Sobre la situación epidémica

Sobre la situación epidémica


Alain Badiou

(traducido del francés por Luis Martínez Andrade)


Siempre he considerado que la situación actual, marcada por una pandemia viral, no tenía nada de excepcional. Desde la pandemia -también viral- del Sida, pasando por la gripe aviaria, el virus del Ébola, el virus SARS-1, sin mencionar otras (por ejemplo, el regreso del sarampión o de las tuberculosis que los antibióticos no curan más), sabemos que el mercado mundial, en conjunto con la existencia de muchas zonas con un débil sistema médico y la insuficiencia de disciplina mundial en las vacunas necesarias, produce inevitablemente serias y desastrosas epidemias (en el caso del Sida, millones de muertes). Además del hecho de que la situación de la pandemia actual golpea esta vez a gran escala al llamado mundo occidental, bastante cómodo (hecho en sí mismo privado de significado nuevo y llamando sobre todo a lamentaciones sospechosas y tonterías repugnantes en las redes sociales), no consideraba que más allá de medidas de protección evidentes y del tiempo que tomará para que el virus desaparezca en la ausencia de nuevos blancos, habría que montar en cólera.     

Por otra parte, el verdadero nombre de la epidemia en curso debería indicar que ésta muestra en cierto sentido el “nada nuevo bajo el cielo contemporáneo”. Este verdadero nombre es SARS 2, es decir “Severe Acute Respiratory Syndrom 2”, nominación que inscribe de hecho una identificación “en segundo tiempo”, después la epidemia SARS 1, que se desplegó en el mundo durante la primavera de 2003. Esta enfermedad fue nombrada en aquel momento como “la primera enfermedad desconocida del siglo XXI”. Es pues claro que la actual epidemia no es definitivamente el surgimiento de algo radicalmente nuevo o increíble. Esta es la segunda de su tipo del siglo y se sitúa en su origen. Al punto que, actualmente, la única crítica seria en materia predictiva dirigida a las autoridades es la de no haber apoyado seriamente, después del SARS 1, la investigación que habría puesto a disposición del mundo médico los verdaderos medios de acción contra el SARS 2.

Así que no veía más que hacer que tratar, como todo el mundo, de confinarme y exhortar a los demás a hacer los mismo. Respetar sobre ese particular una estricta disciplina es más que necesario, ya que es un apoyo y una protección fundamental para todos aquellos que son los más expuestos: por supuesto, todo el personal ligado a cuestiones de salud, que está directamente en el frente, las personas infectadas, pero también los más débiles, como las personas de edad avanzada, principalmente en las residencias, y todos aquellos que acuden al trabajo y corren el riesgo de ser contagiados. Esta disciplina de aquellos que pueden obedecer al imperativo “quedarse en casa” debe también encontrar y proponer los medios para que aquellos que “no tienen casa” puedan encontrar un refugio seguro. Podemos pensar para eso la disposición general de los hoteles.

Estas obligaciones son, es cierto, cada vez más imperativas, pero no implican, al menos en un primer examen, grandes esfuerzos de análisis o constitución de un pensamiento nuevo.   

Pero ahora, realmente, leo demasiadas cosas, escucho demasiadas cosas, incluyendo en mi entorno, que me desconciertan por la perturbación que expresan y por su inadecuación total, francamente simples, en relación con la situación en la que nos encontramos. 

Estas declaraciones perentorias, estos llamados patéticos, estas acusaciones enfáticas son de diferente tipo, pero todas tiene en común un curioso desdén por la aterradora simplicidad, y por ausencia de novedad sobre la situación epidémica actual. Sea que éstas son innecesariamente serviles a los poderes, que de hecho solo hacen aquello a lo que les empuja la naturaleza del fenómeno. Sea que éstas sacan a relucir al planeta y su mística, y no nos hace avanzar en nada. Sea que éstas responsabilizan al pobre [Emmanuel] Macron, quien no hace, ni peor que otro, que su trabajo de jefe de Estado en tiempos de guerra o de epidemia. Sea que claman por el evento fundador de una revolución increíble, que no vemos qué conexión tendría con el exterminio del virus, del cual, además, nuestros “revolucionarios” no tienen el mínimo medio nuevo. Sea que éstas se hunden en un pesimismo del fin del mundo. O están exasperados en el punto de que el “primero yo”, la regla de oro de la ideología contemporánea, no tiene ningún interés, no ayuda e incluso puede aparecer como cómplice de una continuación indefinida del mal.

