“Laissez-faire” a la peste

“Laissez-faire” a la peste


Pablo Alzate

Médico y activista colombiano.


Don Benja es un señor muy mayor que vive solitario por temporadas en su pequeña cabaña de barro y guadua de un resguardo indígena clavado entre las montañas. Apenas cursó pocos años de primaria, pero es un hombre sabio, dueño del conocimiento que le legaron la vida y sus luchas continuas. Es, sobre todo, un hombre comprometido, que sigue luchando por los derechos de su pueblo, que sigue enseñando a luchar a los jóvenes. Lo recuerdo en estos días en que los ancianos se han convertido en las principales víctimas del virus que se propaga con la velocidad frenética de las ofertas comerciales y los vuelos transplanetarios, como si los ancianos pobres de mi país no fueran ya las primeras víctimas de otra epidemia de abandono, miseria e inexistencia total de servicios sociales, el legado de tres décadas de neoliberalismo furioso.

Y entonces repaso algunos de los titulares de los últimos días: “Israel anuncia que sacará a ancianos de hospitales para dejar sitio a infectados con COVID”, anota La Vanguardia. “Italia: confirman las declaraciones de un médico sobre la masacre de ancianos”, dice El Clarín. “El horror que se vive en algunas residencias de ancianos de España por la crisis del COVID-19”, titula luego la BBC. ¿Merece existir un orden social que sacrifica y desecha a los más viejos, con todo lo que significan, con todo lo que representan?

Hay un hilo conductor entre la política (neo) liberal, el control demográfico y la eugenesia social, un discurso que ha experimentado un repentino y epidémico brote casi al mismo tiempo que el COVID-19. Ese hilo común es el “dejar hacer, dejar pasar”, la fórmula elegida por los poderes mundiales hace ya cuatro décadas para superar la crisis de acumulación del capital y, de paso, la debacle social que la acompaña, especialmente en el tercer mundo. Aunque la fórmula se aplica principalmente a la no intervención del Estado en la economía y proviene del siglo XVIII, su influencia se extiende hasta nuestros días y se expresa en todas las esferas de la vida social.

Robert Malthus fue un influyente pensador inglés de principios del siglo XIX. En su libro “Ensayo sobre el principio de la población”, Malthus esbozó métodos brutales y muy crueles de control demográfico, en un lenguaje desparpajado que parece evocar al de políticos como Donald Trump o Jair Bolsonaro. Aunque era clérigo, no lo motivaba la preocupación por el prójimo, sino los intereses de su propia clase que sentía amenazada su riqueza ante el explosivo crecimiento de los trabajadores. Explícitamente planteaba:

“El hambre parece ser el último y el más terrible recurso de la naturaleza. La fuerza de crecimiento de la población es tan superior a la capacidad de la tierra de producir el alimento que necesita el hombre para subsistir, que la muerte prematura en una u otra forma debe necesariamente visitar a la raza humana. Los vicios humanos son agentes activos y eficaces de despoblación. Son la vanguardia del gran ejército de destrucción; y muchas veces ellos solos terminan esta horrible tarea. Pero si fracasan en su labor exterminadora, son las enfermedades, las epidemias y la pestilencia quienes avanzan en terrorífica formación segando miles y aún decenas de miles de vidas humanas. Si el éxito no es aún completo, queda todavía en la retaguardia como reserva el hambre: ese gigante ineludible que de un solo golpe nivela la población con la capacidad alimenticia del mundo” (1).

Desde aquellos tiempos, las guerras, el hambre y las pestes han estado cumpliendo su terrible labor, no siempre con éxito, pues la población no cesa de crecer. Esto, por supuesto, no ha impedido que las ideas de Malthus se reciclen en los trabajos de distintas entidades internacionales, desde Naciones Unidas y el Banco Mundial, hasta el Club de Roma con documentos tan influyentes como “Los límites del crecimiento”, un informe de 1972 que vuelve sobre la vieja idea maltusiana del desfase entre el crecimiento de la población y la limitación de los recursos del planeta, discurso presentado como “científico” para apuntalar programas de control social y demográfico muy regresivos. Aunque ahora no se defienden públicamente soluciones al estilo Malthus, si se aplican políticas de control natal y esterilización forzada en países del tercer mundo, especialmente hacia minorías étnicas, como ha ocurrido en Centroamérica, o como ocurrió en Perú en décadas pasadas.

Políticas de control demográfico fueron, por ejemplo, las que propuso el premier británico Boris Johnson el 12 de marzo, cuando afirmó que era conveniente permitir un contagio controlado de la población, antes de recurrir a medidas más radicales como el aislamiento social, el cierre de fronteras o la paralización de la economía. Incluso, su asesor científico sir Patrick Vallance, sugirió que parte de la estrategia consistiría en gestionar el contagio de la infección para hacer inmune a la población. La llamada “inmunidad del rebaño” permitiría que el 80% de la población se contagie para crear una autoinmunidad que supuestamente iba a proteger al 20% más vulnerable. Pero los expertos de la OMS consideran que este experimento de no intervencionismo se traduciría en unos 510.000 muertos sólo en el Reino Unido (2).

El gobierno norteamericano ha seguido una estrategia muy similar. Se ha negado a trazar una política unificada en todo el país, dejando que cada Estado actúe por su cuenta. Incluso, después de haber ordenado el aislamiento de las ciudades más afectadas, Donald Trump declaró que “el remedio no puede ser peor que la enfermedad” y que pronto relajaría las medidas, en una clara defensa de los negocios por encima de la vida de las personas. El vicegobernador de Texas, Dan Patrick -republicano acérrimo- lo dijo más claro: “como adulto mayor, estoy dispuesto a arriesgar la vida a cambio de mantener el Estados Unidos en el que yo crecí… sí ese es el intercambio, yo estoy dispuesto» (3).

