(XV) Jueves 9 de abril

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(XV) Jueves 9 de abril

(XV) Jueves 9 de abril


UN CORTOMETRAJE

Hoy, 9 de abril, se cumplen 72 años del asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán.
Con él asesinaron también las esperanzas de un país que en materia social desde siempre ha pedaleado en una bicicleta estática.
Me permito recuperar para este diario un poema que escribí sobre el oscuro día del “bogotazo”, un día que partió en dos aguas la historia de Colombia.
Lo registro como forma de expresar que aunque estamos en cuarentena física de ninguna manera estaremos confinados a la desmemoria, a escuchar las voces de los vendedores de humo.
Somos legión los que nos negamos al olvido. A seguir la norma de quienes nos proponen no escribir la historia por la punta del lápiz sino por el lado de la goma, por el extremo del borrador.
Los escamoteadores de la historia pretenden instaurar una central de la desmemoria, algo que tiene ribetes de distopía literaria. Es como quemar el pasado y arrojar sus verdades a la hoguera.
Evocar el 9 de abril me obliga a recordar algo señalado por José Eustasio Rivera en “La Vorágine”, su inolvidable novela publicada en 1924.
Tal vez el suyo sea el comienzo más memorable y doloroso de la narrativa colombiana: “Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”. Es un duro inicio que nos ha acompañado por muchas generaciones, una síntesis que reaparece a cada tanto en nuestra narrativa.
Y bien, este es el poema del que hablé en un comienzo:
CORTOMETRAJE DE UN 9 DE ABRIL EN UNA CIUDAD ANDINA
“Abril es el mes más cruel”
T. S. Elliot
Es un día para echárselo a los perros callejeros.
Es un día en que la muerte, vestida de buhonero, quiere vender un espejo en casa de un hombre ciego.
Es una proverbial cosecha de cuervos que vuela a picotear su bulimia de ojos.
Hay un tranvía en llamas que arde en la memoria. Un tranvía que parece llegar por los rieles de otro mundo.
Hay un borracho que abre un paraguas para protegerse de una llovizna de disparos.
Hay una ronda de pájaros trazando coronas en el tablero del cielo. Son banderas de luto, patriotas de la ruina, tumbas del aire.
Hay un olor a miedo y podredumbre bajo la lluvia negra que cae sobre los muertos insepultos.
Hay estruendos de estampidas en las calles y autos fantasmas que parten la noche en dos tajos de silencio.
Hay un salón sonoro donde las novias de los ladrones y las muchachas del prostíbulo se envuelven en armiño.
Hay, alrededor del gran muerto una junta de soldados, cirujanos y enfermeras. Todos se asoman al futuro por la lente del fotógrafo.
Hay un Palacio de Justicia -ni es palacio ni hay justicia-, envuelto en llamas como un bonzo.
Hay una gavilla de ladrones subiendo un piano de cola por una colina de oriente.
Hay un hombre que envuelve entre gasas un gramófono y apresura su paso con su absurdo botín.
Hay algo de pajarracos en los grandes señores vestidos de negro, un gabinete de sombras que ha cortado la línea telefónica con la rabia en ascenso.
Hay ruinas y escombros de una ciudad necrosada. Un cortejo de estatuas de sal que miran al pasado.
Es un día para echárselo a los perros callejeros. Un capítulo abierto en la historia del miedo.
(Fotografía, tranvía incendiado el 9 de abril)

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