Ocaso

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Camilo Alzate

Periodista y miembro del equipo técnico de la Comisión Interétnica de la Verdad del Pacífico (CIVP) en Colombia.


 

Algunos expertos helenistas anotan y se asombran con que la cosmovisión de la antigua civilización griega, a pesar de su profunda comprensión abstracta de los fenómenos del mundo, no hubiera desarrollado en innovaciones concretas la técnica, la ciencia y la industria. Se sabe que los griegos fueron hábiles navegantes y sin embargo no fundaron colonias importantes más allá del estrecho de Gibraltar, dónde su mitología suponía que estaban las columnas de Hércules y el fin del mundo. Aquello confinó su cultura al reducido entorno del mediterráneo. Aunque conocían los sellos, jamás desarrollaron la imprenta, aunque para esto no faltaba más que un paso. Por ello su civilización no pudo masificar el saber más allá de la oralidad.

Hechos similares intrigan a los estudiosos de las civilizaciones mesoamericanas. Los mayas, ese poderoso imperio capaz de inventar el cero y calcular hace siglos eclipses que apenas hoy están sucediendo con una precisión deslumbradora, sucumbieron bajo la selva sin conseguir dominar factores tan esenciales como la relación con su entorno natural, la sequía y los cambios del clima. Aunque los aztecas conocían la rueda y la utilizaban para fabricar bonitos juguetes a sus niños, jamás inventaron carros ni se sirvieron de ruedas para el trasporte: esas imponentes ciudades de piedra, para las que fue necesario movilizar millones de toneladas de roca a través de kilómetros, se labraron a lomo de humano, pues el trabajo, la vida y el sufrimiento eran valores sagrados, ofrecidos a los dioses como sacrifico para el sostenimiento del universo. Los españoles creyeron que aquellos a quienes llamaban salvajes porque sacrificaban a sus enemigos eran caníbales adoradores del demonio. No entendían que para los hombres emplumados la sangre humana era la esencia vital que permitía al sol levantarse cada mañana.

En ambos casos, ni griegos ni mesoamericanos tuvieron obstáculos materiales para revolucionar su mundo. Al contrario, habían desarrollado el conocimiento hasta niveles que podían aprovecharse de otra manera. ¿Por qué no lo hicieron? Esta pregunta, que impresiona a los historiadores, apunta hacia una cuestión epistemológica fascinante: el paradigma de su época no les permitía ver más lejos de dónde llegaban sus creencias. Wittgenstein, tan obsesionado que vivía con las palabras, llamó a esto el “universo del discurso”.

En 1491 en Europa existían todos los medios necesarios para atravesar el océano y alcanzar el continente americano. Parece probado que los vikingos lo habían hecho frecuentemente siglos antes con mayores precariedades. ¿Por qué el «nuevo mundo» seguía aislado de Europa? Porque cierto ideario católico y medieval sostuvo durante siglos, a fuerza de hogueras e inquisidores, que la tierra era plana y que acababa, como en el mundo griego, poco más allá de Gibraltar. La enorme transformación que significó el tropiezo de Colón con las indias implicaba un cambio anterior: desafiar aquel ideario del consenso medieval, afirmar que la tierra era redonda y no plana como decían los curas y repetían las gentes. Lo que impedía llegar a América en 1491 no era el insondable océano, ni las técnicas de navegación, ni la tecnología más o menos avanzada, más o menos precaria, sino una idea del mundo, un discurso que aprisionaba a su tiempo. Una vez las ideas revolucionarias logran ponerse en práctica, una vez demuestran su efectividad frente al paradigma envejecido e inútil, es cuestión de tiempo el colapso del modelo anterior, casi como si la humanidad de repente hallara un nuevo mundo que ya estaba hecho a su alcance, esperando a ser acunado en sus brazos.

La historia del conocimiento es errática y digresiva, rebosa de ejemplos como estos. Fueron necesarios siglos para que los descubrimientos de chinos, indios y árabes se integraran por fin al mal llamado saber occidental. Todavía hoy los planteamientos decoloniales y las epistemologías del sur son vistas con franco recelo y desprecio por los circuitos académicos dominantes. Cuántos muertos en la hoguera para entender que el sol no gira alrededor de la tierra a pesar de las torpes evidencias. Cuántas barbaries y genocidios para que al fin el código genético descubriera que no existen las razas, que en esencia somos más parecidos unos a otros de lo que muestran los colores, las costumbres, las facciones.

El ocaso de una civilización va precedido por la decadencia de sus valores, de su cultura. Quizá la mayor evidencia que irrumpe ante nuestros ojos con la pandemia del COVID-19 no sea aquella vulnerabilidad global de la que pontifica cierta prensa adicta al catastrofismo, sino la falacia de un discurso que insiste en seguir nombrando las cosas de la misma manera, un modelo de pensar que ya no sirve para enfrentar los desafíos que amenazan a la humanidad. Por fin la humanidad en masa contempla al mismo tiempo que el rey va desnudo y que su desnudez es vergonzante y frágil. El virus, lo menos importante de toda esta crisis, opera como un ocaso, como una luz tenue que desdibuja la forma que teníamos de entender el mundo y nuestras relaciones en él.

