(XXIII) Viernes 24 de abril

(XXIII) Viernes 24 de abril


LOS CUARENTAS

 

Hoy cumplimos treinta días en cuarentena [en Colombia], aunque esta palabra acuñada por la medicina signifique exactamente cuatro veces diez y acá no sabemos cuanto dure.
El 40 tuvo un hondo significado bíblico en un tiempo de pestes y plagas con diluvios de sapos y de agua convertida en sangre. Como acá siempre han llovido los sapos, como de manera popular se denomina a la horda de soplones o delatores, ya estamos lamentablemente acostumbrados al fenómeno. Del conjuro del agua convertida en sangre es mejor no preguntarle al Río Magdalena, el río madre que una bella película de Julio Luzardo llamó “El río de las tumbas”. Porque ese noble y vejado río sí que ha visto pasar un cardumen de muertos.
La pandemia de hoy nos llega de muy lejos, porque lo que más se globaliza en el mundo son las miserias. De lejos nos llega este encierro conventual sin religión.
Me pregunto por qué, si de pestes se trata, no llevar la prevención a unos picos más altos. Por ejemplo, frente a enfermedades epidémicas que reposan sin alarmas en nuestra sociedad, poder decretar unas nuevas cuarentenas. Por ejemplo, no estaría mal decretar un período drástico para defendernos del virus de la imbecilidad aunque nos quedáramos sin presidente, del virus de la politiquería y del virus de la codicia, del virus de los tibios y del virus de los poetas respetuosos del poder, del virus de algunos periodistas que estrenan a gusto un tapabocas por ser lo más parecido que encuentran a una mordaza. O a un bozal.
Qué potente número es el 40. A Nínive se le dio un ultimátum de 40 días para que se enderezara y mostrara señales de arrepentimiento a causa de su vocación pecaminosa. El ayuno de Cristo en el desierto duró, reloj de arena de por medio, exactamente 40 días, que es lo que en principio debería durar esta súbita cuarentena.
Solo confío en que después de esta encerrona, ayunos de calle y de amigos, no vayamos a ser crucificados, aunque la banca y los corruptos en el ejercicio del poder nos puedan estar preparando una última cena.
Y dele con el fatídico número. Aparte de que soy modelo 40, no me deja de sorprender el numerito. 40 fueron los ladrones que seguían a Alí Babá y que acá se han multiplicado alrededor de un genio que alquila su lámpara al mejor postor y que siempre es el mayor impostor. Más de 40 bribones se pueden contar en las directivas de un banco y en sus poderes fácticos. 40 ladrones, mal contados, hay en cualquier reunión de políticos venales, 40 ladrones tienen por cárcel su hacienda y hasta, posiblemente, su yate surto en el olvido.
De otra parte, Cristo fue tentado por el nefando, lo dicen los libros sacros, y conminado a mostrar su poder convirtiendo piedras en panes. Un respetable catedrático salmantino de singular apellido Guijarro, si hay Rocas por qué no Guijarros, afirma que el número 40 aparece al menos 100 veces en la Biblia. Que por algo el diluvio duró 40 noches con sus respectivos días solares. Fue un aguacero legendario que me hace pensar en el que está por desatarse ahora mismo en Bogotá, una ciudad que se ha ganado la mala fama de lluviosa, a tal punto que es muy fácil adivinar el clima sin ser un meteorólogo. Si la montaña tutelar está nublada, es porque está lloviendo. Si no lo está, es porque va a llover, como en cualquier novela costumbrista. Un crítico sarcástico de nuestra narrativa solía decir durante los inviernos más crudos: “llueve, como en la peor literatura colombiana”. Y es cierto, cada vez que un novelista no tiene mucho que decir, como si fuera un avezado taumaturgo hace llover en mitad de la blancura de una página. Si hasta Isabel veía llover en una ventana de Macondo…
Y más de los cuarentas. Moisés hubo de orar 40 días antes de emprender su camino hacia la tierra prometida. Elías, un profeta levitante, pagó 40 días de ayuno durante una feroz bulimia de vacíos.
Consulto sobre el tema a mi maestro catecúmeno, el padre Fortunato Casares, un español anclado en la sabana de Bogotá y que tiene un estilo peculiar que me agrada, una cierta sorna dialéctica, de cura rojo. En materia de exégesis cristianas es un cura que lo sabe todo. Me apabulla con 40 latigazos verbales de su cabalística sabiduría, antes de que se caiga la llamada por tercera y última vez.
Posdata:
Pienso en el “Combate del carnaval y la cuaresma”, la alucinada y alucinante pintura del flamenco Brueghel el Viejo y sospecho que viene a cuento en este enfrentamiento que vivimos.
Miro de reojo el combate. En una esquina del ring, con más de 80 kilos, Joe Cuaresma, un peso pesado de la estirpe de Cassius Marcellus Clay Junior. En la otra esquina, un púgil de peso pluma, Kid Carnaval, de la estirpe de un juglar desnutrido de provincia.
Sospecho que la pelea resulta desigual sobre todo, y como siempre, a causa de los improvisados pero mañosos empresarios.

Pintura, fragmento de «Combate del Carnaval y la Cuaresma», obra de Pieter Brueghel, el Viejo.


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