(XXIX) Martes 5 de mayo

(XXIX) Martes 5 de mayo


SOBRE HÉROES, TUMBAS, TESTAMENTOS, EPITAFIOS Y ESTELAS FUNERARIAS

 

 

No apuré
mi juventud,
no me llegó la vejez.
Hoy me cubre
el frío suelo.
Como una madre
me abraza.
(Estela del museo arqueológico de Argos)
Me dice una alumna que ya que hemos estado leyendo la “Antología de Spoon River”, de Edgar Lee Masters, escriba una líneas sobre el tema de los epitafios, de las tarjas funerarias, de testamentos y otras despedidas. Se me ocurre sacarle el bulto a la parte puramente trágica del asunto, más allá de la coral de muertos de ese poeta que ideó el poblado imaginario de Spoon River. Ese cementerio imaginado fue visitado por Juan Rulfo: giraba en su misma órbita que le daba voz a los muertos. Ambos me parece que manejaban con destreza una ouija ilustrada y hacían un prontuario de fantasmas.
Las estelas funerarias chinas de las que el poeta francés Víctor Segalen siguió sus huellas, en nuestro medio corresponderían a esas cruces que vemos al borde de las carreteras y que señalan a un yacente. Desde hace años tengo “Estelas”, el libro del poeta en versiones de Manuel Álvarez Ortega.
Segalen escribió esas estelas, unos poemas en prosa, siendo médico en cercanías de Pekín en 1911, según datos de su traductor, cuando viajó a a China combatiendo (parece imposible saltar el vallado de esta contingencia actual), empeñado con otros médicos como él en amainar una peste, precisamente como se afirma ahora, originada en la misma China misteriosa.
Se dirá que en estos tiempos fronterizos que vivimos este es un tema pedregoso. Pero, Carolina, no hay que mirarlo a la trágica. Pienso en el Cementerio de Sapantza, en Rumania, al que también llaman cementerio de la risa o cementerio alegre. Los epitafios de ese camposanto empiezan por poner una sonrisa en los labios de los visitantes, así sean deudos, que de pronto van estallando en risas abiertas dada la naturaleza de las inscripciones. Se ha hecho célebre un epitafio que tipifica la naturaleza de estos epitafios. Víctor Gómez recogió unas esquirlas de ese humor con vitriolo grabado en las tumbas. Como este epitafio pedigüeño que devela la naturaleza ebria y festiva del durmiente:
“Tú que vienes de visita
a mi lugar de descanso,
deja una botellita de vino”.
Tres versos y con ellos la síntesis de toda una vida, tal es el propósito de este y de otros epitafios. No necesitamos más que tres versos para saber qué clase de vital personaje es el que mora bajo esa lápida. Un irreductible hombre que desde el más allá le pide a un viandante que en vez de flores le deje un vino, que es un beso de la uva. No se por qué pienso que este epitafio le calzaría a más de un buen amigo.
Lo anterior ocurre en un país sorprendente en el que por algo han nacido Cioran, Ionescu, Eliade, Tzara, Brancusi, Blaga, Cartarescu, Bacovia, Blandiana y Marin Sorescu, a quien entrevisté una vez, un notable poeta que en verdad vale mucho la pena leerlo. Le pregunté a Sorescu (Magazín Dominical, El Espectador, junio de 1994), cómo se explicaba que un país tan pequeño produjera escritores y artistas tan disruptivos en tan numerosa cantidad y calidad. Me respondió que Rumania, que fue invadido por los dacios y que también fue un botín otomano, siempre estuvo a punto de perder la cabeza, inclusive bajo el régimen stalinista del dictador Ceausescu, que luego fue ejecutado por su satrapía. Agregaba el poeta que una cabeza a punto de ser cortada sin duda piensa distinto.
Lo bueno, creo, de ese cementerio de la risa es que registra el paso por el mundo de gente corriente, casi fantasmal en sus vidas. No como sucede con merecido respeto en las tarjetas de visita que son las lápidas de grandes hombres con aspiraciones a la gloria, ese anhelo bastardo que los antiguos definían como “el sol de los muertos”.
Un muestrario puede dar cuenta de este aserto. El epitafio de Shakespeare, por ejemplo: “Maldito aquel que mueva mis huesos”, algo que parece salido de Hamlet, con o sin calavera. El que quiso Henry Miller, camorrero y provocador, pero que no se cumplió pues en verdad fue incinerado: “Voy a golpear a esos bastardos”. Me agrada mucho el epitafio del poeta Robert Frost: “tuve una pelea de enamorados con el mundo”. El más conmovedor es sin duda el de Primo Levi, antifascista italiano, novelista y poeta sefardí que sobrevivió al Holocausto. En su lápida hizo inscribir 174517, que fue el número que le tatuaron los nazis en un brazo. Resulta quizás imposible una diatriba más breve y contundente.
Los epitafios, con la excepción del cementerio rumano, son por lo general llamadas moralizantes para los desprevenidos caminantes. Elogios a los muertos sobre todo si se trata de un héroe caído en combate. Mi predilecto quizás sea el que encontré con mi hija Andrea en el Cementerio de Colón, en La Habana, sobre el que hice una crónica (Magazín Dominical): “La mar violeta añora el nacimiento de los dioses/ ya que nacer es aquí una fiesta innombrable”, con lo cual, más que celebrar su propia vida Lezama Lima celebra el hecho de ser cubano Y el del romántico británico John Keats: “Aquí yace uno cuyo nombre está escrito sobre el agua”. El de Henry Miller se quedó solamente en deseo pues en verdad fue cremado. El autor de “Una pesadilla con aire acondicionado” hubiera querido que dijera: ”Voy a golpear a esos bastardos”.
Si quiere, busque la “Antología Palatina” (Gredos), que recoge epitafios reales y literarios para ver cómo se confunden unos con otros. Y ya que insiste va el mío: “No estoy para Nadie”, una frase que me asedia en los momentos de mayor crisis misantrópica. Pero mejor le copio un testamento que fragüé sobre el autor que andamos leyendo:
TESTAMENTO DE EDGAR LEE MASTERS
Fui deudo, cochero,
enterrador y cadáver,
y jamás logré fortuna.
Donar las llaves de Spoon River
es poner cerrojos
donde no existen puertas.
La bailarina rusa, el ciego del violín,
la reina de la noche,
el barbero y el juez
tuvieron como yo
un activo comercio con la muerte.
Algunos levantan factorías,
carreteras al alba,
teatros para música de cámara.
Yo solo dejo
un oscuro cuaderno de epitafios.


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