Pandemia del Covid 19: ¿Esto lo cambia todo?

Pandemia del Covid 19: ¿Esto lo cambia todo?


José Antonio García Fernández

Profesor honorífico. Facultad de Educación. Universidad Complutense de Madrid.


Habituados a unas formas de vida acordes con los modelos sociales que convienen al capitalismo, hemos asumido ingenuamente unos patrones sociales de respuesta a nuestras necesidades que nos dejan inermes ante situaciones catastróficas como la actual pandemia. Vivimos fascinados por la ilusión de movernos por el mejor de los mundos posibles, distraídos por potentes artefactos de normalización como las pantallas de plasma y otros juguetes tecnológicos. Este habitus, construido entre quienes determinan lo que nos conviene y nuestra connivencia irresponsable, nos hace vulnerables frente al shock de la pandemia, desestabilizando nuestras formas de vida habituales. Desde la organización de las relaciones sociales, hasta el trabajo, la salud, la educación, la comunicación, el ocio, etcétera.

Tal desastre no entraba en los cálculos de los magos e ilusionistas al servicio del mercado, engolfados en preservar y ampliar sus privilegios. De la misma forma que otras catástrofes globales, como la crisis climática(1), esta pandemia pone de relieve la incapacidad del “orden económico y social que se llama capitalista, neoliberal y heteropatriarcal” para responder” (J. Gabilondo). Este hecho pone de relieve el significado de la globalización como algo que no es patrimonio del mercado, de la economía, sino el escenario y la urdimbre real sobre la que se tejen nuestras vidas. La necesidad de afrontar un fenómeno que afecta a todo el mundo en lo que más nos importa, la vida, nos responsabiliza de la vida de los otros. Lo personal es político y lo político es personal. “De repente hemos descubierto –afirma Turiel- que delante de una crisis real lo que funciona es lo público…”. Extendiendo lo público a las iniciativas colectivas populares hacia problemas compartidos, como estamos viendo en las respuestas de varias iniciativas sociales(2) para paliar los efectos de la crisis en el entorno próximo.

La incapacidad del modelo neoliberal frente a una crisis global, descubre su verdadera cara: la usurpación total de las ganancias y la adjudicación de las pérdidas a los trabajadores. Un ejemplo es la gestión de la situación actual por parte de ciertas grandes empresas que, tras dar el palo tratan de tapar la herida producida, ofreciendo dinero de ayuda para paliar los efectos de esta crisis, al mismo tiempo que dejan atrás a cientos de miles de trabajadores y a sus familias(3), lo que acarrea su mayor vulnerabilidad sanitaria y económica.

Esta crisis pone de relieve, una vez más, cómo la privatización de la vida, entregando al mercado servicios básicos como la sanidad y la educación, no es capaz de responder ante una catástrofe humanitaria global, como una pandemia o el cambio climático. Paradójicamente, nunca ha sido tan redundante el mantra de la “calidad de vida”, entendida, eso sí, como capacidad de consumo. Desde los años ochenta del pasado siglo, hemos visto cómo además de aumentar la brecha entre quienes tienen más y los que menos tienen, nos llevaron a la crisis económica precarizando aún más la vida de la gente mediante recortes en los servicios básicos, reformas laborales abaratando el despido. Barriendo, en suma, el Estado de bienestar.

Las condiciones de vida impuestas por la respuesta a la pandemia sitúan en peores condiciones a quienes ya las presentaban de partida, contra el tópico del carácter democrático del virus, que “nos iguala ante el riesgo”(4). Si tenemos en cuenta la duración del confinamiento, la desigualdad social y económica se corresponde con la desigual capacidad de resistencia al riesgo. Quienes disfrutan de una gran mansión, con jardines, amplios espacios y medios de distracción, incluso quienes disponen de viviendas unifamiliares, con un jardín por pequeño que sea, están en mejores condiciones de prevención del contagio que quienes viven en un pequeño piso, sin posibilidad de estar al aire libre. Y no digamos ya de quienes se ven obligados a compartir el reducido espacio de una vivienda precaria que impide guardar las normas de distancia preventiva, o sin más posibilidad de exponerse al aire libre que asomarse a la ventana. Los primeros tendrán un plus de aguante frente al virus: más espacio para protegerse, mejor aire para respirar, mayores posibilidades de actividad física, juego, distracción, etcétera.

