mayores infecciones no han tenido lugar en la época moderna reciente, sino en la medieval, donde la peste negra afectó a toda la población “global” de la ruta de la seda, desde Pekín a Finisterre y a Alejandría (y posiblemente Zanzíbar), con consecuencias mucho más nefastas (la muerte del 30% al 60% de la población). Nancy apunta, de forma desconectada, que “[L]a multiplicación de esta última [la población] también conduce en los países ricos a una prolongación de la vida”, sin concluir de manera lógica, que esa misma prolongación tecnológica de la vida también debería capacitar por lo menos a los países ricos a neutralizar cualquier contagio y expansión virales. Aunque este hecho parece evidente es, en última instancia, central a esta discusión: era la época medieval la que no tenía “el desarrollo tecnológico” necesario que el Norte Global posee hoy día para para erradicar de raíz cualquier virus.(27) También ignora Nancy que el virus comenzó en China precisamente por prácticas premodernas (el consumo de animales salvajes) que estarían prohibidas en “sociedades más civilizadas” como, digamos, Alemania.

Villacañas, siguiendo la tesis naturalizante de Nancy, llega a citar la evolución de otras ramas fallidas del género homo (neandertal, denisovo, florense…) o el “atolladero evolutivo” de la especie homo sapiens al que pertenecemos, para volver solo al final a una tesis histórica: el capitalismo, de manera darwiniana, puede beneficiarse y reorganizarse a partir del sacrificio o eliminación de un gran número de poblaciones, en lo que se podría considerar una práctica necropolítica globalizada o generalizada que no solo afectaría a los estados poscoloniales como los africanos-subsaharianos —en su economía extractivista de dependencia respecto al Norte Global— sino de manera más central a los países “más desarrollados” de Occidente. Uso la palabra “Occidente” de manera consciente para que suenen ecos del discurso spengleriano(28) y, así, apuntar al siguiente paso que se da en artículos como los de Villacañas o de Nancy: el denominar a esta crisis “civilizacional” (donde África continúa siendo el exterior no civilizado y necropolítico). Aunque Villacañas, a diferencia de Nancy, llegue a insinuar que el capitalismo puede contribuir centralmente a la crisis civilizacional de orígenes evolutivos precapitalistas, al final, concluye que el Estado (no-biopolítico y de teorización weberiana y republicana) es el reducto que queda contra dicha crisis civilizacional y capitalista. Con lo cual, en la elaboración villacañiana, es el Estado moderno occidental el que vuelve a hacer una entrada por la puerta de atrás para volver a solventar la crisis existencial occidental, ya que ese Estado, genealógicamente hablando, se conecta con la Ilustración europea, la democracia liberal, la organización republicana del Estado, y por tanto también con el capitalismo industrial que, a finales del XVIII, es el que lo hizo posible y lo puso en marcha. Es decir, al final, Villacañas defiende el capitalismo del Estado liberal republicano histórico frente a su versión global más salvaje y darwiniana que el neoliberalismo ha exacerbado y convertido en realidad innegable. Hay que recordar también que, en esta defensa del Estado moderno frente al capitalismo global darwiniano, el colonialismo europeo moderno desaparece por sinécdoque metropolitana (el estado hispano moderno que emerge en el XVI es el de la península, y por tanto carece de historia imperialista-colonial, etc.).

 

