(XXXX) Sábado 30 de mayo

(XXXX) Sábado 30 de mayo


HERÁCLITO Y LAS AGUAS

 

El tiempo permanece atrapado
entre los libros.
Por este prodigio de aprehensión,
Heráclito sigue bañándose
en el mismo río,
en la misma página.
Tú seguirás para siempre
desnuda en mi poema.
Hoy tuve un encuentro de manera fugaz, cada uno tras la reja de un garaje, con un amigo filósofo que hace un par de años vive en México. Me traía una revista que me enviaba una amiga de regalo y unas almendras de postre. Tuve como pocas veces en este encierro la sensación de estar en un presidio. Por la mitad de las rejas y a prudente distancia nos saludamos con voces asordinadas por los tapabocas, cuando por lo general el saludo iba acompañado de dos manos extendidas, una por cada prójimo. Alberto, que así se llama, me recomendó dos cosas. Una, que no me fuera a atragantar con la bolsa de almendras, pues la bulimia es propia de los encierros. Y letrado como es, me contó que el Marqués de Sade con lo único que soñaba en su reclusión en Charenton era con que le llevaran pasteles y manjares de la culinaria francesa. Alberto no ha perdido el hábito de decirnos a mí y a otros amigos, así sea tras un breve encuentro, algo que nos deje pensando. A mí me ha nutrido, él lo sabe y se ríe, con muchos y variados insumos que agradezco para mi amplio archivo de datos inútiles o innecesarios. Me recomendó que leyera un ensayo sobre Heráclito publicado en la revista acerca de su metáfora de que nadie se puede bañar dos veces en el mismo río, pues siempre somos y no somos los mismos. Eso fue todo. Supongo que al despedirnos, pues no puedo saberlo con certeza, ambos esbozamos una sonrisa bajo el cubrebocas, esa prenda de moda que nos regala un cierto aire de ladrones de ganado en un camino polvoriento del oeste.
Entro a casa. Me quedo arrellanado en un sofá pensando en el visitante fugaz, en cómo de alguna manera me descubrió hace muchos años “La primera aventura celestial del señor Antipirina”, el texto de Tristan Tzara, ese rumano chifloreto que en su animadversión a los filósofos cartesianos afirmaba que “el pensamiento nace en la boca”. Ese fue uno de esos datos que anoté alguna vez en mi manual de rarezas e inutilidades. Me quedé remascando la vieja y ultracitada frase de Heráclito y pensé que la tenía fácil para enunciar esa metáfora del tiempo, toda vez que los filósofos no se bañaban ni el el mismo río ni en ningún otro, y pongo a salvo el pellejo diciéndole a mis amigos amantes de la filosofía que me refiero solamente a los pensadores de la época de la escuela jónica. Así de sencillo, nada de baños en el río, tampoco de mar y menos aún en la ducha.
Todo esto, a pesar de que la ducha fue inventada por los griegos para que sus atletas se refrescaran tras sus largas jornadas físicas. Pero valga la pena recordar que Heráclito nada de trotecitos ni de jabalinas, y menos aún de canotaje. Solamente (también lo tengo anotado en mi manual de datos inútiles), fue en el siglo XIX que un autor anónimo reinventó de manera más moderna la ducha. No me lo van a creer, fue precisamente en Europa, en Francia. Ahora a esas formas de pastorear el agua, de zampar un río en una habitación las llaman con un eufemismo que, debo reconocer, tiene un cierto y ligero acento erótico, “zonas húmedas”.
Creo que fue el mismo Alberto y no se si por puro joder o por un dato verídico de su cuño memorioso, quien me contó que la ducha la inventó un francés del mismo apellido de ese artista de urinarios que nos enredó la pita, Duchamp. Que supuestamente, muy supuestamente, de su apellido se deriva el nombre de Ducha, que era como le decían los amigos confianzudos a Marcel. Se me dio entonces por leer en la jerga de los diccionarios su escueta definición. “Ducha: baño en que el agua cae sobre el cuerpo del sujeto”. Tal vez yo le agregaría que cae más deliciosa aún sobre el cuerpo de la sujeta.
Y acá va mi posible y quizás tardía refutación. Si fue inventada por un europeo del siglo XIX resulta bien posible que no lo haya hecho únicamente por motivos de asepsia, por nobles motivos de higiene. Y agrego: creo que posiblemente lo hizo con fines políticos, para amenazar a los presos y conminarlos diciéndoles que si no delataban a sus compinches, si no “cantaban” lo que supieran los condenaban al baño sin ninguna apelación.
Tal vez de allí provengan esas ganas irrefrenables de cantar bajo la ducha.
(Busto anónimo de Heráclito)


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