Agamben: Una pregunta

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Agamben: Una pregunta

Una pregunta


Giorgio Agamben
Filósofo

Publicado originalmente en italiano en su blog Una Voce el 14 de abril


La plaga marcó el comienzo de la corrupción para la ciudad…
Nadie estaba ya dispuesto a perseverar en lo que antes consideraba bueno,
porque creía que tal vez podría morir antes de llegar a alcanzarlo.

Tucídides, La Guerra del Peloponeso, II, 53

 

Quisiera compartir -con aquellos que quieran- una pregunta en la que durante más de un mes no he dejado de pensar. ¿Cómo ha sido posible que un país entero haya colapsado ética y políticamente ante una enfermedad sin darse cuenta? Las palabras que usé para formular esta pregunta fueron cuidadosamente evaluadas una por una. La medida de la abdicación de los principios éticos y políticos de uno es, de hecho, muy simple: se trata de preguntarse cuál es el límite más allá del cual no está dispuesto a renunciar. Creo que el lector que se tomará la molestia de considerar los siguientes puntos no puede dejar de aceptar que, sin darse cuenta o sin pretender no darse cuenta, se ha cruzado el umbral que separa a la humanidad de la barbarie.

1) El primer punto, quizás el más serio, se refiere a los cuerpos de las personas muertas. ¿Cómo pudimos aceptar, solo en nombre de un riesgo que no podía especificarse, que las personas que nos importan y los seres humanos en general no solo murieran en soledad, si no que, algo que nunca antes había sucedido en la historia desde Antígona a la actualidad, sus cadáveres fueran quemados sin un funeral?

2) Luego aceptamos sin demasiados problemas que se limitara nuestra libertad de movimiento, solo en nombre de un riesgo que no podía especificarse, para aceptarlo en una medida que nunca antes había sucedido en la historia del país, ni siquiera durante las dos guerras mundiales (el toque de queda durante la guerra fue limitado a ciertas horas). Consecuentemente, aceptamos, solo en nombre de un riesgo que no podía especificarse, suspender efectivamente nuestras relaciones de amistad y amor, porque nuestro vecino se había convertido en un posible foco de contagio.

3) Esto ha podido suceder, y aquí se toca la raíz del fenómeno, porque hemos dividido la unidad de nuestra experiencia vital, que siempre es inseparablemente corporal y espiritual, en una entidad puramente biológica, por un lado, y en una vida afectiva y cultural, por el otro. Ivan Illich ha demostrado, y David Cayley lo ha mencionado recientemente, la responsabilidad que tiene la medicina moderna en esta división, algo que se da por sentado y que, en cambio, es la mayor de las abstracciones. Sé muy bien que esta abstracción fue lograda por la ciencia moderna a través de dispositivos de reanimación que pueden mantener un cuerpo en un estado de vida vegetativa pura.

Pero si esta condición se extiende más allá de los límites espaciales y temporales que le son propios, como estamos tratando de hacer hoy, y se convierte en una especie de principio de comportamiento social, caemos en contradicciones para las que no hay salida.

Sé que alguien se apresurará a responder que es una condición limitada a un plazo de tiempo, después del cual todo volverá a ser como antes. Es realmente singular que se pueda repetir esto si no es de mala fe, ya que las mismas autoridades que proclamaron la emergencia no dejan de recordarnos que, cuando se supere la emergencia, tendremos que seguir observando las mismas directivas y que el “distanciamiento social” -como se ha denominado esto con un eufemismo llamativo- será el nuevo principio de organización de la sociedad. Y en cualquier caso, lo que, de buena o mala fe, ha sido aceptado ya no podrá ser cancelado.

En este punto, no puedo, ya que he señalado las responsabilidades de cada uno de nosotros, dejar de mencionar las responsabilidades aún más serias de aquellos que habrían tenido la tarea de velar por la dignidad del hombre. En primer lugar, la Iglesia, que al convertirse en la doncella de la ciencia, que ahora se ha convertido en la verdadera religión de nuestro tiempo, ha negado radicalmente sus principios más esenciales. La Iglesia, bajo un papa llamado Francisco, ha olvidado que Francisco abrazó a los leprosos. Olvidó que una de las obras de misericordia es visitar a los enfermos. Olvidó que los mártires enseñan que uno debe estar dispuesto a sacrificar la vida en lugar de la fe y que renunciar al prójimo significa renunciar a la fe.

Otra categoría que ha fallado en sus deberes es la de juristas. Hace tiempo que estamos acostumbrados al uso imprudente de los decretos de emergencia mediante los cuales el poder ejecutivo reemplaza realmente al legislativo, aboliendo ese principio de separación de poderes que define la democracia. Pero en este caso se ha excedido todo límite, y uno tiene la impresión de que las palabras del primer ministro y del jefe de protección civil tienen, como se dijo para las del Führer, un valor legal inmediato. Y no está claro cómo, una vez que se haya agotado el límite de validez temporal de los decretos de emergencia, se mantendrán las limitaciones de la libertad, como ya se ha anunciado. ¿Con qué arreglos legales? Con un estado de excepción permanente? Es deber de los juristas verificar que se respeten las normas de la Constitución, pero los juristas guardan silencio. Quare silete iuristae en munere vestro? [¿Por qué guardáis silencio, juristas, sobre lo que os concierne?].

Sé que siempre habrá alguien que responderá que el grave sacrificio se ha hecho en nombre de los principios morales. A ellos me gustaría recordarles que Eichmann, aparentemente de buena fe, nunca se cansó de repetir que había hecho lo que había hecho concienzudamente, para obedecer lo que creía que eran los preceptos de la moralidad kantiana. Una regla que establece que hay que renunciar al bien para salvarlo es tan falsa y contradictoria como que para proteger la libertad tengamos que renunciar a la libertad.


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