Parece que la prueba epidémica disuelve en todas partes la actividad intrínseca de la Razón, y que obliga a los sujetos a regresar a los tristes efectos (misticismo, fabulaciones, rezos, profecías y maldiciones) que en la Edad Media eran habituales cuando la peste barría los territorios. 

De repente, me siento obligado a reagrupar algunas ideas simples. Con mucho gusto diría: cartesianas.

Aceptemos comenzar por definir el problema, muy mal definido, por cierto, y por consiguiente tratado de manera errónea. Una epidemia es compleja porque siempre es un punto de articulación entre determinaciones naturales y determinaciones sociales. Su análisis completo es transversal: debemos captar los puntos donde las dos determinaciones se cruzan para obtener las consecuencias.

Por ejemplo, el punto inicial de la epidemia actual se sitúa muy probablemente en los mercados de la provincia de Wuhan. Los mercados chinos todavía son conocidos por su peligrosa suciedad y por su incontenible gusto por la venta al aire libre de todo tipo de animales vivos amontonados. Por tanto, el virus se encontró en algún momento presente, en una forma animal legada por los murciélagos, en un ambiente popular muy denso y con una higiene precaria.

La llegada natural del virus de una especie a otra transita luego hacia la especie humana. ¿Exactamente, cómo? No lo sabemos todavía y solo los procedimientos científicos nos los dirán. Estigmaticemos de pasada, todos aquellos que lanzan, en redes del internet, las fabulas típicamente racistas, respaldadas por imágenes manipuladas según las cuales todo proviene de que los chinos comen murciélagos casi vivos…   

Este tránsito local entre especies animales hasta el hombre constituye el punto de origen de todo el asunto. Después de lo cual, solo opera un dato fundamental del mundo contemporáneo: el acceso del capitalismo de Estado chino a un rango imperial, es decir, una presencia intensa y universal en el mercado mundial. De ahí las innumerables redes de difusión, evidentemente antes de que el gobierno chino pudiera limitar totalmente el punto de origen (de hecho, una provincia entera, 40 millones de personas), lo que, sin embargo, terminará haciendo con éxito, pero demasiado tarde para evitar que la epidemia pudiera partir sobre otros caminos -y aviones y barcos- de la existencia mundial.      

Un detalle revelador de aquello que llamo la doble articulación de una epidemia: hoy, el SARS-2 está suprimido en Wuhan, pero hay muchos casos en Shanghái, principalmente debido a personas, chinos en general, provenientes del extranjero. China es pues un lugar donde observamos el anudamiento, por una razón arcaica y luego moderna, entre un cruce naturaleza-sociedad en los mercados mal mantenidos, de manera antigua, causa de la aparición de la infección, y una difusión planetaria de ese punto de origen, acarreada por el mercado mundial capitalista y sus desplazamientos tan rápidos como incesantes.   

Enseguida, entramos en la etapa donde los Estados intentan, localmente, frenar esta difusión. Tengamos en cuenta que esta determinación sigue siendo fundamentalmente local, a pesar que la epidemia es transversal. A pesar de la existencia de algunas autoridades transnacionales, es claro que son los Estados burgueses locales que se encuentran dispuestos a atacar. 

