Amalgama de miradas apocaelípticas

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Amalgama de miradas apocaelípticas

Amalgama de miradas apocaelípticas


Rodrigo Velasco Ortiz
Filósofo y pedagogo


La lectura de los diversos participantes en #Apocaelipsis ha sido muy enriquecedora para mi perspectiva. Presento este texto con lo que he podido amasar hasta ahora (9 de abril). Es una clara invitación a seguir conversando e inventarnos maneras de llegar a ciertos acuerdos básicos, comunes a todxs lxs integrantes de la conversación, acuerdos sobre las ideas centrales y urgentes, sobre la manera de difundirlas y de producir cambios políticos en las sociedades en las que vivimos.

En lugar de citar cada vez a mis fuentes, simplemente menciono a continuación los nombres de las personas cuyas ideas sumo a mi amalgama, así en algunos casos haya utilizando exactamente sus palabras. En el orden en que voy integrando sus aportes al texto, son las siguientes:

José Antonio García Fernández / Paco Gómez / Mateo Martínez Abarca / Patricia Manrique / Parlamento Plurinacional y Popular de Mujeres, y Organizaciones Feministas del Ecuador / Mario Espinoza Pino / María Montesino / Heriberto Paredes / Camilo Alzate / Palmar Álvarez-Blanco / Roque Ferrán / Alain Badieu / Vicente Gutiérrez Escudero / María Galindo / René Rojas González / Pablo Alzate / Pedro Prieto / Amador Fernández Sabater

Confusión inicial

Al considerar brevemente muchas de las narraciones míticas sobre los orígenes de la humanidad (yoruba o zulú en África, inuit, azteca o maya en Norteamérica, inca o mapuche en Suramérica, griegas o nórdicas en Europa, confucionistas o taoístas en China, de diversas islas en Japón, budistas, hinduistas o brahmánicas en India, judía o mesopotámica en Oriente Medio) encuentro una perspectiva común que, a mi modo de ver, constituye el origen de los dos mayores males que nos afectan cuales son la destrucción del medio ambiente y la aberrante desigualdad de oportunidades entre las personas. Se trata de la creencia en seres esencialmente superiores e inferiores. Esta suposición inicial impide entender que cualquier superioridad o inferioridad es relativa, dependiendo del punto de vista desde la cual se considere.

Este error inicial está marcado por el absolutismo propio de la ignorancia y crea el dogma propio como la única verdad. Es incapaz de considerar que las personas somos superiores a los metales, las plantas o los animales en muchas cualidades, pero que hay minerales más flexibles, duraderos y capaces de soportar mejor las diferencias de temperatura; vegetales más fuertes, de mayor tamaño e imponencia y verdaderamente colaboradores con el entorno; animales más veloces, fuertes o longevos que cualquier persona, para solo citar unos ejemplos. Al creerse superiores en todo sentido, los seres humanos se creyeron dueños, no parte del entorno, con derecho a intervenir sin consideración al conjunto.

Esta incapacidad para distinguir y ponderar las superioridades e inferioridades se fortaleció cuando los pueblos se asentaron y lograron someter a otros mediante la violencia. Así se fueron dibujando las relaciones humanas como competencia entre ganadores y perdedores y los primeros con derecho a quitarles sus productos, negar sus valores, ideas y costumbres. Se estableció entonces la llamada “Civilización” (por su mayor poder militar, económico y político) como valor universal, echando a perder sabidurías ancestrales, modos de vida equilibrados y respetuosos del entorno. Con el correr de los tiempos surgió un nuevo dios, el Dinero, al cual se sometió arrodillada toda la “Civilización”, muy bien atendida y cuidada por los nuevos “Buenos Pastores” encarnados en los bancos.

Preguntas elementales sobre el conocimiento nos ilustran claramente: ¿Saben más los hombres que las mujeres, los ricos que los pobres o los blancos que los negros? ¿Alguien conoce mejor que otros los espacios en que cada uno se desenvuelve? ¿Los físicos conocen mejor que los músicos o los poetas mejor que los astrónomos? ¿Sobre cuáles temas? ¿Desde qué perspectiva? Así podríamos recorrer otras muchas cualidades como inteligencia, belleza, fortaleza, prudencia, creatividad, expresividad y un larguísimo etcétera.

