(VII) Domingo 29 de marzo

(Fotografía de Anserma, Caldas, Colombia)

(VII) Domingo 29 de marzo


Dos tiempos de evocación

I.

Tuve un amigo poeta que era una suerte de sacerdote sin gray. Los que empezamos a escribir en Medellín lo que pretendíamos que fuera poesía, encontrábamos en su figura desmirriada a ese curioso camarada que aún no se había hecho un cura anómalo, un caminante de la palabra por los caminos de Antioquia y del Chocó, que en vez de incienso elevaba un incensario de canabis.

Era por paradoja, un hombre dado a los demás, generoso y despojado como el de Asís, que se firmaba “Mario el malo”. Su nombre de pila ya parecía cosa del pasado, un alias puesto en la infancia: Mario Castaño.

Un día de 1970, caminando hacia Anserma, el creyente Mario y este descreído hicimos un viaje a pie o sería mejor decir a semi-pie pues un tramo de la carretera nos llevó un hombre que manejaba un jeep cargado de plátanos y café, hasta esa ciudad en zancos, trepada en sí misma, llamada Manizales.

Entre los dos teníamos para tomarnos una sopa, si acaso, así que un viejo amigo de Mario, un dentista al que le gustaba su poesía, nos prestó su sala de torturas molares para quedarnos una noche una vez cerrara su gabinete en el que había un pequeño sofá de cuero y por supuesto la silla odontológica, que era como un trono de la asepsia.

Yo le eché ojo a la silla más por el hecho surreal de dormir en algo que hubiera enorgullecido a Gómez de la Serna, a quien leía con aprecio. Mi amigo, penitente como todo feligrés de sí mismo, también me pareció que prefería el sofá. Lo dispusimos al azar, aunque el verdadero azar era que tuviéramos todavía una moneda para echar al aire. El azar estuvo de mi lado sin un golpe de dados de mi por entonces aborrecido Mallarmé. Al otro día fuimos en búsqueda del profesor que nos había invitado a hacer una lectura en la universidad y que nunca apareció.

Nos fuimos a Calarcá porque allá quedaban algunos parientes míos, pero como llegamos al anochecer en un tour de force, en un poetour a dedo, caminando el pueblo y buscando una cara conocida a pesar de la hora, dimos con el edificio del Cuerpo de Bomberos: esta vez dormimos mejor en sendas camillas. Yo invoqué con unción una oración al santo patrón de los bomberos, San Florián, según rezaba un cartelito. Y desde entonces atesoro ese dato inútil como todos los que me gustan por surreales: san Florián es el santo patrón de Polonia, santo de los limpiadores de chimeneas y de los bomberos. Con los ojos al cielo raso imploré antes de dormirme: San Florián, ora pro nobis. El beato Mario ya dormía en su camilla.

II.

Un día de hace dos años recibí a través de Álvaro Noreña la noticia: en Sahagún, Córdoba, acababa de morir Mario Castaño arrollado por una moto. Un muchacho de 14 años atropelló al rebelde sin pausa.

Entonces escribí esto que recupero para este diario intermitente:

Mario Castaño murió en una ciudad solariega donde llegó como lo que era: un sacerdote sin iglesia, un feligrés de la libertad abandonado por las jerarquías católicas a causa de su fe sin rituales ni jerarquías.

Mario era una suerte de goliardo moderno que se defendía de los tarazcasos de la pobreza componiendo canciones y poemas muy suyos, como el que le publicamos en octubre de 1972 en “Clave de sol”, la revista que hacíamos con Raúl Henao, Fernando del Río y Fernando Rendón. Era un juego verbal para cantarle a César Vallejo: “Vallejo/ valle viejo/ viejo bello Vallejo/ Vallejo viaje viejo/ bello viaje Vallejo/ bello viaje valle/ Vallejo/ viejo que buye/ que huye/ que hace mutis/ por el nudo mudo/Valljo bello mudo/ que buye y que huye/ Vallejo”.

Lo conocí un día en un pequeño café de la Avenida La Playa, en un Medellín todavía balsámico, compartiendo su libro “Poemas Cervicales”, a finales de los sesentas.

Acababa de venir a piem y a lomo del azar, del Ecuador. A ese cafecito al que llamábamos La Cueva llegábamos un día sí y otro también con Raúl Henao, que nos sorprendía siempre con sus lecturas surreales y ya preparaba su magnífico libro “Combate del carnaval y la cuaresma”. Con Luis Eduardo Espinal, hermano del nadaísta “Barquillo”. Luis Eduardo era un poeta que admirábamos todos pues era el único que había publicado por fuera de la parroquia en “El Caimán Barbudo”, gracias a los buenos oficios de Óscar Collazos, anclado en Cuba.

