De estancos y farmacias

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De estancos y farmacias

De estancos y farmacias


Karima Ziali

Filósofa


 

[Este artículo lo escribí a raíz de la tarea que un alumno me presentó en la clase de filosofía de 1º de bachillerato. Como profesora pretendía que indagaran desde sí mismos un discurso que moviera las múltiples tensiones y contradicciones que estamos viviendo desde la cotidianidad de sus experiencias. Aquí relato el diálogo que se generó entre el trabajo de uno de mis alumnos y yo].

 

Leo tiene 16 años y cursa primero de bachillerato. Este año cursa la asignatura de filosofía, quizás por primera vez. Su familia lleva un negocio en una calle muy céntrica de una ciudad soleada y acogedora, donde las terrazas se llenan de mesas y sillas, de cafés y cañas, de tapeo y risas; de mundos que apuran hasta el final los últimos segundos del domingo tarde. Es la liturgia secular de cualquier urbe española. Lo fue hasta no hace mucho. El estado de alarma ha amontonado las sillas desbalijadas de alma en el fondo del trastero y las terrazas desnudas exponen sus cuerpos a los pocos transeúntes que bajan a por pan. De repente nuestros lugares se ven transformados en no lugares; en espacios de tránsito vacíos de familiaridad (1). Es difícil pensar que esto no es una guerra. Pero es una guerra contra un fantasma: el miedo visceral a… nuestra propia sombra.

A Leo, como a los demás alumnos, le encomendé una tarea para la asignatura de filosofía. Era una tarea muy sencilla, pero reveló una sinceridad brutal en la mayoría de ellos. Ya llevábamos unos días tratando la cuestión filosófica entorno al ser humano. La cuestión que teníamos entre manos era la virtud clásica y para ello les expliqué que era algo así como el ideal al que aspiraba todo ser humano. La virtud se demostraba con el valor que suponía tomar el riesgo como principio vital. La literatura griega ofrece una infinidad de ejemplos. Pero el que siempre me ha gustado por su carga heroica y trágica es el de la historia de Ulises, y no solo porque vive grandes aventuras y se enfrenta a situaciones en las que se juega el tipo, sino especialmente porque su viaje es un despliegue de valor que hace que el Ulises que regresa a su casa ya no sea el mismo Ulises que partió de su ciudad, dejando atrás a su familia. Ni tan siquiera los designios divinos impidieron este viaje hacia la inmortalidad que sería en todo caso su legado para la humanidad. Así traté de acercarles una imagen del héroe griego que vive intensamente, siendo esta experiencia su contribución al bien común. Pero “héroe”… qué palabra tan politizada… ahora está en boga, recorriendo aplausos, trazando horizontes de inmortalidad, escogiendo quien merece (y quién no) este epíteto para pasar a la historia de la humanidad.

Acompañando esta explicación, les adjunte un meme en el que aparece un hombre en su sofá y con un pie de foto muy significativo que le describe como el nuevo prototipo de héroe teniendo en cuenta el contexto de crisis global al que nos enfrentamos. La pregunta que lanzaba a mis alumnos fue la siguiente “¿Estarían de acuerdo los griegos con este ideal de héroe que presenta el meme? ¿Por qué?”. Si estuve varios días dándole vueltas a la respuesta de Leo (ver imagen), fue por dos motivos: por un lado, el miedo aparecía como el motor de nuestro propio temor y por otro lado, el Estado era equivalente a las divinidades griegas que manejaban los destinos humanos. Así el verdadero héroe me dice Leo es aquél a quien no le importa salir a “trabajar y morir” si eso contribuye al bien común. Pensé detenidamente en el valor que tiene pronunciar estas palabras, en un momento en el que toda opinión contraria al leitmotiv viral #yomequedoencasa es en el mejor de los casos censurado y en el peor tergiversado.

Analicemos un momento: el valor de quedarse en casa es para este chico de 16 años la antiheroicidad. En cierto modo, somos ciudadanos ejemplares, hemos acatado perfectamente el estado de alarma, más allá de las dificultades iniciales que conminaban a todo un país a detenerse, nos hemos recluido en casa y aceptado el confinamiento como una orden divina. No hemos cuestionado esta decisión que un Estado tomaba por nosotros y que quizás en otras situaciones habrían supuesto una revuelta inminente. Se me ocurre que esta facilidad de doblegar nuestro espíritu al Bien Común no proviene tanto de la fuerza divina que pueda ejercer el Estado sobre nosotros, sino que más bien, por el carácter que ha tomado, es el Estado quien se ha doblegado a nuestra voluntad. Recordaré brevemente el caso paradigmático de Boris Johnson, apodado como “el carnicero” en sus propios medios de comunicación(2), que después de anunciar que su país no se iba a confinar y que en todo caso había que revestir de fortaleza moral a los británicos para aceptar las muertes de sus seres queridos, se desdijo de ello en menos de una semana para preparar un plan de confinamiento alternativo. Palabras difíciles, más aún cuando van a contracorriente. Él claudicó debido a la opinión pública que no es otra que la trémula tripa de más de medio mundo. Los dioses retrocediendo ante la vulgar humanidad.