Herramientas sutiles de sometimiento

Una vez dominados unos pueblos por otros mediante la violencia, los gobernantes entendieron que podrían utilizar mejores herramientas, y sobre todo más económicas, para mantener su poder. Con gran imaginación crearon historias de sus orígenes como enviados y representantes de los dioses para encargarse de dominar y castigar a los insubordinados, cuyo origen es el ser más malvado, el desobediente mayor. Esos relatos fueron reforzados con otro personaje mental que hace las veces de ese policía interior que delata al desobediente y ese torturador que lo castiga: La Culpa.

Así, las personas que desde muy niñas han aprendido que son malas y están en permanente peligro de ser castigadas si desobedecen, se convierten en dóciles empleados del poder. Nadie puede enfrentarse al todopoderoso ni a sus ministros. Con la expansión de la “Civilización”, la superioridad fue adquiriendo claras cualidades discriminantes: minoritaria, blanca, aria, rica, dueña de las verdades científicas, artísticas, literarias, religiosas o de cualquier índole, conservadora, cristiana, de lengua y costumbres europeas, con ejércitos y bancos poderosos. Y los demás, ¿qué? Solo debemos obedecer.

Herramientas de liberación

Una de nuestras tareas más urgentes y elementales es desaprender. Desaprender toda enseñanza que nos rebaje, oprima o genere sensación de minusvalía o impotencia. Reconocer que los seres humanos somos diferentes al resto de la naturaleza pero también que somos parte de ella, la debemos respetar y de ella podemos aprender. Reconocer que las personas somos muy diferentes, originales, únicas, pero también somos fundamentalmente iguales, parte de la única raza humana a la que debemos comprender y respetar en todas las personas, de cada una de las cuales podemos aprender.

Reconocer que no existen verdades universales sino tan solo simples acuerdos temporales entre las personas que han discutido desde un punto de vista y un lenguaje comunes. Teniendo muy claro eso, debemos reconocer que la actitud más enriquecedora para el conocimiento y para la convivencia es la disposición a conversar, contrastar puntos de vista con la mente abierta para llegar a esos acuerdos mínimos que nos mejoran la existencia.

En aquellos temas que no nos interesa discutir, simplemente aceptamos lo que nos parece más razonable. Pero en todos, en cualquier tema, podremos participar en la discusión luego de aprender el lenguaje y el punto de vista desde el cual se realiza la conversación.

Por ello es preciso reconocer que toda sociedad requiere que sus integrantes cumplan sus acuerdos y que solo a ellos deben obedecer. En los temas o situaciones en las que no existan acuerdos, cada persona es libre de hacer lo que le parezca mejor, siempre y cuando no desatienda el acuerdo fundamental de respetarse a sí mismo, a los demás y al entorno.

El poder de sometimiento muestra su ridícula cara cuando imaginamos a un general del ejército a quien ni los capitanes ni los tenientes ni los soldados le obedecen, o el poder de un millonario cuando todos a su alrededor se burlan de él. Sin obedientes arrodillados ningún poderoso va más allá de lo que sus propias capacidades le concedan, a no ser que se alíe con personas igualmente dignas. Una cosa es obedecer, otra aliarse para cumplir lo acordado. Tenemos la oportunidad y el derecho de la subversión, de cambiar el proceso de degradación de una civilización insostenible.

Otra herramienta derivada es la confianza en los demás, la apertura a otras mentes con el interés de construir colectivamente aquello que consideramos importante. Eso significa la búsqueda de interlocutores, la construcción de colectivos de pensamiento y acción que no estén arrodillados ante el poder ni sometidos a esas falsas verdades opresoras. Con plena confianza en la inteligencia humana, podemos ayudar a desenmascarar la prepotencia de quienes se han creído superiores, sin ningún odio, simplemente mostrando que sin arrodillados y sumisos los mandamases carecen de poder.

Otras herramientas de liberación, también interiores, nos llevan a desenmascarar los efectos negativos de algunos sentimientos entre nosotros como el odio, la envidia, la venganza y algunos momentos de la ira: podemos mostrar que la primera víctima es quien los sufre. Podemos experimentar y mostrar que el aprecio, la confianza y el amor son poderosas fuentes de energía para quien los experimenta.

