La reacción a la Apocaptosis

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La reacción a la Apocaptosis


La reacción a la Apocaptosis


Paco Gómez Nadal | @pgomeznadal

Periodista, ensayista y miembro del colectivo La Vorágine


La realidad nos regala giros insospechados en el guión de la historia. De creer en la justicia poética podríamos aventurarnos a calificar la crisis del coronavirus como una advertencia casi global, como una reacción de lo orgánico a la pulsión de muerte de la especie capitalista-depredadora. Pero quizá no sea tan hermoso, tan metafórico, todo lo que está sucediendo.

Podemos enredarnos en análisis complejos para relacionar el estado de excepción aceptado por la mayoría de sociedades autodenominadas democráticas con la decadencia del capitalismo y del modelo político liberal del Estado-nación (y sus huidas hacia delante). También podríamos aventurar que la renuncia a determinadas libertades individuales y la dócil aceptación de la gobernanza mediante decretos (de guerra) tendrá consecuencias en el futuro inmediato que se traducirán en una pérdida de derechos colectivos y en una crisis inédita de los modelos de relación social, económica y política. Incluso, sería posible interpretar que Europa, incapaz de reaccionar de manera conjunta a una crisis de estas dimensiones –como antes fue incapaz de reaccionar a la crisis de los refugiados o a la guerra de los Balcanes-, habrá puesto fecha a su propio velatorio.

La crisis no es por un virus, la crisis es sistémica y la arrastramos desde hace mucho tiempo (quizá empezó al nacer la Europa que conocemos). Quizá lo que estemos pagando ahora es la factura de no haber afrontado esa crisis sistémica del capitalismo occidental de manera colectiva y subversiva (subvertir no es más –ni menos- que alterar el orden establecido), en lugar de esta estéril guerra de guerrillas identitaria y/o reformista. Por eso, intuyo que esta crisis sanitaria –que también lo es política, económica, cultural…- es la señal de que asistimos a la apoptosis de la Modernidad capitalista, androcéntrica, antropocéntrica, colonial, racista y occidentalocéntrica.

Hace tiempo le robé el término ‘apoptosis’ a un médico y parece pertinente sacarlo de la chistera ahora que todo está cruzado por la sanidad y sus imposibilidades. La apoptosis consiste en la muerte celular programada o provocada por el mismo organismo y su función es controlar el propio ‘desarrollo’. La definición médica indica que se trata de “un proceso ordenado, que generalmente confiere ventajas al conjunto del organismo durante su ciclo normal de vida”. Si hay orden en esta entropía capitalista, racista y heteropatriarcal debe ser apoptótico. Y en este caso, podemos manipular la palabra hasta definir este momento globalizador como una brutal apocaptosis.

La crisis del COVID-19 ha acelerado la degradación final de esta civilización que conocemos en Occidente, pero con ramificaciones en todos los continentes ‘gracias’ al proyecto de expansión colonial, primero, y de control teledirigido de las ex colonias, después. Era impensable hace unos años que nos encerráramos en casa sin necesidad de que hubiera militares en la calle golpeando las puertas para infundir terror. Ahora lo hacemos ante la propia degradación de la vida provocada por este sistema y que golpea a nuestras puertas a través de medios de comunicación y mensajes nada encriptados.

En estos días de incertidumbre, se escuchan muchas teorías: unas se acercan a la paranoia del complot o ven la ‘perversa’ mano oriental manejando una conspiración contra Occidente, otras bucean en los postulados del biopoder (parido en el norte) o del necropoder (desarrollado en el sur), las hay que vuelven al Estado como receta contra todos los males, otras ven en el mal el bien y la oportunidad del advenimiento de una especie de neocomunismo y algunas, incluso, se han enganchado a la moda de los ‘cuidados’ para ver en esta crisis una oportunidad de revolución neohippy o como el antecedente de una reflexión colectiva sobre las formas de vivir. No soy tan optimista como estos últimos. Muchos de los ciudadanos que hoy aplauden a las profesionales de la salud votarán a favor de partidos que privatizan la salud; muchos de los gestos de solidaridad que se están viendo en redes y calles son parte del performance social que se produce ante un terremoto u otro tipo de desastre natural: se trata de un pico hormonal de sociedades tan dormidas que cualquier crisis de estas dimensiones las agita por unos instantes justo antes de volver al sopor del ‘desarrollo’. También es consecuencia de un cierto imperio de la psicología positiva en Occidente, del “todo va a salir bien”, de la fe ciega en la ciencia ciega, del mindfulness o de yo qué se qué.

