(XXXXV y final) Miércoles 17 de junio

(XXXXV y final) Miércoles 17 de junio


POESÍA EN TIEMPOS DE PANDEMIA

 

“Blanco es el sueño, oscuras las ponzoñas”
Georg Trakl

“Nadie acepta consejos pero cualquiera aceptará dinero: por tanto el dinero vale más que los consejos”
Jonathan Swift

Bogotá, junio 17 de 2020

 

Todavía hay quienes imbuidos de no se sabe qué poder graban las tablas de la ley para la poesía y las demás artes. Pero es bueno recordar que Moisés no llegó a ver jamás la tierra prometida. Y que lo más atractivo y lo más libre de un decálogo radica en no cumplirlo. De qué me vale, le digo a mi joven amiga, enunciar diez mandamientos líricos si cada uno de los que trazo se me esconden a la hora de escribir y alguien, algo así como una musa estrábica se burla de mí, me saca una lengua pastosa y me dice que me espera en la tercera orilla del tiempo.

Un decálogo de principios opera como lo hace un gánster que suele decir frente a los preceptos morales algo así como: “los principios” dejémoslos para el final. Porque, generalmente, se trata de unas leyes inmutables que son precisamente lo contrario a la poesía, que un día es una vieja taciturna y remilgada, otros días es una mujer desnuda y a caballo, y otras muy otras un duende burlón o una moira que nos espera al final del camino que apenas estamos trazando. Por eso es exultante y casi digno de un aplauso que el propio evangelista se encargue de romper las tablas de su credo, sobre todo con aquel mandamiento que instruye en que no se debe trabajar los domingos. Porque en pandemia todos los inevitables días son un extenso y muy remolón domingo. También ocurre con los credos que se empieza a amar más a los adeptos de una religión que al propio creador de un ‘ismo’, así lo llamen líder, capo, pope o profeta. O historiador, que cumple con la loable y extenuante labor de vaticinar el pasado.

De otro lado, lo propio de un manifiesto es excluir al prójimo que no cumpla a cabalidad con los preceptos enunciados, que por otra parte nadie quisiera cumplir, ni siquiera el propio evangelista de la nueva fe poética. Entonces, muchas veces se les escamotea a los adoctrinados el aplauso, la cripta, la estatua o la gloria que para los antiguos no era otra cosa que “el sol de los muertos”. A los ciegos seguidores de un decálogo se les empieza a racionar el maná, una canasta de pan milagroso para alimentarse y cruzar el desierto, sus dunas y vientos, pero en verdad lo que más se necesita para atravesarlo es el poder seminal de las aguas. Nadie dudará que el maná, siendo un milagroso alimento que cambia de sabor al gusto del comensal, sea lo más parecido a la poesía. Dicen los exegetas que el maná tenía el sabor que cada viajero deseara, lo que podría ser una metáfora de la búsqueda de todo ambicioso creador. ¿Cómo diablos un mismo alimento poético puede cambiar de acuerdo al paladar o de acuerdo a la necesidad de quien lo consume? Muy seguramente, si el que lo ingiere tiene alma quebradiza, el fruto podrá saberle a obleas meladas, como a tantos poetas en trances amorosos. Algunos de esos poetas sentimentales, a veces, como el vate de una fábula de Robert Walser al darse cuenta de su falta de aliento lírico, qué se va a hacer, deciden dejar de ser poetas “para convertirse en hombres honrados”. Otros sueñan con que la ingesta de maná logre trocar una comida de pobres en un sencillo manjar. Así, Georg Trakl celebraba una pequeña jornada de vino con nueces y en su ascetismo sentirlo como un banquete hedonista. Un poeta surreal demandaría que ese maná, que ese sacro alimento llovido en el desierto, fuera elaborado con la levadura del sueño. Pero repito el único “precepto” en el que creo: no es bueno poner la huella antes de dar el primer paso. Tal vez, le digo a mi interlocutora, los únicos consejos que se puedan dar a un joven poeta, y hay algunos muy generosos y sabios como los brindados por Max Jacob o Rainer María Rilke, es elegir a conciencia el desierto en el que se quisiera predicar. ¿Nada original? Cierto, tan poco original que debo escamotear una sentencia del mismo Max Jacob, un hombre que venía herido antes del cuchillo, un generoso poeta que fue además de pintor, de músico y novelista, un amigo del caligramático Guillaume Apollinaire y del movedizo Pablo Picasso. Max Jacob buscaba con rigor una suerte de “locura armoniosa” en el poema, de ahí que resulte más terrible aún, y todavía más conmovedora, su muerte en un campo de concentración en la Francia ocupada por los nazis.

 

Un Anti-consejo final:

Tal vez no sea fácil manejar con destreza una ballesta, menos aún ponerse una manzana sobre la cabeza de sí mismo y apuntar con un ojo apagado y una mano temblorosa. Silogismo inevitable: no es aconsejable ser el arco, la flecha, el blanco y el disparo al mismo tiempo.

Nota:

Hasta aquí llega este garrapateado diario intermitente. Cierro el grifo en la confianza de que la pandemia no deslice bajo mi puerta el cobro del agua bendita, su fecha de vencimiento, amén.

(Fotografía de Georg Trakl, de los días cuando escribió “La canción de Kaspar Hauser”).

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