Los dioses sin nosotros no tienen ningún poder, el Estado tampoco. Él es nuestra voluntad. Y ahora mismo es el miedo quien gobierna nuestros destinos. Pero alguien podría decirme ¿de qué miedo hablas? Del miedo a la vida que es lo mismo que decir del miedo a la muerte. Y para ser más concisa: del miedo a revertir este miedo. La decisión de confinarnos en casa, imaginada ya de antemano como una posibilidad real, es la cara más latente de una vida que ha extendido sus límites gracias a los avances de la tecnociencia médica. Imposible dirimir entre qué vida es más que otra, imposible restituir el derecho a muerte a quien, después de haber vivido, ahora solo le queda una despedida bajo la calidez de su hogar. Imposible, porqué los juramentos que penden como la daga de Damocles sobre los hospitales, recogen nuestro derecho sobre la vida como su obligación moral y profesional. Toda vida, aunque sea el vivo experimento del cerebro en cubetas de Putnam, merece ser vivida. Y es aquí donde uno debiera de cuestionarse si esta es la sociedad que queremos, donde la vida se engarza hasta el último momento con pinzas y pulmones recién salidos de la fábrica. Queremos ser inmortales, pero para ello debemos morir y nadie está dispuesto. Queremos vivir, pero para ello debemos arriesgar y eso es más difícil que aceptar la finitud. Un héroe griego reconoce el valor de la vida, porqué ha aprendido a morir al transitarla por todos sus rincones. Me parece fascinante que la sociedad del coronavirus sea la misma que apenas hacía unas semanas se enfrentaba a un debate histórico: una propuesta de Ley de Eutanasia(3). Con esta ley, la política pretendía legislar sobre la muerte a través de la vida, pues es su única manera de acceder a un universo copado de emociones y de contradicciones, de turbaciones y moralidades dispares. ¿Dónde quedará todo esto después de todo esto?

El confinamiento nos obliga a asumir ciertas verdades que solo surgen cuando empezamos a relacionar el estado de alarma que hemos creado como sociedad. Hemos construido un estado donde el supermercado aparece como una suerte de paraíso terrenal al que ir a llenar el tiempo perdido, donde el alcohol es promocionado con vehemencia y el chocolate con insistencia, nos aborda en cada pasillo como una luz celestial. Pero quizás más verdad hay en un hecho difícil de pasar por alto. En nuestro estado de alarma, farmacias y estancos permanecen abiertos también, en tanto que dispensadores de servicios básicos. Vivir, morir… debate eterno incluso cuando parece que luchamos para vivir a cualquier precio. Quizás no sabemos vivir, pero tampoco hemos aprendido a morir. Así uno entra en la farmacia habiendo salido del estanco. Uno podría congraciarse con las teorías del Estado y señalarlo con el índice acusador de recoger en sus arcas los impuestos de este humeante negocio. Revertir ese dedo hacia uno mismo tiene su complejidad: el estanco es un escenario ocupado por el público deseoso de su medicina particular. Pero en el teatro, las escenas a dos se entienden mejor cuando se triangulan con un tercer personaje, y el actor que nos falta entre los estancos y las farmacias es el alto índice de mortalidad por coronavirus entre hombres fumadores. Así, entre farmacias y estancos la vida que hemos paralizado para protegerla, ante todo, se evidencia cuanto menos paradójica.

¿Qué vida queremos? ¿Qué dejar a nuestros hijos? ¿Qué nombres acuñan nuestros héroes? Supuse que reflexionar sobre la vida era el punto fuerte de la filosofía, pero el coronavirus es como un bofetón de realidad que atestigua con ironía que todo es una fantasía. La fantasía de querer vivir y que de ese “querer” solo quedan sucedáneos de valor, reducciones de heroicidad griega. Tal vez, Leo acierta cuando piensa en el modo en que los griegos relatarían nuestras hazañas. Es entonces cuando algo se hace evidente ¿No existe otra manera de valorar esta crisis de salud global? ¿Acaso esta pregunta no está en manos de la ancianidad y de la juventud responderla? Pues son ellos sobre los que recae dar rumbo nuevo a un mundo, que para los primeros es un ocaso y para los últimos un nuevo amanecer. Me recuerda esto a la forma tan heroica, en el sentido clásico del término, que tenían los ancianos de morir en algunas comunidades nativas de norte américa. Cuando sentían que la muerte buscaba su compañía, tomaban un camino solitario lejos de la comunidad, y ahí rendían su último suspiro al mundo regalándose así a la vida que sigue.


Notas

(1) Augé, M., (1993) Los no lugares, espacios del anonimato, Antropología de la Sobremodernidad, Madrid:Gedisa

(2) Ver el titular del periódico “The Herald” del 25 de julio de 2019.

(3) Ver entre otras publicaciones, https://www.lavanguardia.com/vida/20200211/473459424118/eutanasia-ley-condiciones-control.html (11/02/2020) y las múltiples peticiones ciudadanas y de asociaciones civiles dirigidas al gobierno desde change.org.

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