Aquí llegamos a una contradicción mayor del mundo contemporáneo: la economía, incluido el proceso de producción en masa de objetos manufacturados, es parte del mercado mundial. Sabemos que la simple fabricación de un teléfono móvil moviliza el trabajo y los recursos, incluyendo minerales, al menos en siete estados diferentes. Pero, por otro lado, los poderes políticos siguen siendo esencialmente nacionales. Y la rivalidad de los imperialismos, antiguos (Europa y Estados Unidos) y nuevos (China, Japón…) prohíbe todo proceso de un Estado capitalista mundial. La epidemia también supone un momento donde esta contradicción entre economía y política es obvia. Incluso los países europeos no logran ajustar sus políticas a tiempo para enfrentar al virus.    

Bajo esta contradicción, los Estados nacionales intentar hacer frente a la situación epidémica respetando al máximo los mecanismos del Capital, aunque la naturaleza del riesgo los obliga a modificar el estilo y los actos del poder.

Sabemos desde hace mucho tiempo que, en caso de guerra entre países, el Estado debe imponer, no solamente a las masas populares sino también a los burgueses, restricciones importantes para salvar al capitalismo local. Las industrias son casi nacionalizadas en beneficio de una producción de armamentos desencadenada pero que no produce ningún plusvalor monetario en ese momento. Una gran cantidad de burgueses son movilizados como oficiales y expuestos a la muerte. Los científicos buscan, noche y día, inventar nuevas armas. Un buen número de intelectuales y de artistas son requeridos para alimentar la propaganda nacional, etcétera.   

Frente a una epidemia, este tipo de reflejo estatal es inevitable. Es por ello que, contrariamente a lo que se dice, las declaraciones de [Emmanuel] Macron o de [Édouard] Philippe sobre el Estado que de repente se ha convertido en un estado “de bienestar”, un gasto de apoyo a las personas sin trabajo o a los autónomos que cierran su negocio, comprometiendo cien o doscientos millones del dinero del Estado, el anuncio de “nacionalización”: todo ello no tiene nada de asombroso, ni de paradójico. Y se deduce que la metáfora de [Emmanuel] Macron, “estamos en guerra”, es correcta: Guerra o epidemia, el Estado es obligado, incluso yendo más allá el juego normal de su naturaleza de clase, a aplicar prácticas tanto más autoritarias como más globales para evitar una catástrofe estratégica.   

Es una consecuencia perfectamente lógica de la situación, cuyo objetivo es frenar la epidemia (ganar la guerra, para retomar la metáfora de Macron), lo más seguro posible, todo esto dejando sin trastocar el orden social establecido. No se trata de una comedia, es una necesidad impuesta por la difusión de un proceso mortal que cruza la naturaleza (de ahí el papel eminente de los científicos en este asunto) y del orden social (de ahí la intervención autoritaria, y ella no puede ser otra cosa, del Estado). 

La aparición en este esfuerzo de grandes deficiencias es inevitable. Por ejemplo, la falta de máscaras protectoras o la ineficiencia en el internamiento en los hospitales. ¿Pero quién puede jactarse realmente de haber “previsto” este tipo de cosas? De cierta manera, el Estado no había previsto la situación actual, es cierto. Incluso, se puede decir que, debilitando -desde hace décadas- el aparato nacional de salud, y en verdad todos los sectores del Estado que estaban al servicio del interés general, habían actuado como si nada parecido a una pandemia devastadora pudiera afectar a nuestro país. Lo que es erróneo, no solamente bajo su forma Macron, sino bajo la de todos los que lo habían precedido, por lo menos, desde hace treinta años.

Pero todavía es correcto mencionar aquí que nadie había previsto, o imaginado, el desarrollo en Francia de una pandemia de este tipo, salvo quizá algunos sabios aislados. Muchos pensaban probablemente que este tipo de historia era válida para una África tenebrosa o la Chinta totalitaria, pero no para la democrática Europa. Y seguramente no son los izquierdistas (o los chalecos amarillos, o incluso los sindicalistas) los que pueden tener un derecho particular para pasar por alto este punto y continuar haciendo ruido a Macron, su ridículo objetivo desde siempre. Ellos tampoco lo vieron venir. Al contrario: mientras la epidemia ya estaba en marcha en China, ellos multiplicaron hasta muy recientemente los reagrupamientos incontrolados y las manifestaciones ruidosas, eso debería de evitar hoy, sean lo que sean, que desfilen frente a las demoras impuestas por el poder para tomar las medidas de aquello que sucedía. En realidad, ninguna fuerza política en Francia, había tomado esta medida ante el Estado macroniano.

