(XXXVIII) Domingo 24 de mayo

(XXXVIII) Domingo 24 de mayo


MARÍA MERCEDES CARRANZA

 

(Hoy cumpliría 75 años de edad María Mercedes Carranza, alguien que habita nuestra memoria)
Un día, María Mercedes Carranza decidió en un poema suyo “asesinar algunas palabras” que le parecían sin sentido, por usadas y abusadas, porque le sonaban ya huecas.
El poema se titulaba, precisamente “Sobran palabras”, incluido en su libro Tengo miedo (1982) y podría decirse que sintetiza su propuesta poética, su manera de intentar que las palabras estén bien habitadas de sentido y que no sean meras formas, fugaces espejismos. Algo de lo que dio amplias muestras en sus cinco libros posteriores.
Pasó al paredón de los vocablos ajusticiados a la palabra amistad, por considerarla hereje y a la palabra amor por considerarla ilegible.
De tal manera, una por una fue poniendo en fila india las palabras que condenaba al cadalso de su poesía: a unas les aplicó el garrote, a otras la guillotina, la cámara de gas, la fusilería, para en una amarga pero conforme conclusión quedarse solamente con la palabra “yo”.
En ese mismo poema se burlaba de la palabra “solidaridad”, porque casi siempre está hecha de viento, de “libertad”, una palabra que casi siempre está en labios de los carceleros, de “civilización” por su barbarie, en fin, trazaba un credo de su descreimiento para enunciar que la poesía y el poeta tienen auténticos tratos con la duda frente a los grandes temas y las grandes palabras.
Pudiera haber hecho suya esta expresión de Alfonso Reyes: “Aún los perros sienten la necesidad de aullar a la luna, pero eso no significa que sea poesía”.
El poema mencionado culmina con estos versos: “Queda la palabra Yo,/ Para esa,/ por triste, por su atroz soledad,/ decreto la peor de las penas:/ vivirá conmigo hasta el final”.
Pues bien, creo que ese es el centro de la poesía de María Mercedes Carranza, el de un yo asediado por la soledad entre la multitud, por el constante desamor y sus muchas heridas. En verdad, su yo era su fortaleza, una manera de ser que odiaba las dobleces y las medianías.
Nunca le mentía a la gente porque odiaba las medias tintas y los ademanes hipócritas, algo que se agradece en un medio social tan dispuesto a ponerse máscaras, la máscara de la bondad, la máscara del respeto, la máscara de la fraternidad, la máscara de las buenas maneras.
Su poesía es igual a sí misma: llena de desparpajos y de palabras desnudas, irónicas y valientes.
A ella se debe la fundación de la Casa de Poesía Silva, la creación de un espacio para la dignificación de la poesía, de poetas de todas las edades y tendencias.
Aún me resulta increíble, como si se tratara de una rara e imborrable pesadilla, que una noche de 2003 decidiera salir del mundo por su propio designio.
Pocas horas antes de su muerte estuvimos en el lanzamiento de “Amazonas”, un libro del colombiano radicado en Estados Unidos Juan Carlos Galeano, editado por la Casa Silva.
Hablamos a saltos con un grupo de contertulios de temas tan diversos que pasaron de la poesía de Galeano a la preocupación por un país secuestrado por la violencia y la corrupción, del libro de Aurelio Arturo publicado en España a la historia del piano “Apollo” de Elvira Silva, que como un objeto sagrado había regresado a un salón de la casa, donde antaño quedaba el comedor. Recordó que en el centenario de la muerte de Silva (1996), el maestro Pablo Arévalo volvió a tocarlo en evocación de la música que frecuentaba la hermana del poeta.
Quedamos de vernos en grupo, ya eran las 8 de la noche, en casa del escritor Hernando Cabarcas. Nos quedamos esperándola, jamás llegó a la cita: ella tenía una cita clandestina con la muerte, con esa presencia que siempre resulta más puntual que el reloj de un ferroviario y que María Mercedes definía en su poesía como “tierra y olvido”.
Esas dos palabras le parecían dominantes en la vida colombiana, como si a todo le echáramos, en alusión a la muerte, paladas de tierra y aludes de olvido.
Los poemas del “Canto de las moscas” son sin duda el diario de un país oscuro y violento. Escuetos, como escritos con un bisturí en una corteza, nos obligan a mirar pueblos y regiones donde la violencia fue creando un nuevo mapa, una cartografía del miedo: aprendimos geografía muchas veces por los nombres de los pueblos masacrados. Así ocurre en el poema escrito al lugar y a la muerte del político liberal que fuera su amigo, Luis Carlos Galán:
SOACHA
Un pájaro
negro husmea
las sobras de
la vida.
Puede ser Dios
o el asesino:
da lo mismo ya.

Si en “Sobran palabras” ha condenado a la desaparición a la palabra Dios, en este breve poema la resucita como testigo de un crimen previsible y doloroso.
Hemos visto pasar por sus versos camas solas y sábanas arrugadas, el fantasma de los amores abolidos, muertos, humor negro, pasiones desbordas, muecas de escepticismo, amor por la pintura, desvelos y antes que nada, un desengaño del mundo. Por todo esto fue que se dio a la tarea de fusilar las palabras del hastío. Pero hay una palabra que sin duda no pudo llevar al cadalso, pensamos sus amigos y lectores, la palabra gratitud que sentimos hacia ella y hacia su dolorosa poesía.
María Mercedes Carranza en sus propias palabras:
“Necesitamos una poesía que nos incite a llorar, a perdernos en un loco amor, a reírnos, a inquietarnos, a no caer en la indiferencia frente a nuestra vida y a la del vecino” (Galería de espejos, Alfaguara, 2012).
UN POEMA DE MARÍA MERCEDES CARRANZA
Este poema de María Mercedes, como todo buen poema, tiene varias posibles lecturas. No hace alardes ni metáforas evidentes pero en todo su conjunto es un poderoso campo metafórico. Casa o país, dos lugares en ruinas entre otros muchos que se deshacen ante nuestros ojos. Unas estancias que al caer nos muestran en nuestra desnudez moral. María Mercedes Carranza asistió con anticipación a un país donde “todo es ruina en esta casa”, a un resabiado país “cuyas ventanas muestran paisajes destruidos”. Me enorgullece pertenecer a la generación de María Mercedes, la de la Constituyente (1991), una reforma constitucional de la que fue una de sus impulsoras tras una amplia expresión ciudadana. Y, por supuesto, haber sido su amigo.
LA PATRIA
Esta casa de espesas paredes coloniales
y un patio de azaleas muy decimonónicas
hace varios siglos que se viene abajo.
Como si nada las personas van y vienen
por las habitaciones en ruina,
hacen el amor, bailan, escriben cartas.
A menudo silban balas o es tal vez el viento
que silba a través del techo desfondado.
En esta casa los vivos duermen con los muertos,
imitan sus costumbres, repiten sus gestos
y cuando cantan, cantan sus fracasos.
Todo es ruina en esta casa.
Están en ruina el abrazo y la música,
el destino, cada mañana, la risa son ruina,
las lágrimas, el silencio, los sueños.
Las ventanas muestran paisajes destruídos,
carne y ceniza se confunden en las caras,
en las bocas las palabras se revuelcan con miedo.
En esta casa todos estamos enterrados vivos.
(María Mercedes Carranza, en “Hola, soledad”, 1985-1987).


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