Estado destituyente y precarización: las revueltas post-2008

Con lo cual, si la discusión de Nancy y Villacañas, suscitada por Agamben, no parece llevarnos a un diagnóstico viral políticamente relevante, ¿cómo repensar el coronavirus? Tenemos que volver a lo que “no sabemos que ya sabemos”, aunque eso requiera, irónicamente volver a Agamben, para así conectar el coronavirus con las revueltas post-2008. Aunque el proyecto neoliberal ya puesto en marcha en la década de los 1980 en países como Chile tenía por objetivo destruir el estado socialdemócrata del Norte Global, así como cualquier forma de nacionalismo progresista poscolonial del Sur Global, la crisis de 2008 ha supuesto un paso cualitativo en el sentido de que la mayoría de las clases medias y trabajadoras del Norte Global ha comenzado a percibir que el Estado socialdemócrata del bienestar es una realidad pasada y que, por el contrario, la precarización es el nuevo horizonte al que la mayoría está abocada. De la misma manera, y aunque la mayoría del crecimiento global de la economía capitalista neoliberal ha provenido de la industrialización del Sur Global (neoextractivismo, maquiladoras, etc.), también las respuestas fundamentalistas religiosas que en muchas áreas del Sur Global se habían planteado al neoliberalismo han entrado en crisis y han dejado las puertas abiertas a un horizonte post-fundamentalista de precarización y dependencia crónica sin solución o alternativa política clara (véase el caso de Egipto). Por lo cual, las revueltas, que, aunque comenzaron anteriormente, se han disparado después de la Primavera Árabe de 2011 y han continuado hasta nuestros días con el “Octubre Rojo” de 2019, y con la explosión de manifestaciones feministas, principalmente a partir de marzo del 2018, y las movilizaciones contra la crisis ecológica que se han masificado también en los dos últimos dos años. Queda por ver cómo volverán dichas protestas y revueltas bajo un régimen de confinamiento; no está claro si el internet y el activismo digital serán efectivos sustitutos, aunque, como la mayoría de comentaristas han subrayado el confinamiento, el distanciamiento social y las caceroladas se están convirtiendo en prácticas políticas de solidaridad, cuyo futuro no podemos predecir.

No es una metáfora decir que estas revueltas populares post-2008 son virales, ya que tanto la crisis del coronavirus como dichas revueltas responden a una misma lógica que se propaga de manera infecciosa: las dos son respuestas a fallos de la expansión capitalista global que sacrifica a las poblaciones de sus respectivos estados. Es decir, se trata de la tendencia del capitalismo de superar cualquier barrera, no resolviéndola sino evitándola y reorganizándose en un proceso cada vez más contradictorio y autodestructivo. Es la tendencia capitalista que los gobiernos neoliberales traducen en el sacrificio de cualquier ley y procedimiento existente —médico, cívico o de derechos humanos— y que provoca estas crisis o epidemias de virus y revueltas. Si la crítica a Nancy expuesta más arriba es aceptada, no hay nada evolutivo ni tecnológico en la explosión “viral” de epidemias como la del coronavirus y la de las revueltas globales de clases precarizadas. Es el aumento de algunos centavos en el precio del boleto del metro chileno en la capital el que genera la revuelta viral de las clases medias y trabajadoras chilenas, de la misma manera que es el (posible) consumo de algún animal salvaje en un mercado chino el que provoca una epidemia global. En ambos casos, la naturaleza y las clases medias/trabajadoras se convierten en barreras o límites que el capitalismo neoliberal global intenta superar, sin conciencia del tipo de consecuencias políticas que genera dicha expansión. Por lo tanto, la pregunta, la nueva pregunta, que nos tenemos que plantear es qué significa este nuevo límite o barrera que el capitalismo global ha intentado superar e incorporar a su aparato de producción global de manera no exitosa y autodestructiva.(29) Y para eso tenemos que volver a Agamben.

Frente al Estado biopolítico que se implanta de manera masiva a través del estado de excepción, Agamben hace una historización esencial de los dos últimos dos siglos, subsumiendo al Estado biopolítico en lo que él llama el “paradigma de seguridad” para sugerir una salida:

El paradigma de seguridad implica que cada disenso, cada intento más o menos violento de derrocar el orden, se vuelve una nueva oportunidad para gobernarlos, y por lo tanto le es redituable. Esto es evidente en la dialéctica que une estrechamente terrorismo con Estado en un interminable círculo vicioso. Comenzando con la Revolución Francesa, la tradición política de la modernidad ha concebido los cambios radicales en la forma de un proceso revolucionario que actúa como pouvoir constituant (poder constituido), el “poder constituyente” de un nuevo orden institucional. Creo que debemos abandonar este paradigma e intentar pensar algo así como un puissance destituante, un “poder puramente destituyente” que no puede ser capturado en la espiral de la seguridad.(30)

