(XVI) La portería

(XVI) La portería


 

Un día se levantó el campamento y los nómadas marcharon. El 30 de abril el pabellón C fue desalojado a lo largo de varias horas de frenética actividad. La pandemia remitía y los pabellones debían de ser desocupados para su desinfección. Ya había ocurrido con el B, donde seguía internada la mujer gigante, y con el D, donde la mujer delgadísima proseguía su agonía. Ahora le tocaba su turno al edificio principal, donde se encuentran los pabellones C y E, los más grandes y poblados. Desde primera hora de la mañana, justo después de los desayunos y casi al tiempo que se llevaba a cabo la vuelta de los aseos, un ejército de ambulacieros esperaban abajo, en la calle, o iban llegando en oleadas sucesivas desde la autopista vecina. Llegaban con un nombre apuntado en un papel oficial donde figuraban los datos del paciente y su eventual destino. Yo los acompañaba a las habitaciones para movilizar a los pacientes. Los pasábamos de los lechos a las camillas utilizando una especie de tabla de plástico que recibe el nombre de tránsfer y que sirve para pasar los cuerpos de un lado a otro sin apenas esfuerzo y sin daño para ellos. Poníamos en las camillas las bolsas de plástico azul, con las escasas pertenencias de los pacientes, y estos se marchaban junto a sus misteriosos guardianes, los ambulacieros, tipos enormes y forzudos, animales casi mitológicos que se movían con enorme desenvoltura y eficacia y desaparecían enseguida sin apenas haber intercambiado dos o tres palabras con nosotros. Muchos pacientes se iban de alta. En algún sitio les esperaba una residencia, uno de esos lugares temible donde tantos ancianos habían sucumbido; o quizá una vieja casa familiar, con alguien que cuidaría de ellos; o quizá una casa de renta antigua, donde habían vivido toda su vida y donde ahora regresaban y los ambulacieros les subían por escaleras de madera que crujían bajo el enorme peso, con las puertas de los vecinos ligeramente abiertas para ver pasar la exigua comitiva de apestados. Los que seguían en manos de Cóvid eran trasladados al pabellón A, el único en todo el hospital que seguía y sigue siendo territorio del virus. Durante toda aquella mañana loca no paramos de desalojar pacientes, como si aquello se tratara de una huida ante el avance de tropas enemigas. Pero lo cierto es que era una buena señal: Cóvid iba perdiendo terreno, la actividad sanitaria regresaba a la normalidad y volvía a ocupar su sitio en los lugares donde el virus había marcado sus normas y dejado su huella desde hacía dos meses. Las habitaciones, el pabellón entero, parecía ahora vacío, un lugar triste, desahuciado convertido en un teatro en ruinas. Entrabas en la habitación donde siempre había estado José María y él ya no estaba allí. La cama de Carmen estaba vacía. En otro cuarto algún enfermo se había olvidado una foto de la familia. Colgando del triángulo sobre la cama, seguía temblando un pequeño crucifijo. Había un aire de premura y desamparo, de incongruencia y desastre.

Mi siguiente destino, durante una semana entera, volvió a ser el pabellón A, es decir, desde ese momento el pabellón del Cóvid, el lugar improbable marcado por la presencia amenazante e invisible del virus y donde era preciso seguir utilizando súper Epis y manteniendo todos los protocolos de seguridad, como si el tiempo de la pandemia no hubiera transcurrido por allí.

Pero antes, aquella mañana del desalojo, yo no paraba de formular la misma pregunta a todos los ambulacieros, esos tipos duros que nos robaban a nuestros abuelos y a los que yo seguía dando grandes zancadas por los pasillos hasta que desaparecían en el ascensor con su aire de desgana y eficacia.

-Eh, compi ¿dónde te lo llevas?

-A un residencia- contestaban sin inmutarse, despectivos como centuriones.

-A su casa– decían otras veces, sin dejar de mirar al frente como una determinación casi militar y sin añadir ningún otro comentario.

