(VI) Chopin, lilas

(VI) Chopin, lilas


El 6 de abril, Pepa me mandó al pabellón B. Cuando nos presentamos ante la mesa de Pepa ya estamos todos los celadores y los compis del personal de servicios generales vestidos de punta en blanco, salvo los que llegan tarde. Por cierto, me han dado otros zapatos, también blancos. Los primeros que me dieron eran excelentes para trabajar, correr y bailar, con una suela ergónomica, gruesa y flexible. Pero tenían agujeros en el empeine, por donde podrían entrar Cóvid y vietcong, ya saben: Cóvid es malo y vietcong mata a Cóvid, pero es abrasivo para la piel. Así que los zapatos nuevos tienen el empeine cerrado e impermeable tanto para Cóvid como para vietcong. Eso es bueno. Pero la suela es fina y dura y al cabo de 7 horas con  ellos te duele todo. Hacen daño al correr y si bailas, ha de ser con pasitos cortos y sin saltar. Y a mí me gusta saltar.

Bueno, el caso es que Pepa ya está con su plantilla de jefa y los teléfonos que nos va a repartir a los currelas. Hay que entrar en la oficina de uno en uno. Si entramos más, Pepa nos riñe y nos echa fuera. El primero que entra suele sacar la caja con las mascarillas quirúrgicas para aquellos que no tengan. Yo siempre aparezco con la mía ya puesta, porque recojo el uniforme en el pabellón A y allí mismo me pillo una mascarilla. Mientras esperamos, hablamos de las cosas que hablan los currelas. Yo hablo mucho con Andreu, que es el otro guía de montaña en la plantilla. Ya da por perdido el curso de TD2, cuyos exámenes son en Junio.

Cuando firmas, Pepa te asigna el pabellón al que tienes que ir y te da el teléfono correspondiente, recién desinfectado. Bajo tu firma tienes que poner la letra del pabellón y apuntar el número de teléfono que te dan. Luego ya te vas a tu puesto de trabajo. El día 6, Pepa me mandó al B, donde ya había estado un día. El B, como dije, es caótico y divertido, algo relajado en los protocolos. Tiene muy buen ambiente y la supervisora, Edurne, es bastante maja.

Recuerdo especialmente ese día porque es el primero en el que me pongo el súper EPI desde primera hora de la mañana para entrar en las habitaciones y ayudar a las auxiliares. Voy con Sonia. La ayudo a limpiar a un par de pacientes. Ya hablaré de eso más adelante. Antes nos hacemos fotos, las auxiliares y yo, todas con el súper EPI. Las hacemos con el teléfono de Sonia. Le digo a Sonia que luego me las mande. Es la manera que tengo para que ella me dé su teléfono. Un viejo truco. Al final de la jornada, se lo recuerdo y ella me lo da con toda la generosidad. Cuando llego a casa le pido las fotos por whatsapp y ella me las manda enseguida. Le doy las gracias y ella me mando un “de nada” entusiasta, con emoticonos guays. Pero ahí se queda la cosa. No me atrevo a llamarla ni a decirle nada más por el was. Me corto. Y además sería un abuso por mi parte, claro. Así que tengo su teléfono pero qué. Mientras escribo esto se me ocurre otra idea. Pedirle que si me deja esas fotos para ilustrar esta entrada en el Facebook. Quizá lo haga. Miro su foto de perfil y hay dos preciosos niños pequeños y rubios como Sonia. Vaya por dios.