Pero no siempre las ideas cambian. Y entonces nos aterramos de que los griegos no extendieran su civilización más allá de Gibraltar ni aplicaran sus conocimientos matemáticos y geométricos a desarrollar industrias, o nos sorprende que los aztecas inventasen la rueda pero eligieran no emplearla. No obstante, cuando la mente de hombres y mujeres se desata, cuando las ideas cambian, nada puede detenerlas. Entre todas las cadenas que aprisionan a la humanidad la más fuerte, la más férrea, la más difícil de vencer no está afuera, está adentro, en su cabeza.

Hay tanta comida en el planeta como para alimentar varias veces a la población mundial. Nunca una sociedad había producido tanto, nunca había dominado la medicina pudiendo garantizar el bienestar y la seguridad de la gente, nunca habían existido tantos medios para masificar la ciencia, el conocimiento, la educación, la participación en la vida pública. Nunca como ahora.

¿Por qué entonces imperan discursos que justifican la desigualdad, que a toda costa defienden supremacías y arrogancias imperiales, que enarbolan la violencia, el egoísmo, el individualismo, el machismo patriarcal cerril, las diferencias étnicas, religiosas y raciales? ¿Por qué se sacraliza la ignorancia, el consumo innecesario y derrochador, la superficialidad y el fetichismo? ¿Por qué es posible y además normal que un millonario norteamericano posea él sólo más riqueza que todo un país como Bolivia o Haití, pero resulta poco realista pensar en un piso, un trabajo, un plato y una vida digna para los habitantes de algún barrio africano?

El paradigma actual dice que el mundo no podría sobrevivir un día sin los bancos, sin las guerras y sin el petróleo. Dice que para ser felices debemos renunciar a muchas cosas, incluida la felicidad. La narrativa impuesta sostiene que las armas y la violencia sistemática de las grandes potencias protegen la seguridad y por añadidura garantizan la paz. Ofrece un trato seductor y con frecuencia suele cumplirlo, ese trato nos propone “esclavízate, consume y cállate”. En cualquier circunstancia, siempre el individuo resultará culpable de su fracaso.

Quizá el mayor conflicto de nuestra época ocurra en el plano de las ideas, sólo que esa parece una coyuntura común a todos los tiempos. Somos rehenes de nuestras doctrinas. Por eso los Estados se ensañan más en extirpar modelos alternativos de vida y de sociedad que en perseguir la delincuencia y el crimen organizado, que con frecuencia les resultan funcionales. «Antisistema» es un calificativo tenebroso y malvado para los grandes medios de comunicación. La inquina con que la policía aporrea manifestantes pacíficos en España o Grecia no cabe en la lógica invocada de preservar el orden público. El sadismo con el que el establecimiento colombiano se empeña en torturar y asesinar a los miembros de comunidades indígenas, negras y campesinas que no aceptan las lógicas del capitalismo no es explicable bajo la simple etiqueta antisubversiva. La «guerra contra el terror» emprendida por los Estados Unidos se convirtió muy pronto en la masificación e internacionalización del terror imperial contra los pueblos.

El modelo devastador del capitalismo se impone a garrotazos e intenta por todos los medios ocultar, silenciar las ideas que emergen y muestran una organización diferente del mundo. Pero su narrativa, proclamada como verdad absoluta durante décadas, no permite llevar hoy, en pleno siglo XXI, el bienestar más abajo de Gibraltar o del Río Bravo. La biblia neoliberal difunde un credo irracional y catastrófico: el crecimiento económico infinito, la supremacía de los más «aptos» y «exitosos», la libertad de los mercados y la esclavitud de los trabajadores, la depredación brutal de la naturaleza, el consumo desenfrenado en un cáncer imparable.

Quisiera creer que los humanos del futuro, con otras formas de mirar y nombrar el mundo, se asombrarían de nuestra época que consiguió llevar el hombre a la luna pero no llevar comida y paz a toda la tierra.

Tal vez los historiadores se pregunten cómo estos habitantes seres del siglo XXI habiendo descubierto curas contra la malaria, la fiebre negra o el cólera, no las emplearan para prevenir la muerte de millones de personas en los lugares menos favorecidos, dirán, como decimos nosotros de los aztecas con su rueda ¿por qué no la usaron? ¿Qué se lo impidió? Las gentes maldecirán esta época dónde excedentes descomunales de comida acababan en los basureros en las metrópolis del planeta mientras naciones completas sufrían hambrunas.

El ocaso de la civilización capitalista reclama con urgencia la desintegración de su paradigma ideológico. Hace varios siglos, los herederos de la ilustración que se sentaban al lado izquierdo del parlamento francés se definieron defensores de la igualdad y la libertad. Marcaban los límites de una puja que según mi criterio no ha terminado, y que ahora debe ampliarse con las voces de muchas, incluyendo las corrientes que han ido naciendo al calor del sur global y todas las subjetividades y colectividades que reclaman su lugar sobre la tierra. Estas son nuestras verdades, descabelladas y utópicas, precisamente por eso posibles, alcanzables, imprescindibles: todos y todas podemos ser iguales, debemos ser libres, tenemos que vivir en paz con nosotros y la naturaleza.

No creo que vaya a ser el fin teleológico de la historia humana, ni una materialización del paraíso sobre la tierra, ni un final apoteósico para la «marcha inexorable del progreso». Creo, más bien, que es un reto al que ya no podemos renunciar. El desafío que nuestra generación debe asumir para demostrarse a sí misma que pudo mirar y narrar más lejos, hacia otro mundo posible y necesario.

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