Irónicamente, y si se toman en consideración las dos irrupciones virales —las revueltas post-2008 y el coronavirus— que han abocado al capitalismo a su última crisis en 2020 y, por tanto, a una nueva oportunidad para reorganizarse y seguir expandiéndose, hay que invertir la propuesta de Agamben: es el capitalismo y sus “tristes ejecutores” estatales, para usar la frase de Nancy, los únicos que poseen el poder destituyente, no el pueblo o la nación. Es decir, la historia del capitalismo neoliberal y global de los últimos 40 años se define precisamente por el despliegue de cualquier técnica y procedimiento posible para precarizar a las clases medias, trabajadoras y subalternas y, por tanto, excluirlas del proceso constituyente del Estado (y del Estado-nación). Es por eso que ya no podemos hablar de Estado-nación o de proyectos nacionales poscoloniales (en los que incluso Frantz Fanon creía(31)). La precarización, aun en la definición de su proponente inicial Guy Standing(32), no es solo un proceso de pérdida de capacidad o estatus económicos, sino de menoscabo de capital político, social y humano (que afecta hasta al mismo “yo” y sus afectos). Es lo que, en otros términos, se ha planteado como la idea de que, hoy en día, el capitalismo global no necesita de la democracia liberal para legitimarse como horizonte social universal.(33) A su vez, gracias a la teoría subalterna poscolonial (Guha) y al feminismo (Federicci),(34) sabemos que esta precarización o destitución de poder de las clases medias y trabajadoras está generalizando una economía y cultura del cuidado no pagado que históricamente ha sido la base de la opresión de la mujer, así como una economía y cultura de características neocoloniales que históricamente se ha centrado en el Sur Global pero que ahora se expande al Norte como necropolítica. Es decir, las élites neoliberales son el sujeto en posesión de ese poder destituyente al que se refiere Agamben. El coronavirus va a ser un episodio más esta historia reciente de destitución política, económica y social de las clases no hegemónicas.

 

Crisis ecológica y política del apocalipsis

Si se acepta esta inversión de la propuesta destituyente de Agamben, tenemos ya una descripción clara de la situación presente, de este momento nuestro marcado por una epidemia doble que está acrecentando la destitución/precarización de la mayoría de las clases sociales (en el Norte Global) y está bloqueando a las clases precarias el acceso a procesos constituyentes (en el Sur Global). Pero esta descripción todavía no representa un momento político positivo donde se propone una alternativa política a llevar adelante. Para esbozar dicho momento positivo es necesario girar nuestra atención a la otra epidemia viral, la más mortífera, que ya se ha implantado como tal, pero que es la que tiene unos efectos necropolíticos más lentos y retardados, y que por eso no se reconoce como tal: la crisis ecológica del Antropoceno. Aunque no tenemos espacio aquí para desarrollar las diferentes formulaciones existentes sobre dicha crisis, quisiera avanzar, de manera axiológica, que en estos momentos no hay solución tecnológica a la crisis ecológica y que ésta va a seguir aumentando de manera irremediable hasta que termine creando, debido a su dimensión planetaria, un colapso (parcial, progresivo) del capitalismo que infecte a todo el planeta. A diferencia de la precarización de las clases medias y trabajadoras a través de crisis como la del 2008 o del consumo agresivo de la naturaleza salvaje que produce el coronavirus, la crisis ecológica, por sus efectos globales, revela la verdad que ya conocemos sobre las crisis virales que el capitalismo ya ha desatado desde 2008 hasta hoy: el Antropoceno nos lleva a un apocalipsis que es tan inevitable como difícil de pensar pero que ya estamos experimentando en estas otras crisis virales que hemos sufrido en los últimos años.

