Tráficos virales, cálculos del biopoder y micropolíticas de los afectos

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Tráficos virales, cálculos del biopoder y micropolíticas de los afectos

Tráficos virales, cálculos del biopoder y micropolíticas de los afectos


José Andrés Díaz Hernández

Psicólogo clínico. Miembro de la red de investigadores del Laboratorio Iberoamericano para el Estudio Sociohistórico de las Sexualidades y actual coordinador de “Opacidades: Grupo de Estudio sobre Erotismo, Sexualidad y Género”.


La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara.
A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía,
la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos.
Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno,
tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse,
al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar.

Susan Sontag

Una sacudida extraña está aconteciendo en el planeta. Desde hace varias décadas, un rasgo de nuestros tiempos, son los acelerados flujos sanguíneos, espermáticos, migratorios, monetarios, oncológicos, digitales, violentos, bacteriológicos y virales que se agitan en un continuo movimiento por cada esquina del mundo. Estos flujos han producido que ese proceso ficcional llamado globalización permeé no sólo cada aspecto de la vida cotidiana de una región, influya en la intimidad y la extimidad de un cuerpo, tenga consecuencias en los afectos de un sujeto y penetre en los líquidos, tendones, huesos, vísceras y carne empaquetados en su piel, sino que también ha producido que aquellos litorales que demarcaban lo local y lo global queden difuminados en una suerte de geo-localidades situadas. Hablar de lo g-local implica que cualquier acontecimiento gubernamental, bélico, ecológico, económico, social o sanitario que ocurra en cualquier parte del planeta, va a tener un impacto, aunque sea mínimo, en tu cuerpo, tu subjetividad y tu vida.

Al respecto, Michel Foucault entre mediados de los setenta y principios de los ochenta, teorizó sobre las artes disciplinarias de gobernar que implican la gestión nacional de los procesos de la vida de una población (natalidad, sanidad, mortalidad, demografía, etc.), la administración de la seguridad contextualizada, la demarcación geopolítica y fronteriza de un territorio, cuyo reverso se eroga el poder soberano de dar la muerte vía el racismo de Estado instrumentalizado en las prácticas de la guerra. La cúspide de esta figura de los Estados Nación disciplinarios, homicidas, modernos y racistas fue el régimen Nazi. Sin embargo, como sabemos, “Hitler perdió la guerra, pero el fascismo ganó el mundo”. Uno de los mecanismos disciplinarios del biopoder son las gestiones de los procesos sanitarios durante las pandemias. Una de las formas de permanencia del fascismo son los discursos racistas, xenofóbicos y de segregación, con la justificación de salvaguardar el espejismo de la higiene, seguridad y pureza de un cuerpo nacional hegemónico. Una realidad desde la guerra fría, es el riesgo de agentes virales que se expanden tan rápido, que resulta prácticamente imposible contener su diseminación. Menciono lo anterior, porque todo esto está sucediendo ahora mismo, pero con el nada deleznable hecho de acontecer dentro de un régimen que, con Paul B. Preciado, llamamos farmacopornográfico.

Atravesamos por una peste impalpable en tiempos del capitalismo tecnocientífico global. Enfermedad, guerra, muerte, precariedad e incertidumbre son los signos que, al igual que en el antaño medieval, definirán su expansión. Su contexto es el ocaso del 2019 y la obertura del 2020 que pasará a los archivos del futuro, como el momento histórico que vio nacer un nuevo virus potencialmente mortífero. Perteneciente a la categoría taxonómica de los Coronaviridae, este nuevo virus bautizado oficialmente como SARS-CoV-2 y su enfermedad dada a conocer mediáticamente como COVID-19, ha provocado en pocos meses la emergencia de un brote pandémico de gran impacto en los órdenes sociales, económicos y gubernamentales del planeta entero. Las redes sociales, los medios de telecomunicación y las conexiones de datos transmitidos principalmente por los smartphones han posibilitado apreciar los modelos digitales que resaltan pequeños filamentos que, como si fueran rayos solares de una microscópica letalidad, coronan el núcleo redondo del virus. Pero más fielmente aún, la comunicación que permiten dichos artefactos, vía sus telarañas eléctricas en la conectividad del internet, nos han permitido conocer los brutales efectos y las medidas administrativas para contener el brote infeccioso de cada gobierno, en cada nación, de cada continente, en tiempo real. Decir ahora mismo una cifra de cuerpos contagiados, fallecidos y con sospecha de infección, es inútil, porque esos números se actualizan a cada minuto, mientras lees esto.