Bueno, el caso es que trabajamos  bien ella y yo juntos. Somos un buen equipo. Pero salimos de una habitación y allí está Pepa con la camilla de los exitus. Hay un fallecido en el pabellón y me lo tengo que llevar. Me lo llevo con Pepa y Alberto, un celador alto con el pelo largo y aspecto de vikingo. Es el que tiene el gorro más guay, gorro de enfermero pero de tela buena, fondo rojo y dibujos de todo tipo de perros. Me doy cuenta que aquí, en el hospi, lo que priva es tener gorros molones, como los gorros keniatas de las chicas del pabellón A, o como el de Alberto. Gorros molones frente a mi gorro de papel que forma parte de los EPIs del hospital, un gorro que no te aporta personalidad ni te hace parecer en tipo molón ante las chicas. Pienso que me tengo que agenciar un gorro de esos mientras Alberto y yo vamos sacando al exitus ¿Me he vuelto insensible y frívolo ante los fallecidos? ¿Ya no lloro bajo la lluvia? ¿No siento el dolor abismal de la pérdida y la muerte? Efectivamente, así es, me he vuelto duro como la piedra ante los cuerpos inanimados de los muertos. Los manipulo sin sentimientos. Los muevo de una camilla a otra sin pensar en otra cosa que en gorros de colores para impresionar a las chicas. Sí, no puedo permitirme un saldo emocional como el de los primeros días. Nadie soportaría ese sufrimiento continuado. Tienes que disociar. Tienes que guardar fuerzas para los vivos. Para tus compañeros vivos, para tu familia viva, para las chicas vivas, para tus amigos vivos, para los pacientes vivos. Ah, piensas todo eso. Y lo llevas a cabo. Disocias. Tocas la muerte y disocias. Te acuerdas además de lo que decía Chirbes en una novela. Un tipo vela el cadáver de su hermano muerto y espera alguna revelación. Pero la muerte no ofrece ningún secreto. Está callada. Luego, cuando cojo el coche para volver a casa,  y pongo música, y cruzo el esplendor de la primavera confinada, ahí sí que pongo un poco triste. O luego en casa, de repente, me siento en el sillón y tengo ganas de llorar. Pero mientras manipulo a los exitus, no. Alberto tampoco. Charlamos como si allí no hubiese un ser humano recién fallecido. Lo tratamos con el máximo respeto, pero también con la máxima distancia emocional. Son mecanismos de defensa. Lo llevamos al mortuorio. Lo vamos pasando de un sitio a otro, de una camilla a otra, hasta que lo dejamos abandonado en la cámara frigorífica, que a veces está vacía y otras veces llena. Hoy hay tres. Y hay que traer más. Por eso Pepa me dice que cambie los números pegados a las paredes del súper frigorífico, para hacer más sitio en el depósito. Solo cuando tengo que salir de allí, y dejar el cadáver definitivamente solo, a mí, que soy un ateo recalcitrante, un comecuras peligroso, me dan ganas de persignarme, porque es  la forma que tiene la cultura en que he nacido de despedir a los muertos. No lo hago, pero lo hago por dentro. Me despido de ellos.

Vuelvo con Alberto por los jardines de Chejov. Entre lilas olorosas. Cortamos algunas para llevarlas al pabellón. Vamos a llenar el pabellón de lilas, tío, las habitaciones de los pacientes vivos de lilas, los pasillos de lilas, vamos a acabar con el olor a alcohol, a vietcong, a Cóvid, a muerte, llenándolo todo con el maravilloso olor de las lilas. A Chopin le encantaba tocar el piano rodeado de lilas. Llegamos Alberto y yo, llenos los brazos de lilas, traje blanco con pétalos de lilas,  hombros, brazos y pechos llenos de lilas. Todavía no tengo gorro fashion, pero las lilas hacen que ahora no me importe.

Como al llevar al exitus hay que deshacerse en el mismo pabellón mortuorio del súper EPI, y dejarlo todo allí, en el cubo de residuos chungos, esa mañana ya no entro más en las habitaciones y hago otras cosas. Al terminar, como he dicho, le recuerdo a Sonia lo del teléfono. Luego miro las fotos en casa y me parto de la risa. A mi madre no se la mando. Llevo mes y medio sin verla. Ella no sabe que trabajo en un hospital, que manipulo enfermos y cadáveres, que trabajo con Cóvid, por Cóvid, contra Cóvid. Si lo supiera probablemente se asustaría y estaría todo el día preocupada. Así que, cuando hablo con ella por teléfono, no se lo digo. Le digo que estoy en casa confinado todo el santo día, que  no estoy completamente solo, porque tengo aquí al lado a Lebowski y a Lúa; que mi vida es un rollo inoperante, impotente y estéril; que no cruzo dehesas deslumbrantes; que no me pongo zapatos de mafioso; que no corro nada, porque estoy confinado en los 15 metros cuadrados de mi cabaña; que no recojo lilas junto a un vikingo; que no he conocido el microuniverso fascinante de un hospital; que no sé nada de nada; que no vivo la aventura más intensa y dura de mi vida; que no he conocido a gente maravillosa; que no anhelo un gorro de colores quizá con dibujitos de osos pardos; que no he limpiado mierda de enfermos y luego les he dado de comer con una cuchara diciéndoles, venga, come, señor,  que si no vas a tener que aguantarme una temporada. Es decir, mintiendo a madre, como cuando era joven, como si ella no fuese capaz de asumir la realidad. Ya se lo contaré todo cuando todo acabe, cuando yo no esté cerca de Cóvid y no le pueda contagiar nada, cuando podamos pisar las calles nuevamente. ¿Se sentirá orgullosa de mí, de mí, que le he dado siempre decepción? Salvo quizás una vez. El año pasado, cuando presenté mi libro en nuestro pueblo, tomó la palabra y dijo que se sentía orgullosa de mí. Mi madre.

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