Con lo cual, y volviendo a una política que responda a la destitución neoliberal capitalista y a su brazo armado, el Estado destituyente, lo primero que tenemos que asumir es que cualquier política contra dicho proceso destituyente debe ser de carácter apocalíptico. Es decir, debemos abandonar cualquier idea utópica de un mejor mañana que tanto el discurso renacentista utópico como la ilustración dieciochesca y, más tarde, el comunismo decimonónico han planteado como horizonte final de toda política. Aunque esto requiere un giro copernicano en nuestro pensamiento, debemos plantear que cualquier revuelta o respuesta política, debe tener como objetivo enfrentarse al apocalipsis —un pensamiento que fue operativo en la Edad Media por última vez. Aunque el occidente moderno contemple cualquier idea de apocalipsis como radicalmente extraño o históricamente remoto (el medievo), Michael Löwy ha sugerido que dicho pensamiento apocalíptico ya tiene dos proponentes claros en el marxismo: Walter Benjamin y José Carlos Mariátegui, los cuales, partiendo de la experiencia judía y la indígena americana respectivamente, sí han sabido articular esta posibilidad en apariencia contradictoria para nosotros, habitantes del Norte Global.(35) Lo cual también exige revisitar todo el pensamiento LGBTQ sobre el SIDA. Solo un pensamiento apocalíptico podrá simultáneamente articular revueltas como las de los últimos nueve años (Primavera Árabe 2011-Octubre Rojo 2019) en un horizonte que supere al Estado destituyente y al capitalismo neoliberal global. La consecuente precarización y destitución que va a generar la crisis del coronavirus va a da lugar, con bastante probabilidad, a otra ola de revueltas populares. Pero para explicar las implicaciones más detalladas de dicho pensamiento apocalíptico y anti-destituyente lxs lectorxs van a tener que esperar al libro que pienso publicar en 2021: 2050: once claves para pensar la política del no futuro. La función de este artículo era hacer recordar a lxs lectorxs presentes lo que no sabíamos que ya sabíamos sobre la crisis del coronavirus.

 


1. Debord, Guy. La sociedad del espectáculo. Valencia: Pre-Textos, 2015; McLuhan, Marshall. Comprender los medios de comunicación: las extensiones de ser humano. Barcelona: Paidós, 1996.

2. Las reacciones desde el mundo poscolonial son muy variadas. La ministro de defensa de Zimbabue, por ejemplo, ha afirmado que el coronavirus es el castigo de dios a los EEUU y a otros países occidentales por las sanciones económicas contra su país. Associated Press. “Zinbabwe Official Says Coronavirus Punishes US for Sanctions”. The New York Times. 16-3-2020. www.nytimes.com. Acceso: 19-3-2020.

3. Badiou, Alain. El ser y el acontecimiento. Buenos Aires: Manantial. 1999.

4 Kristof, Nicholas y Thompson, Stuart A. “How Much Worse the Coronavirus Could Get, in Charts”. The New York Times. 13-3-2020. www.nytimes.com. Acceso: 19-3-2020.

5. Ramos, Rafael. “Reino Unido se declara impotente ante el coronavirus y da prioridad a la economía”. La Vanguardia. 14-3-2020. www.lavanguardia.com. Acceso: 19-3-2020.

6. En palabras de Warner: “Not to put too fine a point on it, from an entirely disinterested economic perspective, the COVID-19 might even prove mildly beneficial in the long term by disproportionately culling elderly dependents.” Roberts, Joe. “Telegraph Journalist Says Coronavirus ‘Cull’ of Elderly Could Benefit Economy”. Metro. 11-3-2020. www.metro.co.uk. Acceso: 19-3-2020.

7. Kantorowicz, Ernst. The King’s Two Bodies: A Study in Medieval Political Theology. Princeton: Princeton University Press, 2016.

8. Klein, Naomi. La doctrina del shock: El auge del capitalismo del desastre. Barcelona: Booket, 2012.

9. Dickson, EJ.: “Teen Suicide Is on the Rise and No One Knows Why”. Rolling Stone. 18-10-2019. www.rollingstone.com. Acceso: 19-3-2020.

10. The Economist. “America’s Suicide Rate Has Increased for 13 Years in a Row”. The Economist. 30-1-2020. www.economist.com. Acceso: 19-3-2020.

11. Centenera, Marc. “La tasa de suicidio adolescente en Argentina se triplica en solo30 años.” El País. 3-6-2019. www.elpais.com. Acceso: 19-3-2020. Agradezco a Eduardo Apodaka las referencias.