Otra herramienta indispensable es la paciencia, surgida al contemplar los procesos de cambio en la naturaleza y en la sociedad. Muchas revoluciones han fracasado al pretender dar la vuelta por la fuerza de unos pocos, en contra de la mentalidad de la mayoría. En las transformaciones sociales confluyen factores físicos y políticos pero sobre todo mentales, mucho más complejos. Por eso el fracaso rotundo de revoluciones bien intencionadas pero impuestas por la fuerza de pocos. Mucha actividad, muchas comunicaciones, mucho entusiasmo y la mente abierta para observar los cambios y hacer las modificaciones que las circunstancias pidan. Poco a poco se llega lejos.

Momento de crisis

Esta ocasión, nunca antes experimentada por tantas personas al mismo tiempo, muestra con evidencia las fallas inherentes al capitalismo salvaje, impuesto en contra de los ideales de la revolución burguesa de igualdad, libertad y fraternidad y del posterior Estado de Bienestar. Este sistema no aguanta más y necesita autorregularse. Hemos de reflexionar, analizar, imaginar otras muchas formas de vivir diferentes. Nos toca subvertir (nos) y alterar este estado de cosas que nos paraliza, nos confina mentalmente y nos transmite la idea de que sólo hay un camino posible Tenemos la responsabilidad histórica de resistir y de sobrevivir para construir formas distintas de convivencia.

Aunque las las epidemias y endemias han sido recurrentes a lo largo de historia de la humanidad, siempre se han visto empeoradas como consecuencia de la discriminación y precariedad en la vida de la población. También ahora como en algunos lugares de la Europa del siglo XVII, desde que se anunciaba la enfermedad los ricos se precipitaban a sus casas de campo, huyendo a toda prisa, pensando sólo en sí mismos y los pobres se quedaban solos, prisioneros de la ciudad contaminada donde el Estado los alimentaba, los aislaba, los bloqueaba, los vigilaba.  Ahora llega el hambre, que empieza a vislumbrarse sobre todo en nuestros países del sur, en el que la mayoría de la población precarizada y empobrecida sobrevive el día a día con lo mínimo para comer y para la cual no es opción quedarse en cuarentena.

Al igual que con las consecuencias del cambio climático, el realismo capitalista supone que la técnica o el mercado resolverán también el problema, mientras el capital continúa reproduciéndose ad infinitum y la crisis no es más que una especie de simulacro temporal. Será cuestión de pocos días o semanas para que este realismo intente volver a asumir el control, se coloquen en la balanza los muertos junto a las pérdidas económicas y se quieran echar a andar de nuevo los engranajes de la explotación. Porque la acumulación capitalista no quiere quedar interrumpida indefinidamente.

De hecho, la epidemia está cumpliendo una doble función bajo el régimen dictatorial del capital. Por una parte, es la motivación perfecta para acelerar un conjunto de medidas que permitan no solamente salvar los procesos mundiales de valorización del precio y acumulación capitalista, sino inclusive optimizarlos hacia el futuro, tal como acontecería en una situación de guerra. Despidos, reducción de salarios, salvatajes financieros o medidas de austeridad empiezan a ser implementadas en algunos países, de la mano de un paródico retorno de discursos a favor del Estado de Bienestar.

Estamos contemplando cómo los responsables políticos europeos movilizan ingentes cantidades de dinero pero no porque la vida sea lo primero. Si así fuese, no se toleraría y, más aún, no se seguirían impulsando con medidas inhumanas cifras inasumibles de ahogados en el Mediterráneo, de niñas y niños de la guerra perdidos y abusados, de muertes plenas o muertes en vida, vidas fantasmagóricas, no-vidas, en las fronteras europeas.  La excepción y la movilización de ingentes recursos para proteger la vida de la «ciudadanía media europea» —la más estándar, quedando fuera desde los indigentes a las trabajadoras del hogar, pasando por todas aquellas personas que sobreviven saltando matones.

En muchos países el capitalismo sólo es posible por la colonialidad del poder-saber-ser, la división sexual, racial e internacional del trabajo, la transferencia de recursos naturales y fuerza de trabajo sobreexplotada al Norte y las sociedades industrializadas, además de las relaciones de servidumbre y trabajo doméstico no asalariado. Porcentajes elevadísimos del PIB de muchos países del sur corresponden a trabajo no remunerado aportado por las mujeres. La economía y sostenimiento del Estado dependen del modelo primario exportador y de la renta extractivista (petróleo, banano, cacao) mientras que casi la mitad de la población económicamente activa está subempleada, muchos sin seguridad social, por cuenta propia, sin sindicalización y sin estabilidad laboral.

