(XIX) Domingo 19 de abril

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(XIX) Domingo 19 de abril

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ARTES EN CUARENTENA

En esta tarde de otro día más de encierro o de reclusión, concluyo que nunca la casa ha sido más casa. Nunca ha sido habitación solamente en el sentido de cobijo, pero menos aún lo ha sido de territorio por explorar de manera ralentizada y consciente, porque siempre estamos de paso y hay que volver a la calle. Tal vez por eso se me viene a la cabeza un viejo habanero que hizo de su pequeña casa en Trocadero 162, una maravillosa aventura.
Contaba ese glotón que sufría una bulimia de imágenes poderosas que solamente salió una vez de su isla porque era un “peregrino inmóvil”. De su desafecto por los viajes a otros países solía decir: “Hay viajes más espléndidos: los que un hombre puede intentar por los corredores de su casa yendo del dormitorio al baño”. Consecuente con esa afirmación la única vez que el poeta de “Orígenes” viajó fuera de Cuba fue a Montego Bay, en Jamaica.
Con ese gran viajero de sí mismo emprendo como un expedicionario entre paredes, aunque en menor escala imaginativa que la del maestro cubano, un registro con varias escalas. Sentí la gracia y el placer de los nuevos paisajes que vi en un periplo entre dos sillas. Una silla en la sala, la otra en un cuarto. No vi montañas nevadas ni atravesé ríos caudalosos. No vi tribus nómadas o bandadas de alcatraces, solo vi una pirámide de libros en la sala y una pirámide de platos esperándome en la cocina. Fui consciente del viaje casero de un bastardo Marco Polo y entonces “leí la casa”, “leí la habitación”, como decía Gaston Bachellard a propósito de esos viajes alrededor de uno mismo, como los que se cuenta que hacía Baudelaire en el encierro de sus inviernos.
Cada cuál tendrá su manera de matar las horas, que en estos tiempos parecen llegar ya casi muertas. Hay quien frente a un televisor ha pasado los momentos más memorables o también bañando y perfumando con amor a su mascota. Habrá quien añore los más espléndidos días pasados en la notaría en la que hasta hace poco trabajaba. Y alguno que afirme con pleno derecho que extraña los grandes instantes vividos mientras trabajó oprimiendo los botones de un elevador, o tal vez comiendo helados en un centro comercial, en la tarde de un domingo. Habrá quien lleve en un ábaco el número de muertos censados en la peste, como si fueran cuentas móviles o datos fríos a seguir en su necrómetro. Uno no debería empotrarse en un rango de superioridad por no tener esas apetencias domésticas sino por tener algunas más errabundas, como la de ese “peregrino inmóvil”, una imagen que podría ser divisa de una agencia de viajes intramuros fundada por el viejo Lezama.
No quisiera variar demasiado el menú cotidiano que me acompaña pero intento vagamente oponerme a una rutina que podría volverse tediosa: decido sumirme en las dos o tres cosas que más me gustan y que de terca manera se entreveran en las artes. La primera es la poesía y su hija menor la literatura. La otra es la música. Siempre y no solo ahora han sido una forma de evadirme de los encierros. Y es que nadie que no tenga cierta relación disfuncional con la realidad se debería sentir enjaulado mientras lee los poemas de Ray Bradbury. Abro la antología de poemas de este autor que quizá haya hecho desde la distopía o, mejor aún en contra de ella, un cambio de roles, una disparatada función bomberil que obligaba a unos servidores públicos a no apagar incendios sino a producirlos con el combustible de los libros. En uno de sus poemas dice Bradbury que “las cárceles están llenas de millones de personas que jamás han leído un libro”. También traza una imagen poderosa y asertiva y más aún esclarecedora: “tenemos las artes, así que no nos matará la verdad”.
La cita anterior es de un poema titulado “Tenemos las artes”, que termina con estos versos: “Aunque la oruga monarca devore nuestro corazón/ con boca de Yorick grita gracias al arte”. Yorick, un clown, ha pasado a la leyenda por ser propietario de una calavera cuya réplica ha seguido mirándonos desde sus cuencas y desde un centenar de escenarios del mundo.