12. Aunque, en sus últimos años, Foucault abandonó el concepto de biopolítica por el de gubernamentalidad, teorizó, a partir del primer volumen de su Historia de la sexualidad que, a finales del XVIII, los estados europeos hegemónicos pasaron de usar la muerte (el monopolio sobre la pena de muerte) a movilizar la vida misma para controlar a la población. Es decir, el Estado europeo empezó a movilizar su poder en torno a la vida de sus ciudadanos en una compleja organización de prácticas, instituciones y discursos como censos, estudios de natalidad, medicina preventiva, manuales de sexualidad, escolarización forzada, etc. De esta manera lxs ciudadnxs no responderían a la amenaza del castigo y de la pena de muerte sino a un poder biopolítico que llegaría a regular incluso los más irracional e íntimo: la sexualidad y el deseo.

13. Mbembe. Achille. Necropolitics. Durham, NC: Duke University Press, 2019; Necropolítica seguido de Sobre el gobierno privado indirecto. Santa Cruz de Tenerife: Melusina, 2011.

14. Agamben, Giorgio. “La invención de una epidemia.” Ficción de la razón. 27-2-2020. www.ficciondelarazon.org. Acceso: 19-3-2020.

15. Aquí habría que explicar qué significa “vida nuda” para Agamben, pero por razones de espacio, se va a obviar este término, ya que no afecta al argumento general.

16. Agamben también acaba de publicar un texto adicional: “Chiarimenti”. Quodlibet. 17-3-2020. www.quodlibet.it. Acceso: 19-3-2020. El último párrafo, en traducción de Manuel Ignacio Moyano al castellano, aporta otra reflexión complementaria. “No sorprende que para el virus se hable de guerra. Las medidas de emergencia nos obligan de hecho a vivir en las condiciones de un toque de queda. Pero una guerra con un enemigo invisible que puede anidarse en cualquier otro hombre es la más absurda de las guerras. Es, en verdad, una guerra civil. El enemigo no está fuera, está dentro de nosotros. Lo que preocupa no es tanto o no solo el presente, sino el después. Así como las guerras han dejado en herencia para la paz una serie de tecnologías nefastas, desde el alambre de púas a las centrales nucleares, así también es muy probable que se buscará continuar, incluso después de la emergencia sanitaria, con los experimentos que los gobiernos no han renunciado antes a dejar de realizar: esto es, que se cierren las universidades y las escuelas y las lecciones se dicten solo on line, que se deje de una buena vez de reunirse y de hablar por razones políticas o culturales y nos intercambiemos solamente mensajes digitales, que por todas partes sea posible que las máquinas sustituyan todo contacto —todo contagio— entre los seres humanos.”

17 Jean-Luc Nancy. “Excepción viral”. Ficción de la razón. 27-2-2020. www.ficciondelarazon.org. Acceso: 19-3-2020.

18. Foucault, Michel et al. “Coronavirus and Philosophers”. European Journal of Psychoanalysis. Sin fecha. www.journal-psychoanalysis.eu. Acceso: 19-3-2020.

19. Villacañas, José Luis. “Supervivencia”. Levante: el mercantil valenciano. 2-3-2020. www.levante-emv.com. Acceso: 19-3-2020.

20. Aunque sea uno de los temas más importantes para repensar futuros cambios en la ideología autoritaria neoliberal hoy día hegemónica, solo voy a poder apuntarlo aquí: por primera vez, el inmigrante no es el Otro universal que trae la peste-epidemia, como pasó con el Judío en el medievo, o con el Terrorista islamista y la violencia tras 2001. Ha habido brotes claros de racismo, pero el Inmigrante no se ha convertido en enemigo político existencial del orden neoliberal autoritario, a diferencia de meses pasados (empezando con los ataques de Trump a inmigrantes latinoamericanos y africanos).

21. World Health Organization. “Summary of Probable SARS Cases with Onset of Illness from 1 November 2002 to 31 July 2003” www.who.int. Sin fecha. Acceso: 19-3-2020. La gripe A (H1N1) que sí infectó a un número mayor de humanos (hasta medio millón), no tuvo una mortalidad mayor que la de la gripe anual.