Esta crisis sistémica devela fenómenos como privatización de salud y educación; acumulación desmedida de riqueza en muy pocos con el incremento del número de miserables; infestación de basuras en los océanos y calentamiento insostenible del planeta; extractivismo, producción intensiva de alimentos bajo un modelo basado en los monocultivos, alimentación homogénea intensiva, ganaderías industriales que producen carne a base de piensos compuestos y hormonas.

Hemos visto cómo se gestan guerras por el petróleo, cómo viven confinados migrantes refugiados en esta Europa de los tratados, cómo se les deja morir en la mar, cómo se explotan comunidades y tierras por todo el planeta, cómo este modelo extractivista impera… ¡Con qué disimulo se ha camuflado el discurso del capitalismo verde!, todo es “natural”, todo es sostenible, todo es ecológico, todo vale para generar confianza en el consumidor, valor añadido y sensación de estar haciendo lo correcto.

40 años de neoliberalismo en América del Norte y del Sur y en la Europa dejaron un público totalmente expuesto y mal preparado para enfrentar una crisis de salud pública de este calibre; los gobiernos locales y las autoridades regionales fueron privados de financiamiento gracias a una política de austeridad proyectada para financiar cortes de impuestos y subsidios para las empresas y los ricos, la consolidación de un complejo médico industrial con grandes ganancias acumuladas para las industrias de insumos, farmacéuticas y referencia a hospitales privados, así como desvíos en corrupción, con crecimiento exponencial del número de consultas pero acciones limitadísimas en promoción y prevención en salud, hecho aún más evidente con la incapacidad para atender los enfermos de la peste. Los partidos políticos brillan por su ausencia, arrodillados ante el dios dinero y convertidos en microempresas electorales.

Las consecuencias económico–políticas de esta crisis serán hondas. No habrá un retorno a la normalidad tal y como la conocimos, y en cierto sentido será bueno porque formaba parte del problema. La pandemia no ha hecho más que acelerar la esperanza y el deseo de no volver a una normalidad destructiva con el planeta y la sociedad, romper con el estado de sitio al que nos ha conducido el capitalismo, haciendo valer el derecho a una vida digna por encima de cualquier variable económica.

Procesos de liberación

Tenemos la urgencia de reinterpretar la potencia de las imágenes apocalípticas actuales, izar las velas contra el viento de la Historia, despertar del sueño y empezar a materializar otro presente. Nuestra tarea actual consistiría en dejar atrás la somnolienta melancolía de izquierda y destinar todos nuestros esfuerzos no al no-lugar de la utopía ni al todavía-no de la esperanza, sino al sí-aquí y al ahora-sí como afirmación radical -en este mismo instante- de la potencia de la vida.

¿Qué es lo que nos impide re significar lo que está pasando y convertir la paralización en una estrategia de lucha? De hecho, podría ser la primera gran huelga general a escala mundial en la historia. Quizá el mayor conflicto de nuestra época ocurra en el plano de las ideas, sólo que esa parece una coyuntura común a todos los tiempos. Somos rehenes de nuestras doctrinas.

En el pasado muchos pueblos, con suficiente desarrollo material para revolucionar su entorno no lo hicieron ¿Por qué? Esta pregunta apunta hacia una cuestión epistemológica fascinante: el paradigma de su época no les permitía ver más lejos de dónde llegaban sus creencias. Lo que impedía llegar a América antes de 1491 no era el insondable océano, ni las técnicas de navegación, ni la tecnología más o menos avanzada, más o menos precaria, sino una idea del mundo, un discurso que aprisionaba a su tiempo.

Pero no siempre las ideas cambian. Y entonces nos aterramos que los griegos no extendieran su civilización más allá de Gibraltar ni aplicaran sus conocimientos matemáticos y geométricos a desarrollar industrias, o nos sorprende que los aztecas inventasen la rueda pero eligieran no emplearla. No obstante, cuando la mente de hombres y mujeres se desata, cuando las ideas cambian, nada puede detenerlas. Entre todas las cadenas que aprisionan a la humanidad la más fuerte, la más férrea, la más difícil de vencer no está afuera, está adentro, en su cabeza.