Considero más bien que es una apocaptosis en toda regla. Este sistema no aguanta más y necesita regularse (lo cuál no significa que lo haga en las direcciones que algunas soñamos). Por un lado, en cuanto al sistema político: el coronavirus va a suponer una reconfiguración de las lógicas políticas difícil de prever. Que saldrá aún más dañada la precaria democracia me parece seguro, que la incapacidad de sostener la vida generará reacciones violentas de grupos de población insospechados (y siempre sospechosos para el poder), también. Los leves intentos de quitar fronteras para las poblaciones privilegiadas se verán truncados y el grupo de ciudadanos con movilidad sin restricciones cada vez será más pequeño (el 1% adelgaza). Además, habrá más presupuesto y apoyo popular para muros, vallas y sistemas de control que prevengan el asalto al ‘paraíso’ de los nadie; se buscarán mesías, líderes ‘fuertes’, que den tranquilidad a las almas azoradas, y el repunte del nacionalismo que ya estábamos sufriendo se tornará trending topic.

Por otro, no es difícil intuir una reconfiguración económica. La curva depravada del crecimiento económico de los sectores financiero y tecnológico conocerá el freno y eso supone que la ficción capitalista de este siglo XXI se topará con una realidad brutal, con bolsones de población descontenta y (re)precarizada que se tornará peligrosa, una amenaza para las clases y naciones privilegiadas.

En ambos aspectos, el político y el económico, se está constatando en las primeras semanas de la crisis, la inutilidad –incluso el silencio abrumador- de las instituciones globales o transnacionales en las que se apoyaba el sueño multilateralista: ni la ONU, ni el Banco Mundial, ni la Unión Europea… ninguna institución supranacional está siendo capaz de liderar o de coordinar esfuerzos.

Hay un aspecto más que me preocupa, que está relacionado con el repunte religioso (es decir, fanático). Si ya en la última década se había podido constatar una fuerte penetración religiosa en la política pública y en la vida privada de las personas más precarizadas, crisis como las del coronavirus pueden empujar a muchas personas a buscar en los dioses o en los gurús los liderazgos que han perdido en una vida política desierta de utopías y de anhelos colectivos. Calcular el impacto de este regreso de las industrias religiosas me parece imposible en este momento, pero eso no significa que no sea una variable a tener en cuenta.

Y un último extremo: la reconfiguración corporal… tampoco soy capaz de aventurarme en este terreno, pero la sospecha del cuerpo-otro como peligro cierto, el miedo a los contactos, la “distancia social voluntaria” –ese neotérmino que estremece-, la racialización del mal (“es un virus chino”, repite Trump a quien aún lo escuche), la reinterpretación del abrazo, de la piel, de los fluidos corporales…

 

LA REACCIÓN

La pregunta que me parece interesante es cuál será la reacción del poder. Si las cifras que manejan los gurús del cientifismo epidemiológico son ciertas, hablaremos de millones de personas contagiadas y algunos millones menos de personas muertas al final del camino. Los grupos vulnerables son muchos más de los indicados por los medios de comunicación. Los nadie, todos los nadie, son vulnerables en dimensiones múltiples. Por un lado, en materia de salud: los sistemas de salud públicos precarizados y la privatización avanzadas en el último cuarto de siglo se cobrarán millones de víctimas sin acceso a seguros privados, grupos de personas dependientes sin atención, señalamiento de los “sospechosos” (como ya los denomina la OMS), elecciones (in)morales sobre tratar sólo al que tenga más posibilidades de sobrevivir… Por otro, en materia económica: allá donde no hay economías ricas, la mayoría de la población no se puede permitir el confinamiento “voluntario” porque dejar de trabajar un día supone un problema grave de supervivencia para el núcleo familiar. Además, en un clima global regulado por la violencia (estatal en los países del Norte, paraestatal y criminal en los países del sur) será precisamente la violencia –en todas sus modalidades, incluidas las no visibles- la que repunte a la hora de ‘estabilizar’ el enrarecido clima global.