Otra condición que marca la desigualdad frente al riesgo es la edad. Más de un tercio de las personas fallecidas en España debido al Covid 19 vivía en residencias para mayores. Siendo cierto que el factor edad incide sobre la mayor vulnerabilidad de los mayores, esta pandemia pone de manifiesto las graves deficiencias del modelo de atención a este colectivo. Reflejo de un sistema para el que solo tiene valor la productividad económica, este colectivo es víctima de la avidez de los especuladores que –como la Madre Coraje bretchiana- no desaprovechan el desastre para obtener beneficio. El miedo, la fragilidad y el dolor de la gente brinda a su voracidad insaciable la oportunidad de sacar provecho(5). La privatización de muchos centros llevada a cabo durante la última década y la avidez de ciertas empresas del sector escatimando recursos (humanos y materiales) de atención, sumada a la incidencia de los recortes en gastos sociales en las de gestión pública, tienen su macabro resultado en el elevado número de afectados y el de fallecidos en esta pandemia. Una muestra la ofrece la Comunidad de Madrid, una de las que han aplicado con mayor dureza privatizaciones y recortes en este sector, donde el contagio alcanza a más de 6.000 residentes, de los que cerca de 1.000 ya han fallecido. Más de la mitad del total de los fallecidos de este colectivo en toda España.

Otro grupo que merece especial atención es el de los menores, tanto por ellos mismos, como por la incidencia de esta crisis sobre el sistema escolar y sus familias. Especialmente para los más pequeños, el espacio socio-afectivo familiar constituye una burbuja protectora y paliativa del aislamiento social más amplio, aunque la restricción limita su capacidad de exploración en el exterior y les priva de los beneficios del aire libre. Pero a medida que aumenta la edad, se amplían sus necesidades de actividad, relación social y expansión en el espacio. Vivir una situación excepcional durante la infancia y la adolescencia brinda una oportunidad de crecimiento personal. Aporta la experiencia de la fragilidad del ser humano, pero también de su capacidad de hacer frente a la adversidad. Esto exige de sus mayores estar atentos a tales demandas aportado, junto a la manifestación de afecto, no sólo la comprensión de la situación mediante una información y contención ajustadas a su capacidad, sino el establecimiento de pautas cotidianas que mantengan e incentiven su desarrollo cognitivo y psicofísico aprovechando la oportunidad de reflexión y conocimiento que ofrece la experiencia de vivir en una situación excepcional como la presente. Frente a la actitud sobreprotectora y de excesiva condescendencia que adoptan actualmente muchos padres, haciéndoles más vulnerables frente a la adversidad, esta situación es una oportunidad para hacerles más autónomos, más fuertes, más creativos, menos superficiales y veleidosos.

Por otra parte, la interrupción de la educación escolar presencial altera el funcionamiento del sistema escolar pero ofrece una oportunidad de cuestionar el modelo educativo vigente. Siguen existiendo quienes deben aprender y quienes deben enseñar. Pero desaparece el espacio compartido de aprendizaje, sustituido supuestamente por un espacio virtual en el que la interacción profesor-alumno se encuentra mediada por un artefacto tecnológico con características y efectos propios. Esto constituye una experiencia singular y diferente al modelo escolar de enseñanza/aprendizaje presencial (el medio es el mensaje, Mc Luhan dixit), con incidencia tanto para los escolares como para los docentes, así como para los padres y las madres.

Las nuevas tecnologías se convierten ahora en el vehículo prioritario y masivo de transmisión de los aprendizajes. Los escolares ya no comparten el mismo espacio físico, ni están agrupados físicamente por niveles de edad. El docente, que antes compartía junto a la transmisión del conocimiento el control de las actividades en el espacio-tiempo, la moderación de las interacciones entre los escolares (incluyendo las disruptivas), la relación individual y grupal con el alumnado, la guía y orientación del trabajo, la motivación, la atención al clima psico-afectivo del grupo, etcétera, ahora se ve aplicado prioritariamente a la planificación y distribución del conocimiento, propuesta de actividades para su adquisición y su comprobación. Tampoco dispone del contacto presencial con sus colegas, lo que hace más individualista su actividad de lo que solía.

En esta situación los escolares, siempre que dispongan de los recursos tecnológicos para seguir el plan de enseñanza “a distancia”, ahora tienen una mayor libertad para gestionar sus tareas, más tiempo, más posibilidades de ayuda por parte de un familiar, etcétera. Incluso, la falta de trabajo grupal, la pueden suplir mediante la cooperación en línea.

Pues bien, si todo esto se puede hacer sin la existencia de la escuela como hoy la conocemos, se plantea la siguiente cuestión: ¿son necesarias las escuelas concebidas como un lugar físico donde se concentran escolares para aprender y unos docentes que se encargan de ello? Indudablemente esta situación abre una oportunidad de replantearse la reforma de la institución escolar como espacio especializado en la enseñanza/aprendizaje de los más jóvenes. Lo cual plantea varios retos de cuya respuesta depende que avancemos hacia un sistema escolar más racional, adaptado a los tiempos actuales y a las necesidades de los menores y de la sociedad, o a un sucedáneo sostenido por las NNTT que aparentando que se cambia todo, no cambie lo fundamental: su carácter transmisor y reproductor del orden social impuesto. Pero también nos sitúa frente al reto de neutralizar la oportunidad que ofrece la expansión tecnológica como pretexto y justificación de una eventual reducción de la inversión en educación: menos docentes, menos instalaciones, menos personal de servicios escolares auxiliares, etc. Abre la oportunidad al sistema de reducir los recursos educativos (personal, instalaciones) mediante la atención en línea al alumnado. Esto supone que todos los escolares disponen de ordenadores, tablets, iPads, etcétera, lo cual no responde a la realidad, ampliando la desigualdad de oportunidades entre quienes disponen de estos dispositivos y aquellos que, por razones económicas, están privados de ellos.