La fascinante complejidad, adaptabilidad y mutación del virus para infectar a una velocidad sorprendente vía las supuraciones de las mucosidades respiratorias de los cuerpos, sólo se asemeja con los flujos informáticos de la digitalidad eléctrica del internet que te permite leer este texto ahora mismo. Paralelamente, las operaciones matemáticas y estadísticas de los procesamientos de datos sobre la diseminación del virus se presentan en un planisferio sanitario cuyas topografías trazan representaciones gráficas de las proporciones mórbidas, mortales y de supervivencia frente al virus en la superficie terrestre. Así, electricidad digital, cálculos del biopoder y tráficos virales crean una grafía somatopolítica perteneciente a un mismo régimen epistemológico, político, económico y científico que posibilita las condiciones para su existencia.

No deberíamos tomar a la ligera tantas metáforas xenofóbicas que caminan ahora, como transeúntes legítimos de nuestro universo discursivo, por las desiertas calles de nuestras ciudades ideológicas, sesgando las responsabilidades globales, políticas y económicas. Por ejemplo, aquellas que sitúan a China como el sitio causante o lugar de origen de la pandemia, en lugar de aquel donde únicamente fue localizado por primera ocasión el virus. La imprecisión me parece importante porque difunde la falsa idea o errónea creencia en un origen con tonos xenófobos, matices racistas y tinturas colonialistas que han sido reproducidas acríticamente y que desvirtúan la responsabilidad e incidencia colectiva sobre lo que está ocurriendo, obviando además que no se trata sencillamente de datos, palabras, cifras o descubrimientos clínicos, virales y farmacológicos con su interpretación contextual consecuente, sino de experiencias de cuerpos, subjetividades y lugares en territorios geopolíticamente situados y existencialmente habitados y vividos. Sumado a lo anterior, me parece pertinente mencionar al paso un acertadísimo tweet de Javier Sáez: “el racismo no solo funciona deshumanizando a las personas, sino también racializando y humanizando a los virus (“virus chinos”)”. No hemos sido invadidos por una plaga o un virus extranjeros, de hecho es precisamente lo contrario: la propagación del Covid-19 desconoce las fronteras, demostrando su artificialidad política y su instrumentalización bélica y racista, a la vez que nos incluye en el gran territorio local al que nombramos planeta Tierra.

Entonces, los artificios conceptuales y de reflexión no deberían centrarse o situar como eje rector o punto nodal a Wuhan como el origen, sino más bien pensar cuáles son las dinámicas, narrativas, políticas y factores de surgimiento, localización, diseminación e impacto, así como las fantasías inmunitarias que se ponen en escena a partir de la ensoñación de soberanía política, gubernamental y de salubridad, y su aterradora pesadilla de impotencia, mortalidad y riesgo planetario. La magnitud del virus y el pluralismo de factores que involucra y cruza, requiere descentrar el origen, y acentuar multifocalmente sus tecnologías de localización, las sombrías metamorfosis en las arquitecturas y los espacios (pistas de hielo transformadas en morgues, cada hogar transformado en el hábitat de trabajadores horizontales farmacopornográficos, la enorme pequeñez de las cartografías víricas de nuestro mundo, etc.), y su impacto en la subjetividad y la vida.

Ahora bien, conocida coloquialmente como uno de los cuatro hornos de China, la ahora muy famosa capital Wuhan, en la provincia de Hubei, se caracteriza por un clima caluroso y por concentrar las industrias del hierro y el acero de la región. A partir del inicio de la pandemia sus límites fueron cerrados herméticamente y sus hornos apagados. El enfriado de las brasas de los hornos de Wuhan contrasta diametralmente con el ardor de las fiebres en los cuerpos de aquellos primeros enfermos de Covid-19. El hermetismo y confinamiento de sus habitantes difiere plenamente con la rápida diseminación del SARS-CoV-2 por el planeta. Paulatinamente la expansión del virus hace manifiesta la necesidad del aislamiento obligatoriamente voluntario, las reiteradas prácticas de higiene como medidas necesarias, y el cierre tajante de los cercados fronterizos, lo que ha transformado al planeta en una suerte de archipiélagos biopolíticos organizados al modo de feudos nacionales y democráticos. Más aún, lejos de ser contenido, el horno apagado que hace unos meses ardió en fiebres, se extrapoló a cada rincón del planeta. Ahora nosotros somos los habitantes de ese horno biopolítico. A su vez, la acelerada transmisión viral se encuentra imbricada en complejos procesos entre economía, epidemiología, política y biotecnología. En síntesis, la súbita y vertiginosa propagación de este particular coronavirus, así como su potencial letalidad, no es sin los tráficos bursátiles que han posibilitado y condicionado su existencia. No es casual, accidental o azaroso, sino una clave de análisis crucial, el hecho de que los núcleos principales de su impacto sean los epicentros urbanos e industriales de las economías mundiales.

