(XVIII) Viernes 17 de abril

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(XVIII) Viernes 17 de abril

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LA AMISTAD

“No se busca, no se sueña, no se desea: se ejercita (es una virtud)”
Simone Weil
En estos días de introspección, a cada rato aparecen y desaparecen de la memoria los amigos. Algunos de ellos fueron y dejaron de ser fantasmas, involucrados y casi entrometidos en nuestras vidas. Algunos llegaron a interrogarnos desde la literatura. Pongo como ejemplo a Nicolai Gogol.
Gogol describe las aventuras sibilinas de un tal Chichíkov, personaje despreciable de Almas muertas, y obviamente en mi adolescencia aborrecí esa figura esperpéntica pero de la misma manera aprendí a apreciar a su creador por su agudeza tragicómica y porque sin saberlo dibujó un arquetipo humano que podría haber nacido en estas tierras.
Este sujeto artero de la novela negociaba con siervos muertos. El siniestro hombrecito les compraba a los grandes señores su servidumbre muerta para que así no tuvieran que pagar impuestos a los administradores de la ciudad. Difícil hacerse amigo de un comerciante de muertos, de un inventor de tejemanejes burocráticos que tendría buenos alumnos en estos pagos, pues las suyas parecen prácticas similares a las que por acá llamamos falsos positivos.
Aunque nuestra narrativa por lo general no atiende a la tragicomedia, su novela es un buen insumo para la creación de un ámbito que retrate lo peor de una sociedad mal gobernada por la mentira. Se trasplantaría muy bien a nuestro entorno, que es un ámbito donde la mayor corrupción se da primero en las ramas, baja por el tallo y luego llega hasta el subsuelo. Cómo no recordar en este punto la sentencia de Louise Michel: “De lo alto no se desprenden nada más que mentiras”.
Quisiera señalar esos amigos fantasmas que encontramos en libros como el de Nicolai Gogol, aunque este ni se enteré de que lo consideremos amigo, de que practiquemos una amistad sin su consentimiento, a traición. Y en ellos, enemigos igualmente fantasmales como Chichikov, un traficante de almas. De allí y de otros lugares más visibles de la realidad quizá procedan algunas de mis filias y mis fobias.
A veces duele más perder a un simulado amigo de la ficción que a uno de esos sujetos que se nos aproximan con la mira puesta en algo de lo que puedan sacar provecho. En estos casos molesta sobre todo haber perdido el tiempo en conversaciones o en proyectos falsamente compartidos.
Hay gentes que no tienen amigos sino peldaños, así que un minuto dilapidado en cualquier vendedor de humo, sea político o literario, deja una desagradable sensación de estafa.
Hay mucho en qué pensar durante un encierro como este. Se me ocurre pensar, por ejemplo, en la vida de los amigos en esta hora en la que todo parece una víspera. Una víspera de no se sabe bien qué, pero una víspera. Pensar, por ejemplo, que la amistad es una religión de un solo dogma, la fidelidad que puede ser practicada aún desde el disenso. “Sincera oposición es amistad”, decía William Blake en uno de sus proverbios del infierno.
A riesgo de una interpretación cerrada, el aforismo de Blake me hace pensar que una auténtica y sincera oposición en las ideas también es muestra de amistad, que callarlas, que dejarlas pasar es más bien una falta de interés por el otro, un acomodo a la nata espesa del “acá no pasa nada”, detenidos en una estación levantada en el limbo.
Con los amigos, y me pliego a decir con las amigas, en ese discutible manejo de géneros, es bueno vivir al día y para eso se requiere firmeza pero a la vez cuidado más que respeto. No creo que el mundo sea binario, de ahí que dividir privativamente el mundo en los que son amigos y los que no, en filias y fobias, puede resultar un esquema apretado. Pero la verdad, no se puede ser amigo de todo mundo o de lo contrario no se es amigo de nadie.
En el centro de esta pandemia pienso en algunos de mis amigos. Y en cómo llevarán este asunto que nos deja a todos en mitad de una vida que sentimos habitada entre paréntesis.
Sin duda, y es casi necio repetirlo, la suerte del mundo está en vilo. De toda la humanidad que puebla este “globito de mala clase”, como decía el viejo amigo, maestro e ironista Ciro Mendía, es bueno y necesario pensar en la suerte de los amigos. Que sin ser una legión, son verdaderos y múltiples en sus diferencias y que no tienen por qué tener un sello único de identidad.
Prefiero que los amigos no sean uniformes, eso es algo que arropa a sacerdotes y militares, sino complejos y diversos. Sobre esa posible diversidad dice Bakunin de manera por lo demás gráfica, que “un árbol jamás produce hojas iguales”. Pero que la diversidad de los tipos humanos casi demanda un centro, una “base que comparta la solidaridad”.
En concordancia con lo dicho por el autor de “Dios y el Estado”, recuerdo esto que escribió en su autobiografía el celebrado de estos días por su natalicio, Charles Chaplin: “Lo que más me importa es la dignidad humana. Si se empeñan en ponerme una etiqueta que me llamen anarquista”.
Hablo de los amigos vivos y de los amigos muertos que nos siguen acompañando en buenos trechos del camino, sean estos leves o pedregosos. Y también hablo de algunos que me son desconocidos. A lo mejor esta pulsión, este impulso hacia la amistad pueda expresarla de una mejor manera con esto que pretende ser un poema celebratorio:

POEMA DE LOS AMIGOS

Aún sin estar,
permanecen en la silla vacía
y nos acompañan
como una sombra blanca.
Cualquier día,
ante una celda de hormigón,
alguno llega,
dibuja una fisura en la pared
y filtra una bocanada de aire.
Los amigos
aparecen de repente
en la hora del lobo,
nos arriman una barca
que transporta otras orillas
y volvemos, sin saberlo,
al viejo oficio
de zurcidores de alas.
Cómo nos ayudan a amoblar
la soledad,
a despoblarla de fantasmas.
Qué manera de invadir
nuestra memoria,
como quien entra en el sigilo
de una Troya dormida.
A veces regresan
en los trenes del exilio,
desde un país con multitudes
de un solo hombre,
con religiones
de un solo feligrés
y rumores de flauta.
Aparecen sin permiso
cuando ladra la jauría
y los perros que miden el vacío
se agolpan en torno de la casa.
Aparecen en la hora
de la emboscada y la ponzoña,
como una sombra blanca.
(Pintura, Árbol de Piet Mondrian).
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