Uno de los primeros y más importantes dogmas que tenemos que derrumbar es la supuesta validez eterna del capitalismo. Se nos ha hecho creer que es la única forma posible para vivir en democracia. Podemos criticar el paradigma vigente, según el cual el mundo no podría sobrevivir un día sin los bancos, sin las guerras y sin el petróleo. Nos enseña que para ser felices debemos renunciar a muchas cosas, incluida la felicidad. Jamás se había hablado tanto sobre las desigualdades sociales pero jamás se había hecho tan poco para reducirlas; nunca se había hablado tanto los daños ecológicos y nunca se ha hecho tan poco para delimitarlos. La biblia neoliberal difunde un credo irracional y catastrófico: el crecimiento económico infinito, la supremacía de los más «aptos» y «exitosos», la libertad de los mercados y la esclavitud de los trabajadores, la depredación brutal de la naturaleza, el consumo desenfrenado en un cáncer imparable.

En el anecdotario cultural apocalíptico del entretenimiento, aparecen imágenes de viruses, pestes, zombis y ataques masivos que nunca tienen por objeto terminar con el capitalismo sino con la especie humana. Esta tendencia cultural finalista parece confirmar una suerte de analogía con la realidad capitalista dado que, de algún modo, en estas historias lo que está en peligro es el derecho a la libertad individual.

Quienes mejor están decodificando y explotando estas imágenes muy potentes sobre el fin del mundo se encuentran en los nuevos fascismos que aparecen como una infección por todas partes, pregonando que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Nos han entrenado para reconocer la capacidad que tiene el capitalismo para adaptarse ante las crisis y no ver los momentos de quiebre sistémico por donde puede colarse la revolución. Estamos entrenados para no cambiar el modelo.

Pero ahora podemos darnos cuenta de cómo todo este cúmulo de imágenes propias del imaginario “realista capitalista” no es sino un dispositivo cultural de despiste que deja intacto el carácter ilegítimo de la propiedad de los grandes medios de producción en torno a los cuales se produce la mayor parte de nuestros medios de vida.

Por esto mismo, defender la lógica de la competencia capitalista propia del orden burgués o la posibilidad de un “capitalismo bueno” no tiene ningún sentido a la luz de los acontecimientos. Estos hechos han sido ya constatados en otros momentos no muy lejanos—durante la crisis de las “subprimes” y con la incipiente crisis de las pensiones— y como llueve sobre mojado, lo que vuelve a estar encima de la mesa de las urgencias es la necesidad de una organización política radicalmente opuesta al capital.

Del campo de batalla del aislamiento tenemos que salir en algún momento, aprender colectivamente cómo hacerlo. Lo podemos hacer paulatinamente. Para eso conviene tomar notas, animarnos a recortar arbitrariamente lo que nos resulta significativo o enigmático; animarnos a escribir reflexiones precipitadas sobre el efecto de lectura suscitado; y volver una y otra vez a leer y releer, meditar y ponernos a prueba sobre su verdad y cómo ello nos implica, sin quedarnos sólo en la dimensión del pensar crítico, sino pasando a la acción colectiva organizada. En entornos pequeños, quizá, pero efectivos. El tiempo de los partidos políticos ya no es el nuestro, la mayor parte de la sociedad no se identifica con ellos y los que lo hacen es porque esperan recibir algo a cambio.

Es urgente parar el capitalismo si no queremos que finalmente nos aboque al abismo; pero para ello, hoy por hoy, apenas tenemos los frenos de una bicicleta. La crisis sistémica del capitalismo y sus neuras se viene pronosticando y debatiendo desde hace algún tiempo.

En este contexto revelador aparece el horizonte socialista descrito por algunos pensadores como lugar donde la propiedad y la libertad son conceptos interdependientes y donde el contrato social, asumido por compromiso político y no desde un arbitrario voluntarismo, garantiza lo justo para cualquiera al tiempo que vigila de que se den las mismas condiciones de posibilidad y materiales para que eso sea posible.

No podemos seguir la metáfora de la guerra proclamada por muchos gobiernos. Nada más fascista que declarar una guerra contra la sociedad y contra la democracia, aprovechando el miedo a la enfermedad. Varios ejemplos de países del sur muestran que cuando el coronavirus traspasó la frontera y llegó, ni una sola de las medidas copiadas se ajusta a las condiciones reales de vida, no solo por las deudas, sino por la vida misma, medidas copiadas de economías que nada tienen que ver con la de muchos pueblos latinoamericanos. Al privar de la subsistencia diaria, ignoran políticas ancestrales de reciprocidad, cuidado y rebeldía.