En la misma tónica anticientífica, se está dejando avanzar a la epidemia en países como Brasil, Suecia o Bielorusia. Así, Bolsonaro minimizó la enfermedad llamándola una “gripiña”, S. Loften le dijo al pueblo que “había que sacrificarse” por la economía y el autoritario Lukashenko afirmó que “estas cosas pasan”, negándose a tomar medidas efectivas. Esto implica no solo “dejar hacer” al virus y “dejar pasar” la pandemia en aras de salvar la economía, sino cobrar la vida de millones de personas por todo el mundo. ¿Qué ideologías fomentan una infamia tan grande?

Francis Galton, primo de Charles Darwin y padre de la teoría eugenésica, propuso a mediados del siglo XIX la mejora de los rasgos hereditarios mediante diversas formas de selección humana. Buscando garantizar la continuidad de los más fuertes, sanos e inteligentes (según criterios muy sesgados), Galton defendió la no reproducción y hasta la muerte de personas que no encajaban en dichos estereotipos. Según su lógica, proteger a los minusválidos, los enfermos o los tarados, era ir contra la ley natural de la “supervivencia del más apto”, fomentando la continuidad de las enfermedades y llevando a la decadencia de “la especie”. Por eso se opuso al tratamiento de estos enfermos dejando que la “ley natural” de la enfermedad los eliminara, considerando esto como un “ahorro” de recursos para el Estado y la sociedad. El reverso de la eugenesia derivó, es bien sabido, hacia los campos de exterminio masivo de los nazis.

Los sistemas de asistencia social y de aseguramiento en salud cumplen precisamente la función de prolongar la vida de la gente y hacerla más llevadera. En parte, gracias a ellos, se ha logrado una esperanza de vida de 72 años en promedio mundial, cifra que para mediados del siglo pasado llegaba apenas a los 50 años. Está claro que la pandemia de coronavirus atacará con más fuerza a las masas urbanas y especialmente a mayores de edad, enfermos crónicos, inmigrantes, desplazados, desempleados, habitantes de calle y adictos a las drogas. Esta es la población que políticos de derecha como Nicolás Zarkozy llamaron “la racaille”, la escoria, al igual que Trump cataloga a los inmigrantes de “plaga” y Bolsonaro de “peste” a los delincuentes.

De modo que, siguiendo aquel consejo de W. Churchill de “nunca desaprovechar una buena crisis”, estos políticos de la derecha están aprovechando la pandemia para aplicar un programa eugenésico de dimensiones planetarias. Regidos por su fanatismo político y religioso, consideran que es el momento de deshacerse de millones de personas por improductivas, que son una onerosa “carga” para el Estado. La “masacre de ancianos” de la que se hablaba hace unas semanas en Italia, será en los hechos un fabuloso incremento en la rentabilidad de los fondos privados de pensiones. Incluso atacan a aquellos trabajadores productivos como los inmigrantes, considerándolos “parásitos”, al estilo de una perversa película coreana, invirtiendo completamente la realidad de quién alimenta a quién en esta sociedad. Este odio y desprecio se extiende a las minorías nacionales de afroamericanos, amerindios, asiáticos, gitanos, considerados ciudadanos de tercera clase, vidas que no valen, gente que no duele, carne de cañón para las guerras, las fábricas o los prostíbulos. Desde hace siglos se experimenta con ellas y se les somete a exterminio.

Aunque en apariencia el virus no diferencia clases sociales, en realidad veremos que cuando se complete el ciclo del desastre y aparezcan las grandes estadísticas, el pueblo será quien ponga la mayoría de los muertos. En parte porque el acceso a los sistemas de salud y a las medidas de prevención del virus como auto aislarse y confinarse también acaban sujetas a condicionamientos de cada clase social. Ahí están la educación, la ciencia, la cultura, la posibilidad de reservar comida para uno o dos meses, el acceso a un grifo con agua potable para lavarse las manos, cuestiones que faltan a media humanidad. Así funciona este sistema en su base, reproduciendo la segregación, la marginación, la opresión, en cada ciclo, en cada crisis, en cada generación.

Adam Smith se hizo célebre al plantear que la búsqueda de los intereses egoístas de los distintos agentes económicos conlleva de manera inconsciente el máximo bienestar social para el conjunto. Adujo que una “mano invisible” –el mercado- conducía todo el proceso hacia sus nobles objetivos. No intervenir, no regular, no colocar barreras; permitir que el mercado se desenvolviera como un orden natural, que se limita y se regula a sí mismo. Pero el discurso del libre mercado esconde la necesidad de rotación del capital, vital para su supervivencia. Sus “nobles objetivos” hoy están a la vista: hambre, pestes, guerras, degradación social, debacle ambiental. La quietud o el enlentecimiento de su incesante ciclo, significan la muerte del capital. No importa que haya que sacrificar a millones para acelerarlo.

¡Dejen pasar a la peste, dejen hacer a la epidemia! El futuro del capital está en juego.


Notas

(1). Malthus, Robert. Primer ensayo sobre la población. Altaya editores, 1993, Barcelona, página 128.

(2). https://www.bbc.com/mundo/noticias-51930745

(3). https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52043274

 



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