Las violencias visibles, las violencias estructurales

El colectivo La Vorágine felicita y aplaude todas las iniciativas que esta semana se presentan, amplifican o ramifican en torno a la eliminación de todas las formas de violencia contra las mujeres. Bien es cierto, que en nuestra sociedad mediática (y mediatizada), la violencia contra la mujer se identifica con lo que Johan Galtung definía como violencia directa: aquella visible para todas y que genera titulares en los medios. Sin embargo, desde nuestro colectivo queremos poner el énfasis en los otros dos tipos de violencia que conforman el triángulo de Galtung: la violencia estructural y la violencia cultural. Si no se identifican y atacan éstas, no disminuirá la directa, no habremos subvertido este orden patriarcal que fomenta el ejercicio despótico y violento del poder y que cosifica a las mujeres al convertirlas en propiedad privada de los hombres que las rodean (padres, hermanos, parejas, o cualquier imbécil hiperventilado que se cruzan por la calle).

Apuntaremos sólo algunas. Dentro de las violencias estructurales está todo el marco normativo que sigue dando poder a los hombres por encima de las mujeres, la justicia que aun es ciega y sorda cuando se trata de los cuerpos y las vidas de las mujeres, el marco legal y real de discriminación salarial en los empleos, el modelo de conciliación de la vida laboral y familiar que empuja a las mujeres a las reducciones de jornada en una proporción claramente desproporcionada y a un acceso peor al mundo del trabajo (remunerado), el modelo de atención a la dependencia claramente dependiente del trabajo no remunerado de las mujeres, la educación privada segregada y los contenidos curriculares de la educación pública -aún ‘segregantes’ por la invisibilización de la mujer o por las dinámicas que no se han transformado hace décadas-, la estructura del deporte amateur y profesional pensada para los ‘machos’… Faltan unas 2.500 estructuras violentas en este listado, pero denunciar la punta del iceberg no está mal para empezar.

Lo de las violencias culturales es un avispero especialmente fértil. Desde el abrumador desbalance masculino en el mundo cultural (0,6% de obras dirigidas por mujeres programadas por el Teatro Real, 82% de grandes centros de gestión cultural dirigidos por hombres, por ejemplo) a los contenidos de películas y series que refuerzan el patrón heteropatriarcal de sumisión femenina, amor romántico o debilidad somática en el “género débil”; desde la anecdótica presencia de mujeres en las transmisiones deportivas a la proliferación de youtubers machirulos lanzando mensajes vergonzosos a los miles de adolescentes que los siguen; desde los púlpitos de todas las religiones monoteístas reproduciendo los modelos de sumisión que terminan en la violencia directa, hasta los discursos de odio contra las mujeres que se defienden de las agresiones violentas; desde los libros de texto que anecdotizan el papel de la mujer en la sociedad hasta la programación de actividades extraescolares marcada por un claro exceso de testosterona… Faltan unas 3.500 formas de violencia cultural, pero denunciar estas cuatro cosillas es una manera de sembrar alguna duda.

Desde La Vorágine creemos que las ‘semanas de’ parecen una broma de mal gusto cuando las mujeres sufren el acoso, el maltrato psicológico y las palizas todos los días. También creemos que el sistema está tan aceitado que la reproducción de las estructuras violentas se produce de una forma casi orgánica. Animamos a la comunidad voraginera a estar siempre alerta, a denunciar cada síntoma de las estructuras, a intentar que en nuestras casas y en nuestros espacios de afinidad carguemos siempre un espejo que nos alerte de nuestras propias actitudes violentas. La violencia no es sólo la del puño que golpea, sino la del abrumador silencio que mata y que condena al sufrimiento, al dolor y a la autoestima herida de muerte, el brutal relato que naturaliza lo que debería ser monstruoso.

Ni una (mujer) menos. Ni un (maltratador) más.

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