Del lado de este Estado, la situación es aquella donde el Estado burgués debe, explícitamente y públicamente, hacer prevaler los intereses, de alguna manera, más generales que de aquellos de la burguesía, mientras preserva estratégicamente, en el futuro, la primacía de los intereses de clase de los cuales este Estado representa la forma general. O, en otras palabras, la coyuntura obliga al Estado a no poder manejar la situación de otra forma que integrando los intereses de clase, de la cual él es el representante de poder, en los intereses más generales, y eso debido a la existencia interna de un “enemigo” de suyo general, que puede ser, en tiempos de guerra, el invasor extranjero y que es, en la situación presente, el virus SARS- 2.     

Este tipo de situación (guerra mundial o epidemia mundial) es particularmente “neutral” en el plano político. Las guerras del pasado solo han provocado la revolución en dos casos, si se puede decir excéntricos en comparación con lo que fueron las potencias imperiales: Rusia y China. En el caso ruso, eso fue porque el poder zarista era, en todos los aspectos y durante mucho tiempo, atrasado, incluso como poder posiblemente ajustado al nacimiento de un verdadero capitalismo en ese inmenso país. Y, por otro lado, existía con los bolcheviques, una vanguardia política moderna, fuertemente estructurada por líderes notables. En el caso chino, la guerra revolucionaria interior precedió la guerra mundial y el Partido comunista, en 1940, ya estaba a la cabeza de un ejército popular probado. Empero, en ninguna potencia occidental la guerra provocó una revolución victoriosa. Incluso, en el país derrotado en 1918, Alemania, la insurrección espartaquista fue rápidamente aplastada. 

La lección de todo esto es clara: la epidemia actual no tendrá, como tal, como epidemia, ninguna consecuencia política significativa en un país como Francia. Incluso, suponiendo que nuestra burguesía piense, dado el aumento de gruñidos sin forma y de las consignas inconsistentes pero generalizadas, que ha llegado el momento de deshacerse de Macron, esto no representará absolutamente un cambio significativo. Los candidatos “políticamente correctos” se encuentran detrás de escena, al igual que los defensores de las formas más mohosas de un “nacionalismo” obsoleto y repugnante.    

En cuanto a nosotros, que deseamos un cambio real en los hechos políticos en este país, hay que aprovechar el interludio epidémico, e incluso, el confinamiento (por supuesto, necesario), para trabajar en nuevas figuras de la política, en el proyecto de lugares políticos nuevos y en el progreso transnacional de una tercera etapa del comunismo, después de aquella brillante de su invención, y de aquella, interesante pero finalmente vencida de su experimentación estatal.   

También implicará una crítica rigurosa de toda idea que plantee que fenómenos como una epidemia abren algo políticamente innovador por ellos mismos. Además de la transmisión general de los datos científicos de la epidemia, sólo quedará la fuerza política de nuevas afirmaciones y convicciones nuevas en lo que respecta a los hospitales y a la salud pública, las escuelas y la educación igualitaria, el cuidado de los ancianos y otras cuestiones del mismo género. Estas son los únicas que podrían articularse en un balance de las debilidades peligrosas puestas a la luz por la situación actual.     

Por cierto, mostraremos con valentía, públicamente, que las pretendidas “redes sociales” muestran una vez más que ellas son (además del hecho de que engordan a los multimillonarios del momento) un lugar de propagación de la parálisis mental fanfarrona, de los rumores fuera de control, del descubrimiento de las “novedades” antediluvianas, cuando no es más que simple oscurantismo fascista. 

Demos crédito, incluso y sobre todo confinados, únicamente a las verdades verificables de la ciencia y a las perspectivas fundadas sobre una nueva política, de sus experiencias localizadas y de su objetivo estratégico.



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