También aparecían Fernando del Río, otra suerte de místico silencioso y fraterno, Rafael Patiño que escribía poemas imaginativos en unos papeles de color amarillo bonzo. Y Gonzalo Pérez, ya fallecido, que hacía el periódico “Nómada” donde publiqué mi primer y dudoso poema sobre un buhonero.

A veces caían por allí Fernando Rendón, mi vecino de barrio, Darío Restrepo Soto, un gran cuentista solitario y don Manuel, que era un viejo teósosfo y rebelde, con una boina arriscada a la manera de Fernando González, alguien que impartía lecciones de aguante y resistencia. Éramos una tolda aparte del nadaísmo y a la vez del grupo de Elkin Restrepo, Darío Ruiz y Manuel Mejía, al que Carlos Bedoya llamaba con desparpajo “la fonda antioqueña”.

Mario era buen amigo del nadaísta Gonzalo Arango y por supuesto de Eligio Arboleda, ex-ciclista y poeta que tenía un almacén en Carabobo, “El Bicicletero”, lugar bohemio y patafísico que tenía bicicletas hasta en el techo donde tropecé una noche con Gonzalo Arango, a quien solamente vi dos veces en mi vida. Y en la suya, claro. Eligio y Mario decidieron entregarle la ganzúa de la ciudad, que no era otra cosa que un alambre de púas. Fue una graciosa ceremonia en la que William, compositor y guitarrista amigo de Mario cantó su célebre balada “Canción que no se llama porque la gente se cansó de llamar a las canciones y las canciones no venían”.

Muchos años después, y no propiamente frente aun pelotón de fusilamiento, supe que Eligio Arboleda había muerto en las fauces de un tiburón en el caribe colombiano.

Con Mario Castaño anduve la Medellín nocturna y también con Cristina Medina, una suerte de chamana misteriosa y bella que gozaba compartiendo con nosotros el esperanto de su silencio. La verdad, yo solamente salía a la calle a esperar que apareciera Cristina en alguna esquina del centro, pues nunca se sabía su camino. Era mi Nadja. A mí me acompañaba “Viaje a pie”, bello libro de Fernando González pero me distraía entre página y página pensando en Cristina.

Con Mario, morral al hombro, recorrimos caminos de Antioquia, del Quindío y Caldas. Me acompañaba “Viaje a pie”, el libro de Fernando González pero me distraía entre una página y otra pensando en Cristina.

Por esos días este hombre de una bondad inmensa, misionero sin dogmas, decidió por pura ironía empezar a firmarse “Mario el Malo”. Aún lo veo con sus ojos rastreadores y vivaces riendo y gozando la vida hasta la empuñadura, despreciando cualquier rasgo burgués y el alto clero. Aún lo veo tendiendo una cartulina negra en la que saludábamos la visita de Camilo Torres Restrepo a Medellín y la leyenda que tracé con letra blanca: “Se hace Camilo al andar”.

De mi hermano el poeta, como diría Saint John Perse, volví a tener noticias intermitentes como sus propios caminos, como el cocuyo cantado por Epifanio que va “huyendo de la luz, la luz llevando”. La útima vez supe de él en el recinto Quirama, en Rionegro. Álvaro Noreña, puso en mis manos su legendario libro, igual de vivo y bello que cuando lo leíamos en el Salón Versalles o en El Festín de la avenida La Playa. Poco después hablé por teléfono con Mario como si no hubieran pasado varias décadas y reanudáramos un paseo a una loma de Envigado. Supe que volvía a cada tanto a su Fredonia, natal. Y que acudía al Club de Música, un lugar que anima con plena libertad el mimo Álvaro.

A cada tanto lo sabía andareguiando por todos los rincones del país, su iglesia o su altar eran su morral. Nada de fastos, él era otro “místico en estado salvaje”. Poderosas son sus diatribas contra “los pastores impostores”. Se hizo sacerdote en la veintena de años en que dejamos de vernos. “El padre Mario” era una expresión de gentes comunes y humildes para hablar de un aire fresco, de alguien que más que enseñar acompañaba. Algunas veces recibía sus señales de humo sativo desde el Vichada o el Cauca.

Poco después hablamos por teléfono como si no hubieran pasado varias décadas y reanudáramos un paseo a una loma de Envigado. Supe que volvía a cada tanto a Fredonia, su región natal. Y que acudía al Club de Música, lugar que anima el mismo Álvaro.

Resuena en mi cabeza su voz.



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