Los tráficos del virus SARS-CoV-2 que lo han diseminado en el mundo no se explican sin los artificios y los nexos entre los mecanismos de nuestros sistemas económicos, científicos, epistemológicos, tecnológicos y políticos actuales. Es por este motivo, entre otros, que este acontecimiento no se limita a ser un problema de salud pública global, sino también un problema social, económico y geopolítico, con consecuencias locales para cada región y con efectos particulares para cada sujeto, y también explicita por qué las acciones efectuadas para controlar su expansión sean estrictamente biopolíticas. De esta manera, las medidas disciplinarias que los gobiernos de cada Nación del planeta han implementado para disminuir la rapidez del contagio por el virus en sus respectivas poblaciones y territorios, han establecido en pocos días un magno laboratorio excepcional de experimentación biopolítica a escala planetaria. Las consecuencias resolutivas de este acontecimiento aún son difíciles de adivinar, sin caer en fatalismos postapocalípticos o en escenarios muy vehementes, pero lo que sí se vislumbra es un peculiar proceso colectivo de reflexión, aprendizaje y cuestionamiento a nivel comunitario, micropolítico y afectivo.

El momento de desconcierto y preocupación que vivimos actualmente cada quién, a su manera y como puede, en su rinconcito de planeta, me ha llamado la atención porque he notado que compartimos preocupaciones muy similares: ¿Qué me sucederá en los meses próximos?, ¿morirá alguno de mis seres queridos?, ¿cómo impactará este acontecimiento en mi vida, en la de mi familia, mis amigos y mi entorno cotidiano?, ¿voy a tener suficiente comida para sobrevivir?, ¿me voy a quedar sin empleo?, ¿cómo voy a pagar el alquiler del lugar donde vivo?, ¿a quién recurro o qué puedo hacer en una situación de emergencia? Estas y muchas otras preguntas que me parece nos estamos haciendo algunxs de manera simultánea, habitando incluso en continentes diferentes, me hace pensar que de hecho vivimos en entornos contextualmente semejantes. La involuntariedad del aislamiento, el riesgo biológico latente y real, la incertidumbre de la economía personal asociada a la precariedad particular y las expresiones de nuestras condiciones históricas situadas, me hacen pensar que estamos experimentando colectivamente una vivencia que no sólo revela las cuestiones vertebradoras de nuestro presente político, sino también las de nuestro horizonte subjetivo.

Las razones del mercado han permeado las lógicas de los procesos de salubridad, las instituciones y los organismos sociales, constituyendo las entidades que conocemos actualmente. En nuestras sociedades globales la salud es un producto de lujo y las atenciones médicas un servicio de élite. De la misma manera las condiciones laborales imperantes de los empleos, los sueldos que apenas alcanzan para sobrevivir, la amenaza de quedarse sin trabajo y la creciente práctica de endeudamiento con los bancos, la desesperanza y el mismo deseo de salir adelante, son constantes cotidianas. Estas situaciones biopolíticas, provocadas y sostenidas deliberadamente por las instituciones gubernamentales y económicas, han sumergido a poblaciones completas en procesos de precarización y entornos de incertidumbre habitual, de cesión voluntaria de derechos y de intranquilidad comunitaria. Al respecto, las reflexiones de Judith Butler en su más reciente libro Cuerpos aliados y lucha política (Paidós, 2019), son más que pertinentes:

Lo que hay es trabajo temporal o carencia total de empleo, o esas modalidades de mano de obra flexible propias de la época posfordista que se asientan sobre la base de la sustitución y prescindibilidad de los trabajadores. Estas nuevas condiciones, apuntaladas por las actitudes predominantes en materia de sanidad y seguridad social, nos indican que la racionalidad del mercado es la que está decidiendo a quién es necesario proteger y a quién no, cuáles son las vidas que se van a apoyar, quiénes van a encontrar sostén para su salud. Naturalmente existen diferencias sustanciales entre las políticas que buscan explícitamente la muerte de ciertas poblaciones y aquellas otras que crean las condiciones de negligencia sistemática que provocan la muerte de tantas personas. […] Cuando se plantea que el individuo puede hacerse cargo de sí mismo bajo unas condiciones de precariedad generalizada, si no de auténtica pobreza, se está dando por hecho algo asombroso, y es que se asume que las personas pueden (y deben) actuar de manera autónoma en unas condiciones en que la vida se ha hecho invivible. (pp. 19 y 23)