Bradbury, poco conocido como poeta, aunque su poesía migre también a la narrativa, como lo hace en sus “Crónicas marcianas”, describe las “voces musicales” de los habitantes del planeta rojo. De todo este viaje entre planetas he disfrutado apoltronado en una silla. Luego he vuelto en un viaje lezamiano a la cocina, a servirme un vaso de agua y a mordisquear un mango. Después pasé de las voces musicales de los habitantes de Marte a pensar en otra muleta, en una suerte de prótesis para poder andar en el mundo, con o sin confinamiento: la música.
Prendí la radio. Estaban pasando un programa musical sin fronteras que pasó de un blues de John Lee Hooker a un concierto de Debussy, como quien asiste a un cambio de ropaje.
Fue una razón de más para pensar en los vasos comunicantes entre música y poesía. Las dos crean una tercera orilla (salud, Guimaraes Rosa), en la obra de Bradbury o del Nerval de “la torre abolida”. Esto me invita a volver a escribir en este diario algunos garabatos sobre la poética de la música y la música del poema.
LA POÉTICA DE LA MÚSICA
Cuando a Sthephane Mallarmé llegaron a decirle que le habían puesto música a un poema suyo, dijo con evidente desenfado que él creía que ya tenía. Tan inherente a la poesía resulta la eufonía que las palabras producen, su casi imperceptible musicalidad. Debussy, tan revolucionario en la música y tan burgués en la vida diaria, según la descripción que hace Erik Satie, decía que lo inspiraban más que los músicos los poetas y citaba a Paul Verlaine y a Jules Laforgue, entre otros.
Ocurre tanto con la música como con el poema que esos dos ámbitos funcionan en un ámbito de sugerencias. Tal vez por eso Baremboim afirma que “Pasos sobre la nieve”, una obra de Debussy, se enmarca en un arte de sugestión y es como si se dijera desde un poema que la palabra sugiere colores. Creo que es desmesurado y propio de cierto narcisismo de los poetas creer que la poesía no debe guardarle servidumbre a la música. Servidumbre tal vez no, pero sí prolongados o recurrentes devaneos amorosos. Es curioso que esto lo piense mientras inicio un nuevo viaje entre una silla de lona heredada y una radio portátil a la que le subo un poco el volumen para escuchar mejor una canción de Nina Simone en la que además toca el piano.
COLETAZO CON PINTURA
El poeta insumiso, y no todos los son pues hay algunos con alma de feligreses, es semejante a un ladrón de los bosques de Sherwood: asalta y estruja las palabras de los nobles. Las paganiza, las humaniza. Por esas mismas vías del diálogo de fronteras, de transgresión a los rígidos compartimentos, el poeta puede hacerse embajador de Babel y hablar desde la música o desde la pintura. Pintores, dibujantes o grabadores como Blake, Michaux, Max Ernst, Gauguin, Chagall, Picasso, Van Gogh, de Chirico, Picabia, Arp, Leonora Carrington, hicieron a un mismo tiempo un ejercicio de creación desde la palabra pintada y desde la pintura escrita.
Los poemas escritos por Paul Gauguin, así como el largo poema biográfico “Mi vida”, de Marc Chagall, podrían estar en la más exigente antología de líricos del siglo XX. ¿No ocurrió esa simbiosis desde que Rimbaud decidió colorear las vocales: A negro, E blanco, I rojo, U verde. O azul?
Rilke decía que una de sus mayores influencias literarias fue la pintura de Paul Cezanne. Y es por paradoja que una maldición, al decir de Auden, fue la que despojó a la poesía de su carácter sacro, y que entonces buscó maridaje hasta con la historia. Todas las artes le son afines al poema.
Decía Auden, en “La mano del teñidor”, que “la maldición de Babel convirtió a la poesía en la más provinciana de las artes”, pero que hoy, “cuando la civilización mundial se va uniformando con monotonía, se tiene que dar las gracias por la antigua maldición: al menos en poesía no puede haber un estilo internacional”.
Posdata:
La vida no tiene preceptiva. Que sobreviva la palabra despojada sobre la palabrería. Y por eso es bueno recordar a Denise Levertov: “todo el que habla está traduciendo su pensamiento para la comprensión que espera del otro”.
La poesía nos recuerda, desde todas las artes, que si el milagro no existe es solamente porque no logramos verlo.
Cierro el diario y la pantalla. Su majestad el cuerpo pide otro alimento distinto al arte y las palabras. Me espera una sopa caliente, una crema que quisiera digna de la mesa de Lezama.
(Pintura: “Los tres músicos”, obra de Fernand Leger)

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