Desde esta perspectiva, las soluciones de quedarse en casa sacrifican a una población que vive de lo que gana al día, a la quincena, por jornal y no puede dejar de trabajar porque no sobrevive, pero si sale a sobrevivir, es multada o detenida por las fuerzas policiales. Gran parte de esta población es a la que políticos de derecha como Nicolás Sarkozy llamaron “escoria”, Trump “plaga” y Bolsonaro “peste”. Masas urbanas y especialmente mayores de edad, enfermos crónicos, inmigrantes, desplazados, desempleados, habitantes de calle y adictos a las drogas. La derecha egoísta y mezquina ya tomó la solución del problema: aprovechar la peste para que desaparezcan muchos pobres.

La disputa por el sentido histórico es también no adscribir a la aparente disyuntiva que coloca al Estado vs el mercado. Un debate medular es el contenido político de autonomía en donde el Estado nacional no constituye la única comunidad política, ni el único entramado público. La cuarentena muestra aquí la relación trivalente e histórica que algunos pueblos del Ecuador han sostenido con el Estado: con éste, contra éste y más allá de éste. Vale la pena reconocer diversos puntos de vista posibles y actitudes críticas hacia el Estado, con variadas opciones hacia la cuarentena, redes de cooperación y medicinas tradicionales.

No tiene sentido continuar con discursos que justifican la desigualdad, defienden supremacías y arrogancias imperiales enarbolando la violencia, el egoísmo, el individualismo, el machismo patriarcal, las diferencias étnicas, religiosas y raciales.

La interdependencia es la revelación de nuestra imposibilidad de ser solo un individuo. Experimentar nuestra interdependencia, experimentar el nosotros como dimensión de nuestra propia existencia, es una vía para reconquistar el mundo. La cuarentena nos invita a pensar cómo otro mundo no capitalista es posible. De ahí que gran parte de nuestros esfuerzos se concentren en la prefiguración constante de la utopía y en el sostenimiento de la esperanza en aquello que todavía-no-es, ante la inminencia recurrente del colapso.

De lo que se trata es del despliegue y expansión de innumerables prácticas emancipatorias, encadenando unas con otras, tejiendo solidaridades, invadiendo aceleradamente el código genético de las formas de opresión (capitalista, patriarcal, colonial). Transformar este encierro en una masa crítica, en huelga general viral, para después eclosionar abruptamente como un Alien desde dentro de Moloch, aquel dios ante el cual nos sacrificamos cotidianamente. Estas son nuestras verdades, descabelladas y utópicas, precisamente por eso posibles, alcanzables, imprescindibles: todos y todas podemos ser iguales, debemos ser libres, tenemos que vivir en paz con nosotros y la naturaleza.

En este momento revelador, parece conveniente partir de una constructiva actitud de autocrítica de nuestras propias posiciones, esclareciendo el para qué y el por qué de nuestro trabajo. Y no es que el ejercicio del pensar crítico vaya a provocar el giro político que necesitamos ver, pero sí es una de las herramientas de que disponemos para avivar e incentivar el debate en torno al capitalismo y su final.

Este tiempo de grandes incertidumbres y de revelaciones es una oportunidad para poner en práctica ese ejercicio y programar foros, cursos, debates, de índole formal y no formal, en las comunidades y con estudiantes, que enfaticen la importancia histórica de la tradición de protestas ciudadanas que, en diferentes momentos de la historia ha sido germen de grandes conquistas sociales. También valdría la pena acompañar esos foros y encuentros con relatos que denuncien la respuesta gubernamental que criminaliza cualquier comportamiento que no acate el orden social burgués, el cumplimiento del contrato capitalista o la seguridad de la comunidad de propietarios.

A todo tiempo de tránsito le es dado imaginar y viralizar escenarios propositivos para hacer de la comunidad un agente coparticipativo de un “buen sentido común crítico” por lo cual es útil cultivar y enseñar un conocimiento ubicado de aquellos problemas que tratamos y recordarnos que la participación en el debate social no responde a una opción personal o un derecho individual sino a una obligación para con el común denominador de la sociedad.

Un ejercicio docente y crítico cultural, creativamente comprometido con el proceso de provocar las condiciones precisas para que se efectúe un cambio, llama a las prácticas por sus nombres, abre nuevos horizontes de posibilidad y aclara las condiciones en que se viene dando esta problemática relación capitalista de cultura, sociedad y poder.