Ante este panorama, y en medio de la contingencia sanitaria, lo que propongo siguiendo a Butler, es utilizar la posibilidad, el tiempo y la oportunidad para asambleas reflexivas que permitan reunir virtualmente la potencia de nuestras ideas. Somos ficciones somáticas. Frente a otros tipos de ficciones discursivas, literarias o epistemológicas, tenemos la cualidad de la contaminación por el uso de las técnicas del lenguaje, lo que nos advierte de ser carne viva con una mortal finitud, de ser conscientes de nuestra existencia y de ser sensibles a nuestro entorno inmediato. Hablemos entonces desde nuestras pequeñas esquinas del mundo sobre la gestión del riesgo, la distribución de la precariedad y la capitalización de la vulnerabilidad. Dialoguemos sobre cómo la precariedad y las enfermedades pandémicas se imbrican en los procesos del capitalismo farmacopornográfico industrial y tecnocientífico. Reflexionemos sobre las gestiones farmacológicas, las coberturas mediáticas y los brotes de violencia en las periferias epicéntricas del planeta. Gritemos colectivamente que nuestra carne, nuestros cuerpos, no son únicamente recipientes vitales de producción de riqueza, conocimiento y capital, y comencemos a pensar cómo demandar y exigir un mejor uso de los recursos gubernamentales para la creación de verdaderas instituciones de salud pública.

Si una sacudida extraña también está sucediendo en tu vida, te invito al parlamento somático, micropolítico y afectuoso de los cuerpos confinados. Discutamos en procesos políticos molares sobre las pequeñas incidencias comunitarias de una multiplicidad de prácticas de cuidado mutuo que acontecen al mismo tiempo, en distintos lugares. Ante el temor de una venidera crisis económica del capitalismo financiero, inmersos en una más que patente problemática de salud pública, y con un horizonte incierto que pareciera eclipsar otras urgencias de las agendas gubernamentales y sociales (feminicidios, violencia contra grupos minoritarios, conflictos bélicos, desigualdad social, etc.), hay que imaginar todavía otras posibilidades para la organización comunitaria g-local en nuestro planeta y seguir inventando otras formas políticas de producción de subjetividad. Más allá de nuestras restricciones, que con nuestra acción conjunta sigamos deconstruyendo el régimen hegemónico de opresión, desigualdad, heteronormatividad y muerte que habitamos. Formulemos, manifestemos y creemos otras formas corporizadas en acciones de libertad expresiva. Butler nos dice que “la acción conjunta puede ser una forma de poner en cuestión a través del cuerpo aspectos imperfectos y poderosos de la política actual”. Entonces, ante los tráficos virales de nuestro real y los cálculos de las articulaciones del biopoder, una alternativa somática y estratégica es la mezcla entre prácticas de cuidados afectuosos con nuestros seres queridos, los lazos digitales de compañía y la reflexión política sobre nuestro presente, para imaginar el porvenir.

Siendo la muerte la única garantía real que existe desde el momento en que nacemos, si tenemos entre nuestro restringido conjunto de privilegios, la invaluable oportunidad y el valiosísimo tiempo de formar asambleas virtuales, pequeños comités de reflexión en casa, reuniones haciendo uso de la conectividad del internet sin salir de nuestros hogares, o de escribir para compartir ideas, hagámoslo. Recuperando las ideas de Peter Sloterdijk de que “vivir es configurar esferas” y de que una atmósfera “es una totalidad estructural teñida de sentimiento”, ante la atmósfera de incertidumbre, desasosiego y vulnerabilidad provocada por el confinamiento voluntario y la pandemia, hagamos pequeñas burbujas virtuales para vivir lo más confortablemente posible. Ejercitemos prácticas de cuidado entre nuestros seres queridos y con aquellos con los que cohabitamos físicamente estos días, pero también aprovechemos las tecnologías digitales para acompañarnos y hacernos saber que no estamos solos. Dialoguemos y tracemos una cartografía g-local, efímera, potente y efectiva de otras formas de subjetividad. Finalmente, la escritura, la imagen, el sonido, aun siendo intangibles, también son formas de presencia, porque son manifestaciones vitales que se encuentran tinturadas con el poder micropolítico de los afectos.


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