Y entonces mi cabeza se ponía a trabajar a 100 por hora y también mi corazón, a cien por hora, en virtud de esa respuesta. Porque si se los llevaban a una residencia significaba que la vida ya no podría ser hermosa para ellos, no solo por lo que Cóvid y el gansterismo político había hecho en las residencias, sino porque significaba también que no tenían una patria a la que regresar, una casa, un hogar, sino que para siempre serían extranjeros, exiliados, despojos errantes por el invierno de las residencias, a las que ahora yo no podía imaginar sino como viejos caserones en ruinas donde aullaban el viento y gritaba la podredumbre, y a cuyo alrededor yacían sin enterrar miles de ancianos. Casas enormes con los porches abatidos, los vidrios de las ventanas rotos, los muebles asolados por la carcoma y las ratas corriendo por los agrios corredores. E imaginaba a los ambulacieros como Carontes impasibles, barqueros sin rostro que se los llevaban por la laguna Estigia y el Leteo de las autopistas, flanqueadas por setos de árboles, por misteriosos tejos símbolos de la muerte y la eternidad, los abuelos mirando hacia afuera, tornando a despedirse otra vez de la vida. Me parecía inconcebible que esas personas a los que habíamos tratado en el hospital no tuvieran otra oportunidad, sino la condena de vivir y morir en una residencia.

Y de los que se iban a casa, sólo podías esperar que alguien los estuviese esperando allí, una familia con mascarillas, sí, con miedo y con reparos, pero una familia, al fin y al cabo. O, en el peor de los casos, nadie: la casa vacía, habitada solo por los recuerdos. “Ser viejo es una especie de posguerra”, nos había dicho el viejo Joan Margarit. De una posguerra donde uno ha perdido la última batalla. O todas.

Durante varios años, dos mañanas a la semana habíamos estado llevando a mi madre a una residencia. Allí jugaba, recibía charlas y socializaba con otras personas mayores. Cuando Cóvid llegó a Italia, ni siquiera había llegado aquí todavía, mi madre lo tuvo claro. Dijo que ella no volvía a residencia, que aquel era un lugar propicio al contagio. Hoy, mi hermana pequeña, Juana, nos ha contado que en esa residencia han muerto 33 ancianos. Durante los primeros días del confinamiento ese centro había aparecido en la tele como una residencia ejemplar, libre de cóvid, libre de muerte. Ahora no puedo de dejar sentir un escalofrío. Si mi madre hubiese seguido allí, a lo mejor todo sería diferente para nosotros. Mi hermana había ido a su piso, donde no había pasado la pandemia, y el portero le dijo que él y su mujer, que trabajaba como auxiliar en la residencia en cuestión, habían enfermado de Cóvid. La mujer había muerto, él había sobrevivido, 33 ancianos habían muerto. Justamente, hoy aparecen en la prensa los mail que el consejero de servicios sociales del gobierno de Madrid envío a su colega de sanidad. En Madrid, la comunidad de las privatizaciones, la comunidad donde durante años más férreamente se había recortado en sanidad, la comunidad con más altos cargos acusados de corrupción, había dejado morir a los ancianos en las residencias en condiciones indignas, según las palabras del mismo consejero que se encargaba de su custodia. Algunos informes ponen los pelos de punta. A aquellos ancianos que durante toda su vida había trabajado y contribuido para levantar este país, se los había condenado a muerte. No había medios suficientes para atenderlos a todos, al parecer ¿Dónde estaban esos medios? ¿Dónde estaba el dinero? Por esas mismas fechas, se rechazó la oferta de ayuda del gobierno cubano. Si hubiesen aterrizado en Barajas doscientos médicos cubanos, se podrían haber salvado muchas vidas, una ayuda que Italia no tuvo problemas en aceptar. Pero aquí resultaba impensable que el gobierno central aceptase la ayuda de un país comunista, porque la oposición y la prensa de derechas se los habrían echado encima con su inquina habitual, la misma que hacía que los informes judiciales de la Guardia Civil estuviesen plagados de mentiras con un solo objetivo. Ese es el escenario político, sanitario y periodístico que teníamos y que tenemos. No se puede hablar de España sin hablar de España. No se puede hablar de la pandemia sin hablar de la infamia.

