(XXV) Lunes 27 de abril

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(XXV) Lunes 27 de abril

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EL QUITA Y PON

A la memoria del Sombrerero,
amigo de Carroll y de Alicia.
La expresión “quitarse el sombrero” como muestra de admiración, debería tener su contravía. Yo “me quito el sombrero” ante hombres y mujeres que son mineros de sí mismos, que se adentran en lo profundo de un socavón para sacar del fondo de la mina un metal oculto, sin la más mínima intención de que su valor se tase en la bolsa de valores. En cambio, ante los que andan en puntillas para no perturbar a nadie que les pueda allanar el camino a su consagración o a su fortuna, me “pongo el sombrero” y lo encasqueto a fondo en mi cabeza, una cabeza tosca a la que le gusta escuchar el mandato de la desobediencia.
“Me quito el sombrero” frente al que logra extraer del socavón al menos una esquirla de belleza, como quien dice algo que nos acompañe sin pedirnos nada a cambio. ¿Cuántos sombreros tendríamos que quitarnos frente a la personalidad de Fernando Pessoa? Posiblemente una inabarcable sombrerería con diferentes estilos, materiales y medidas.
Alguna vez compré un gorro en el Rastro de Madrid porque era semejante al que lucía Rembrandt. Solo lo usé una vez porque me di cuenta de que a lo mejor yo podía tener su gorra, pero creo que nunca, ni remotamente, su brillante y bulliciosa cabeza. Recurrí entonces a la teatralidad de quitármelo ante un espejo para que pasara a lucir en una percha de caoba.
“Me pongo el sombrero” frente a los mineros que se deslumbran con un trozo de brillante marmaja, un pedrusco sin valor que no en balde los mineros llaman “el oro de los tontos”. Cuánta poesía que ama el brillo no es un oro de tontos, un dudoso hallazgo de mineros asombrados por un simple resplandor.
“Me quito el sombrero” cuando un músico toca una sonata mientras se hunde irremediablemente la nave, porque me hace pensar en el poeta, en ese tipejo anómalo que canta al borde del abismo. Me lo vuelvo a poner cuando oigo que alguien canta la balada sibilina del mercenario.
“Me quito el sombrero” ante el escritor que enriquece el camino de muchos mientras el suyo es culebrero y más que nada pedregoso. “Me lo pongo” ante los que son poetas de segunda pero cortesanos y aduladores de primera. Tartufo compraba sus sombreros en una patafísica sombrerería para acéfalos, que quedaba según creo recordar al frente del Palais Royal de París. Me imagino que dada su condición camaleónica, Tartufo compraba un chambergo distinto para cada función.
Sin embargo, como el mundo es bicéfalo pero no binario, hay quienes me hacen poner y quitar el sombrero a cada tanto y esto perturba y desacomoda mi cabeza. Generalmente, ese quita y pon sucesivo lo suscitan los escritores o los pensadores que nos llevan a una alta cima de gran valor, pero que terminan por alquilar la cabeza para comprarse un mejor o más vistoso sombrero. Como Sísifo, estos hombres nos llevan a una cima, pero al menor descuido nos dejan caer montaña abajo de manera estruendosa. Y ya resulta bastante tragicómico, algo así como un acto circense, quitarse y ponerse el sombrero a cada tanto, mientras nos asomamos a una inagotable galería de espejos.
Confieso que admiro al viejo y legendario coronel de muchas guerras, a su juventud hace mucho tiempo jubilada. Lo admiro porque no le gustaba usar sombrero para no tener que quitárselo ante nadie.
Frente al paciente espejo del baño, un cristal que me ha visto envejecer con una sabia paciencia y que ahora permanece indiferente en un rincón de mi sorda cuarentena, acomodo mi sombrero en esta hirsuta y necia cabeza. Es un juego inoficioso que sin duda tiene algo de circense.
Muy seguramente habré de ponerme el sombrero cuando vuelva a leer esto que estoy escribiendo, pero ya es tarde para cambiar mi punto de vista.
(Pintura de René Magritte)

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