En contra del proceso cultural homogeneizador capitalista aparece una corriente cultural críticamente propositiva y creativamente visionaria que asume la desobediencia como actitud de combate, ayuda a desenmascarar las causas de los problemas intrínsecos a la estructura y al sistema y ensaya visiones alternativas para salvarnos todos.

Esta cultura congregada en redes sociales, comunes digitales y comunidades de práctica auto gestionadas y de orientación no capitalista, reivindica la política como herramienta de cambio y la cultura como un cauce educativo, formal y no formal, para dotarnos de las competencias necesarias que provoquen y sostengan ese cambio.

En nuestros procesos comunicativos habremos de mostrar con valentía, públicamente, que muchas veces las “redes sociales”, además de engordar a los multimillonarios del momento se convierten en lugar de propagación de la parálisis mental fanfarrona, de rumores fuera de control, del descubrimiento de las “novedades” antediluvianas, cuando no son más que simple oscurantismo fascista. Hay redes de redes y es preciso diferenciarlas. Podemos crear, encontrar y asociar redes de comunicación verdaderamente humanizantes.

Es un reto al que ya no podemos renunciar. El desafío que nuestra generación debe asumir para demostrarse a sí misma que pudo mirar y narrar más lejos, hacia otro mundo posible y necesario. Ahora bien, y no podemos olvidarnos nunca de esto, con cultura no es posible destronar al poder dominante, para eso es necesaria la organización política, jurídica, legal, así como el monitoreo de una ciudadanía crítica y comprometida, que entienda lo que está en juego y lo que está realmente en crisis. El derecho a participar en este debate político no está exento de responsabilidad y de obligación para con el bienestar del ser cualquiera.

Diseñando una caricatura del proceso, imagino una persona que empieza liberándose a sí misma de la versión única y autoritaria de los hechos, apelando a la autonomía de las redes y los saberes y atentando contra el monopolio de interpretación con el que el poder crea sus discursos y nos los impone. Reconociendo distintas interpretaciones a la crisis del coronavirus abre fisuras en ese monopolio y establece nuevas preguntas y nuevas respuestas, confiada en sus capacidades para transformar y crear realidades, y también con entera confianza en otras personas a quienes se une para que logren su propia liberación y construir luego fuerzas de aliados que transforman su entorno social, exigiendo que los beneficios y riquezas existentes como el conocimiento, las oportunidades laborales y las riquezas acumuladas estén equitativamente al alcance de todos, no de unos pocos.

Esos grupos de aliados usan todos los recursos disponibles para expandir la confianza en sí mismo y el respeto por los derechos de cada persona, para mostrar públicamente las fallas estructurales del sistema económico y político existente, de manera que entre todos vayamos diseñando y construyendo los cambios que consideramos necesarios, poco a poco, pero con una línea definida, cual es el respeto por las diferencias, la limitación de las ambiciones desmedidas de algunas personas inseguras, incapaces de satisfacer apetitos desbordados.

¿Qué tal una sociedad en la que los impuestos o contribuciones para el bien común sean directamente proporcionales a las posesiones de cada uno? ¿Que todas las personas puedan acceder a comodidades y lujos pero que, más allá de lo que puedan gastar para vivir bien, se vayan duplicando, triplicando, multiplicando los impuestos hasta hacer aún más irracional e indeseable la ambición desmedida?

¿Qué tal una sociedad que valore y respete las diferencias y en consecuencia limite cualquier libertad al respeto por las personas y por el entorno? ¿Qué tal una sociedad en la que se puedan discutir todos los temas y enfrentar todas las posiciones con la confianza en alcanzar unos mínimos acuerdos para convivir en paz?

Para avanzar en una dirección semejante es preciso pensar y actuar ya, combinando creativamente los momentos de reflexión individual y discusión colectiva, considerando y reconsiderando cuáles serían las ideas y las acciones de mayor relevancia y mayor urgencia, buscando conformar alianzas para la acción y la discusión, compartiendo herramientas para la difusión y la ampliación del número de personas aliadas en la búsqueda de los cambios que soñamos. Considero que el grupo de personas vinculadas a La Vorágine y Apocaelipsis es un excelente caldo de cultivo para el desarrollo y la expansión de este virus reconstructivo.


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