22. Por ejemplo, el gobernador de Florida, el republicano Ron DeSantis, todavía se niega a cerrar las playas a mediados de marzo. Madani, Doha. “Florida Governor Refuses to Shut Down Beaches Amid Spread of Coronavirus”. NBC News. 17-3-2020. www.nbcnews.com. Acceso: 19-3-2020.

23 EITB. “Arantxa Tapia: ‘Cerrar empresas es excesivo; no hay riesgo’”. 5-3-2020. Egun On Euskadi. www.eitb.eus. Acceso: 19-3-2020. En el caso vasco, además, la catástrofe del basurero de Zaldibar, en donde se cree que hay enterradas 11.000 toneladas de amianto con complicidad gubernamental, resalta el carácter neoliberal de toda crisis de salud, sea viral o química. Dos trabajadores que resultaron sepultados en dicho basurero, como consecuencia de la falta de supervisión administrativa, siguen enterrados al día de hoy. Agradezco a Ion Andoni del Amo la información sobre la administración de Urkullu.

24. Uno de los primeros intentos sistemáticos para beneficiar a la elite neoliberal con el virus ha partido precisamente de la administración Trump que ha intentado monopolizar uno de los primeros experimentos de vacuna para poder venderlo con beneficios en el mercado, en vez de hacerlo disponible de manera global y gratuita. Rico, Isaac. “Trump, Merkel y el músculo oculto de China: así se libra la batalla geopolítica por la vacuna”. El Confidencial. 17-23-2020. www.elconfidencial.com. Acceso: 3-19-2020.

25. Como el mismo gobierno ha confesado: “[T]ambién tocará atajar el incremento de la desigualdad que dan por hecho que se va a producir […] El grueso de esa aportación está compuesto por 100.000 millones de euros en avales públicos a préstamos que puedan pedir las empresas”. Estévez Torreblanca, Marina. “Sánchez anuncia que movilizará 200.000 millones de euros para combatir el descalabro económico por el coronavirus”. El Diario. 17-3-2020. www.eldiario.es. Acceso: 19-3-2020.

26. Zizek, Slavoj. “Global Communism or the Jungle Law, Coronavirus Forces Us to Decide”. RT. 10-3-2020. www.rt.com. Acceso: 19-3-2020.

27. Jared Diamond. Armas, gérmenes y acero: breve historia de la humanidad en los últimos trece mil años. Barcelona: Debate, 2006.

28. Oswald Spengler. La decadencia de Occidente. Barcelona: Espasa, 2011.

29. Yago Álvarez Barba ya ha apuntado como la epidemia del coronavirus también afecta al capitalismo neoliberal en su totalidad: “[P]ero que un virus que, de momento, ha matado menos que otras gripes comunes haga tambalear la economía mundial nos indica que quien está enferma es esa economía y el sistema que la sustenta. […] el capital ya no encuentra mercados que le ofrezcan grandes rentabilidades. […] Las medidas para revitalizar la economía tras la crisis financiera de hace una década lo único que han conseguido ha sido asistir a la economía como un enfermo al que mantienen en coma a la espera de que alguien encuentre la cura a su enfermedad”. “Coronavirus, la coartada perfecta para esconder una enfermedad terminal”. El Salto. www.elsaltodiario.com. 3-3-2020. Acceso: 19-3-2020.

30. Agamben, Giorgio. “Por una teoría del poder destituyente”. Red aprender y cambiar. 17-5-2018. www.redaprenderycambiar.com.ar. Acceso: 19-3-2020.

31. Frantz Fanon. Los condenados de la tierra. México: Fondo de Cultura Económica, 2001.

32. Standing, Guy. El precariado: una nueva clase social. Madrid: Capitán Swing, 2012.

33. Colin Crouch. Post-Democracy. Londres: Polity, 2004.

34. Guha, Ranajit. Dominance without Hegemony: History and Power in Colonial India. Nueva York: Harvard University Press, 1998; Federicci, Silvia. Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid: Traficantes de Sueños, 2010.

35. Löwy, Michael. “Dos marxistas disidentes contra la ideología del progreso”. Viento Sur. 23-9-2019. www.vientosur.info. Acceso: 19-3-2020.


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