La tendencia del poder político –siempre parapeto del económico- será defenderse la agresión de los nadie. Es decir, del discurso actual de corresponsabilidad y de ciudadanía que esbozan los dirigentes repitiendo un mal guión de película distópica, pasaremos al relato de la defensa de la democracia y de los sacrosantos valores de la seguridad pública que, ya sabemos, se traduce en violencia, primero, contra los sectores más periféricos (subhumanos y no humanos, Fanon dixit) y, después, contra los bolsones de población precarizada que vayan saliendo en su contra de la zona del ser.

La apocaptosis del sistema tiende, intuyo, a ser evolucionista, darwinista en el sentido más capitalista de la palabra. Del “salvémonos todos juntos”, al “sálvese quien pueda”, hasta llegar a “tonto el último”. Pero si algo hemos aprendido a lo largo de la historia es que el darwinismo social sólo es funcional a los más poderosos, aunque lo practiquemos muchas como buenas reproductoras del sistema-mundo al que pertenecemos. La verdad es que el darwinismo sólo puede ser bandera del unoporcentismo. Las mayorías hemos sobrevivido a lo largo de la historia gracias a las redes de cooperación. No tanto desde una óptica naif de los cuidados cruzados y del amor humanitarista, sino desde las redes pequeñas, cercanas y de vida. Estas redes, de existir, deben ponerse desde ya a pensar no sólo en servicios desmonetarizados del cuidado mutuo, sino en formas de subsistencia económica, alimenticia y de salud comunitarias. Será difícil que las alternativas que nos ofrezca el sistema sean homogéneas. Como siempre, las zonas de Ser privilegiadas (tanto en el Norte Global como en el sur Global), tendrán otro relato, que hablará de apretarse el cinturón, de superación y de espíritu positivo ante la simultanea extensión y profundización del precariado (incluso, aunque se articulen rentas básicas de urgencia para frenar el caos). Pero, fuera de ese centro hipertrofiado que se niega a aceptar a nadie más, habrá que generar mecanismos que permitan retomar el aliento. Hay que hacerlo ya. Es decir, no podemos esperar a llegar a un país de la Cucaña que cada vez parece más lejos. Hay que trabajar en dos dimensiones (al menos, en el Norte): en lo urgente, luchar para que los rescoldos de lo público se mantengan e, incluso, se refuercen, y para generar iniciativas de protección social masivas y sostenidas en el tiempo; pero, en el mediano plazo, comenzar a construir alternativas desde el común que no sean coyunturales.

Para pensar el futuro toca mirar atrás y afuera. Atrás, para recuperar lógicas (sino formas) cooperativas de supervivencia en las que la amistad no era el vínculo sino que era la necesidad básica de la vida cotidiana la que forzaba la cooperación. Afuera, para mirar al Sur Global, donde la psicología positiva no ha hecho estragos con la resiliencia humana y donde la capacidad de sobreponerse a los traumas sigue apoyándose en frágiles redes de cooperación donde el conflicto es tan permanente como las soluciones a los dilemas del día a día.

Nos toca reflexionar, analizar, imaginar otras muchas formas de vivir diferentes. Nos toca subvertir(nos) y alterar este estado de cosas que nos paraliza, nos confina mentalmente y nos transmite la idea de que sólo hay un camino posible. Como insiste siempre Antonio Orihuela, recordando a Frederic Jameson, nos es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, pero sobrevivir es imaginar cómo vivir fuera del capitalismo (algo complejo porque nosotras somos ese mismo capitalismo). Esa capacidad de imaginar esos otros muchos mundos posibles nos fue arrebatada tras el fracaso de las utopías colectivas fallidas del siglo XX y es ahora nuestra responsabilidad encontrar nuevos sueños imposibles que nos hagan salir de las dicotomías de lo posible. También nos corresponde prepararnos para un entorno apocalíptico en el que cuidarnos significará protegernos, resistir desde el convencimiento del tiempo largo, de las oportunidades venideras –que no van a ser las nuestras pero para cuyo advenimiento somos tan necesarias-. Y corresponde hacerlo sin quedarse sólo en la dimensión del pensar (crítico), sino pasando a la acción colectiva organizada. En entornos pequeños, quizá, pero efectivos. Esperar que el mismo sistema fallido, agonizante, violento e injusto en que habitamos (heredero de los imperiales y bárbaros últimos tres siglos) solucione el entuerto es apostar a una apoptosis fallida que, como es habitual, pagaremos los nadie para la salvación –y mayor gloria- de nuestros verdugos.


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