Por parte de los padres y madres ante la situación de confinamiento se ven privados de un recurso muy apreciado que antes les permitía sustraerse a la atención de sus hijos para centrarse en otras actividades: laborales, formativas, domésticas, de ocio o de descanso. En suma, de una distensión temporal de sus cuidados. La permanencia en el hogar de los menores durante las 24 horas, los siete días de la semana y sin tener un horizonte claro de su duración, pone en evidencia, al menos, dos cosas:

– Que la escuela cumple una función de guardería, primando ésta sobre su función esencial, la enseñanza. La privación de este recurso de custodia altera seriamente el desenvolvimiento de la vida de sus padres. Otra cosa es la legitimidad de otorgar esta función a la escuela, a la que me referiré más adelante.

– Ante la situación de confinamiento, muchas madres y padres retoman en sus manos funciones que habían confiado a la escuela: el cuidado de sus hijos e hijas, en el sentido no solo de atenderles, sino de apoyar y compartir sus aprendizajes, jugar con ellos, conversar, etcétera.

En cuanto a la primera, a la mayoría de los padres y madres ahora le es posible hacerse cargo del cuidado y custodia de sus hijos e hijas porque no van a trabajar o lo hacen desde sus casas. En situación normal, la incompatibilidad entre los horarios laborales y los escolares deja un vacío cubierto subrepticiamente por los abuelos y abuelas, cuando es posible. Cabe preguntarse si la función primordial de la escuela debe ser la custodia de los menores, o encubre deficiencias del sistema, al no proveer de servicios extraescolares de atención a la infancia accesibles a todas las familias. Otro aspecto a considerar consiste en la discrepancia entre los horarios escolares y laborales. La organización de la jornada laboral de muchos padres y madres va en contra de compartir la vida de sus hijos.

En cuanto a la funciones de acompañamiento en el desarrollo general de sus hijos e hijas, el confinamiento está obligando a los padres y madres a dedicarles tiempo, a conversar y/o jugar con ellos, apoyarles a resolver sus dudas e inquietudes, etc., algo que una dinámica laboral vertiginosa ha dejado atrás impunemente.

Nuestra capacidad de cooperación, de solidaridad y de acción comunitaria permanece enmascarada por el tupido velo de la cultura del consumo, el individualismo exacerbado, la gratificación inmediata incentivada por la posesión de juguetes digitales, el ansia por elevar el ranking de nuestras relaciones, antes que buscar su calidad y profundidad. Ahora estamos descubriendo la interdependencia entre el yo y el nosotros, el individuo y la especie. Que lo político es personal y lo personal es político. Que corremos el peligro de perdernos en un desierto sin límites que nos impide ser conscientes de nuestra capacidad para la solidaridad, el aprecio de la vida (propia y ajena) y la cooperación.

Ante la incertidumbre abierta por lo que nos está pasando ¿seremos capaces de entender que nada será como antes de esta experiencia universal?

 


(1) Aparte de las sinergias que se pueden establecer entre ambos fenómenos.

(2) Gente de los barrios organizando la provisión de bienes básicos para familias en situación de extrema necesidad, como Vallecas (Somos Tribu VK); la creación de redes de apoyo para los vecinos ancianos y otras personas que viven solas y/o necesidad de comunicación, en el barrio del Lucero, de Madrid; o fabricando en casa mascarillas para la gente, en Manzanares el Real, por poner algunos ejemplos que seguramente tienen múltiples réplicas en todo el país.

(3) El Corte Inglés, 25.900 trabajadores; Zena Alsea (Vips, Starbucks, Domino’s pizza) 22.000 trabajadores; Burger King, 14.000; Decathlon, 8.800; Primark: 7.000; Tendam (Cortefiel, Springfield, Pedro del Hierro, Women’s Secret, Fifty), 7.000; IKEA, 6.640; Mango, 4.767;Ryan Air, 1.500; Adolfo Domínguez: 909;Inditex (cuyos beneficios ascienden a 3.639 millones de euros) al mismo tiempo que por ahora mantiene salarios y puestos de trabajo, ya anuncia el posible ERTE para 25.000 trabajadores, si el próximo 15 de abril se mantiene el estado de alarma.

(4) “(…) allegados, son iguales / los que viven por sus manos / y los ricos.”

(5) Ejemplos: precio de las mascarillas del gel alcohólico, la subida brutal de tarifas de los entierros por parte de las funerarias, la subida de los precios en alimentación, los test del Covid 19 realizados por laboratorios privados, etc.

 



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