¿Qué plan tenemos?

A lo mejor ninguno.

Tal vez nos hemos relajado en lo de concebir nuestros territorios en un contexto más global y no hemos sabido predecir las amenazas, tremendamente repetitivas, que nos tenía preparadas el capital.

Puede que durante décadas hayamos pensado que el consumo energético no tiene consecuencias, que para eso están los recursos, para explotarlos hasta que se acaben y luego ya veremos.

También es probable que mucha gente haya creído que el modelo correcto y democrático (para las humanas) sea replicar el modelo ciudad de abastecimiento de recursos en cada pueblo y aldea. O que nadie haya salido a decir ni una palabra o poner remedio a los excesos de los contextos urbanos.

En general, no estamos preparadas para construir en común un plan de largo plazo que abarque no sólo, el plan energético que necesitamos, sino las acciones y costrumbres colectivas e individuales que tendremos que transformar radicalmente para atenernos a él. No tenemos ni una tradición, ni una formación de trabajo comunitario que sea prolongado y que afecte a nuestras propias vidas.

Y la urgencia ha llegado. Una situación orquestada para avasallar a una incipiente movilización ciudadana preocupada por su entorno más cercano. Todo ello en connivencia con unas instituciones más opacas que nunca y algunos publireportajes alabando las bondades del macromodelo eólico.

En pleno proceso de recogida de alegaciones contra los proyectos más inminentes, es muy interesante ver pueblos que vuelven a salir a las calles, a conversar en torno a una mesa, que escuchan al aire libre este cúmulo de amenazas para los montes.

Pero insistimos, ¿tenemos un plan? Denunciemos a lxs responsables, pero también hagámonos responsables. Y sobre todo, propiciemos una participación colectiva y una mirada de largo plazo.

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