(XIV) Miércoles 8 de abril

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(XIV) Miércoles 8 de abril

(XIV) Miércoles 8 de abril


SEÑALES

“El mundo era todo espasmo”.
Henri Michaux
Bogotá.
Colombia todavía. Cielo despejado de nubes de un azul cobalto. Desde el piedemonte de los cerros orientales puede verse en la lejanía el Nevado del Tolima. Por estos días de pandemia algunos animales silvestres, las zarigüeyas con sus crías, esos curiosos marsupiales que en México llaman tlacuache, lo mismo que algunos zorros cangrejeros y arrendajos de montaña, toda una fauna desplazada por la desmesura urbana, ha regresado por lo suyo y por lo pronto ha enviado algunos valientes expedicionarios.
Se van repoblando de animales el Parque Entrenubes, los humedales y la carretera que llega culebreando hasta Choachí. Ya alguna vez, hace mucho tiempo, en un bosque de niebla del Sumapaz vi asombrado que unas ramas venían hacia mí, pero el bosque shakespereano resultó ser la cornamenta de un venado. Le conté esa maravillosa visión a un amigo que vivía en el centro de la ciudad y el hombre me miró, aún no se si como a un ovni o como a un mentiroso de pura cepa. También, me dicen, se alcanza a ver el Nevado del Ruiz. Por unos días superamos la pandemia del ruido y en mi cuadra no solamente se oyen las mirlas, que por lo demás son unos pájaros ariscos y territoriales. El abutilón, que ha sido permanentemente una suerte de restaurante de colibríes, ahora resulta sin lugar a dudas mucho más visitado.
Mis amigos que viven en el barrio La Macarena o en las Torres del Parque son privilegiados con la vista del Nevado del Tolima. Yo me he conformado con verlo en la ventana fría y amodorrante de un televisor. Sin ser agorego ni milenarista, todo esto me llevó a pensar si estas no serán algunas señales de que, quizás, lo único que pueda estar sobrando en la naturaleza sea el hombre. El hombre y su soberbia. El hombre y su despotismo. El hombre y su cómodo alzarse de hombros frente a una debacle que anuncia el abrupto final de un proceso. De un lastimoso y descarnado proceso.
Pretendo a esta hora de la tarde buscar al menos un poco de diálogo civilizado y lo encuentro en un libro que hace rato quería releer, “Walden”, la vida en los bosques, la obra de un anarco-naturalista llamado Henry David Thoreau, cuyas ideas civiles y desobedientes influyeron en Mahatma Gandhi y en León Tolstoi.
Llamé entonces a mi hermana a su refugio en el Valle del Cauca, le hablé del tema y ella me recordó, en esa misma dirección, que alguna vez escribí unos versos sobre el tiempo que permanece atrapado entre los libros y sobre cómo para siempre estará Heráclito bañándose en el mismo río y en la misma página.

Nota:
Cuando recuerdo que mi amigo Stefano Strazzabosco, filólogo, músico y poeta, hizo un “Canto de las hormigas” y lo escribió en hormigués clásico, cansado tal vez de la lengua de los hombres y eso a pesar de que su lengua materna es el hermoso italiano, me entran de inmediato unas ganas de no hablar en “humano” y de entrarle mejor al aprendizaje de algunas lenguas animales. Esos idiomas que no conocemos y que posiblemente se hablarán cuando ya no estemos en la tierra, vendría bien aprenderlos para pedirles disculpas a los expoliados animales.
Me resulta imperioso propiciar la fundación de academias de tortugués, que es el idioma lento y sin apuros de las tortugas, de gatalán que es la lengua de los siempre misteriosos felinos y que muy seguramente hablan en los barrios bajos de Barcelona con Jordi, mi amigo poeta. O impartir la enseñanza del púlgaro, un idioma nervioso que se habla dando brincos. No me gusta para nada, eso sí, la pronunciación del ratonés vernáculo, sus hablantes siempre parecen estar royendo misterios en rincones húmedos, en cloacas, en partidos políticos y en otros oscuros callejones. Cualquier lengua zoomorfa le vendría bien a mi sano propósito de escribir zoonetos clásicos, elegida alguna de las lenguas de esta rica Babel mal estudiada aún, que recoge y preserva las lenguas antiguas de los animales.
Es casi segura mi predicción: posiblemente vamos a terminar respetándolos, dejándolos en sana paz y pidiéndoles perdón en todas las lenguas habidas y por haber.
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