(XXXXII) Viernes 5 de junio

(XXXXII) Viernes 5 de junio


EL OJO DEL GRAN HERMANO

 

Apenas estoy mejorando, por fin, de un orzuelo que me brotó en el ojo derecho. Recordé que hace algunos años escribí que una mujer virgen es como un orzuelo en el ojo del diablo. Era una frase un tanto irracional, algo así como un aserto tardío heredado de William Blake y de sus inquietantes “proverbios del infierno”.
Tal vez, me digo ahora, la imagen un tanto patafísica de Nuestra Señora del Orzuelo, me viniera en efecto de esas raras cabeceras blakeanas, de un hombre religioso y salvaje, de un efluvio irradiado por sus palabras tantas veces leídas.
Cansado de arrojar uno que otro dardo hacia ciertos poetas con aires de monjas de claustro o hacia los que callan y asordinan la corrupción rondante, me pareció bueno ejercer una ironía conmigo mismo.
Como exorcismo a cualquier magnificación de mí mismo, de este bicho peculiar a quien ni “celebro” ni “canto”, para robar y negar al mismo tiempo dos expresiones al viejo que escribía en hojas de hierba, me pregunté en modo harakiri si un escritor con orzuelo no podría ser un escritorzuelo.
Me reí de esa terapia de choque que me sirvió para convertirme en rey de burlas de mí mismo o de mi entrometido ego, algo que casi siempre funciona para bajarnos del trono al asfalto.
Aunque sin mayor dignidad el orzuelo me hizo pensar en Al-Mutamid. Ese día ojicerrado, hace ya casi una semana, pensé en el poeta mozárabe que reinó en Sevilla y que podía ver de manera simultánea por un ojo un jardín y por el otro un desierto. Que, valga la confesión, debería ser lo ideal para un poeta. Ni demasiado idilio, ni demasiada hidromiel, ni demasiada desesperanza.
Traído lo anterior a la muy precaria esfera cotidiana de entrecasa, mi ojo abierto solo ve el desierto de la sala donde una poltrona permanece sentada como un rey irlandés, y a veces el desierto de la calle mientras mi ojo entrecerrado parece hacerle un guiño complaciente y burlesco a la presente contingencia. La imagen bizarra entra en pugna con mi ego y vuelvo a repetirme como un mantra burlesco si un escritor con orzuelo no es más que un escritorzuelo.
Un pobre diario como este tiene que padecer la dictadura del que ejerce con él un trato que debiera ser dialógico, pero en el que cuenta en Mi Mayor lo que le viene en gana, así que en lugar de diálogo se convierte en un largo y sostenido monólogo.
Todo papel, el papel de la novela en marcha, el papel del centauro de los géneros que era como llamaba don Alfonso Reyes al ensayo, el de una crónica de un fracaso anunciado, el de un libro de poemas en su etapa de balbuceo, el del borrador de una crónica, etcétera, resulta ser apenas un campo pasivo del que el dueño de sus folios hace un coto de caza feudatario.
El escritor de diarios es más que nadie un propietario de facto del papel. Y es cuando “su majestad el cuerpo”, como llamaba Kafka a este campo de rehenes que nos envuelve, se revela tal vez más que la página en blanco. Su majestad corpórea nos pone en su sitio. Nos recuerda, y dele con la monserga, que la más leve enfermedad nos convierte en baldados, en unos seres agobiados de sí mismo, en actores sin parlamentos en una obra sin heroísmos ni dignidad. Devenimos títere exhausto que no es propiamente un experto en jardines.
Hoy, ya superado el asunto del ojo entrecerrado y dolido y con capacidad de resistir la pantalla luminosa del ordenador, parece que se me ha despertado un sentido ciertamente paranoico, la creciente sensación de estar cada vez más observado por el ojo del gran hermano. Al ojo del gran hermano, salud mister Orwell, que se sepa nunca le brotan orzuelos.
Hace un par de días nada más, una funcionaria con alma de veleta tuvo que dar marcha atrás a su propuesta. Pedía que le comunicáramos a las autoridades locales hasta las medidas antropométricas de nuestro cuerpo, de nuestra alma y por supuesto de nuestra casa.
Ante ese prontuario que debemos seguirnos a nosotros mismos, de delación de nuestra propia intimidad, creo que es mejor tener un ojo disociado del otro y, como el legendario Al-Mutamid, poder ver al mismo tiempo la visión de desiertos y jardines, o a la inversa, pero no solamente una sola mirada pasiva y entregada.
Quien duda, me parece, está más próximo a no equivocarse. Y más aún si recordamos algo expresado con lucidez por Samuel Beckett: “Cuando se tiene la mierda hasta el cuello, no queda más remedio de cantar”. Aunque por momentos desafinemos en el bel canto, ya que no siempre el ego y el rigor hacen buena pareja.
De todas esas luchas con el ego me queda un viejo poema del libro “No es prudente recibir caballos de madera de parte de un griego”, un pequeño volumen que tras su publicación en 2014 vive aún lo que presagiaba una suerte de cuarentena:
EPISODIO DEL SOLITARIO
Mis luchas con el ego ocurren en un estadio abandonado, una especie de Madison Square Garden de aldea donde mi poderoso yo se sueña entre grandes reflectores. Con humildad busco huir del cuadrilátero aprovechando un descuido de mi ego. En vano. No soy en verdad un profesional del combate, un peleador fogueado en peleas clandestinas.
El demonio de mi ego aprovecha mis dudas y me apalea. Su más constante jab es el que lanza a mi falta de pericia cuando me lleva a empujones a las cuerdas del ring. Sus brazos de molino apuran una andanada de ganchos de izquierda que estallan en el centro de mi ausencia. Imaginen un cuadrilátero bajo el neón de la luna, donde mi ego busca poner fuera de combate mi budista aspiración a la humildad. Mi ego es procaz, se oculta en estos huesos calcáreos de hombre timorato que sólo atina a defenderse. El último combate no tuvo parangón. En una esquina mi ego, curtido y altanero (sin duda un campeón de peso pesado) y en la otra mi aspiración de hombre prudente y noble (un púgil aficionado del montón), se examinan con cuidado, como si no vivieran desde siempre en el mismo vecindario. Desde el primer asalto mi ego me acorrala y zarandea como a un muñeco de fieltro. En el 5º asalto caigo de bruces, fulminado, con los brazos en cruz en un torpe remedo de Cristo. Mi ego da vueltas en torno de mi yacente armazón, brinca como un comanche alrededor del fuego, levanta los brazos jubilosos, me mira con el desdén de un gladiador. Un público fantasma y un coro de expertos me nombran Rey de Burlas mientras aplauden con furor a mi soberbio contrincante.


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