Hace más de medio siglo, Simone de Beaviour había escrito un libro sobre la vejez. Pasa el tiempo y ella se alza sobre la figura de Jean Paul Sartre, su compañero y filósofo de cabecera en la Europa de posguerra. En ese libro señero, Simone decía cosas como esta: “En el futuro que nos aguarda está en cuestión el sentido de nuestra vida; no sabemos quiénes somos si ignoramos lo que seremos. Reconozcámonos en ese viejo, en esa vieja”. O “pensarse viejo es pensarse otro”. Este era un tema recurrente en todos los ancianos, aunque lo formularan con otras palabras: la vejez les había convertido en otros seres, seres en los que les costaba reconocerse, puesto que en su día ellos y ellas habían sido vigorosos, hermosos, independientes, y ahora ni siquiera podían levantarse del sillón sin ayuda, ni siquiera podían ir al servicio y tenían que hacerse sus cosas en los pañales. No se reconocían, eran otros y, sin embargo, eran los mismos, eran la memoria viva del país. Si José María cerraba los ojos vería los paisajes de su pueblo, de su infancia, vería a sus padres aún jóvenes, hace tanto tiempo. Eran seres únicos e irrepetibles en cuya memoria todo un mundo desaparecía ante la indiferencia de tantos. Mi amiga poeta, Ana Pérez Cañamares, tiene un verso donde dice que los padres son “juguetes de la infancia que ya no se fabrican”. Así estos ancianos. Los hemos perdido y ya no se fabrican, no volverán a estar sobre la tierra esos juguetes de nuestras infancias.

Después del desalojo estuve en el pabellón A durante una semana. Unas veces solo y otras con mi compañero Andreu. Bromeábamos diciendo que éramos celadores de montaña. Yo conocía a todos los pacientes que habían sido trasladados desde el C, y podía dar información a las enfermeras sobre su evolución. Lo que vi en José María no me gustó nada. Todos los días preguntaba por él. Hasta que me dijeron que había muerto. Y con él, toda una veta de nuestra memoria.

Hace una semana me hicieron las pruebas de serología. He dado negativo. Pese a todos mis temores, pese a estar seguro de que Cóvid habría aprovechado cualquier error para entrar en mí, eso no había sucedido. Los súper Epis habían funcionado, los protocolos habían funcionado, la sangre fría había funcionado. Esos días en el A me di algunas carreras, en este caso justificadas desde el punto de vista sanitario. Por ejemplo, estábamos tomando café, a primera hora, y llegó el jefe, Paco, y nos dijo que el 14 se había caído de la cama. Dejé el café en una repisa y me lancé hacia allí a toda velocidad. Cristina, la enfermera del 14, aquella que en su día me había echado una bronca, no me dejó entrar en la habitación sin súper EPI. Corrí para al menos ponerme una bata quirúrgica y unas gafas (las mascarillas siempre las llevamos encima) y finalmente entré para levantar a Ramiro, que se había hecho una herida en la cabeza. Ramiro era una escapista profesional. Decía que había jugado en el primer equipo del Atlético de Madrid. Bastaba hablarle del Atleti para que se le dibujara una sonrisa en su cara. Por otro lado, a veces se ponía violento y había que sujetarle los brazos para que no pegara a las compañeras. Esas cosas.

La otra carrera fue porque dos auxis estaban intentado acostar a un señor muy grande. Ni Andreu ni yo estábamos con los EPIS. Pero las chicas no podían con él y estaba a punto de caérseles. Me di un carrerón a por sendas gafas y Andreu y yo entramos a pelo, sin súper EPI, en la habitación. El pañal estaba roto, así que yo dije:

-Le cojemos por el culo.

Y eso hicimos Andreu y yo, cada uno por un lado, los celadores de montaña en acción.

El primer pabellón al que me asignaron fue el A. Allí comprobé con cuánto rigor se aplicaban los protocolos de seguridad. Eso me sirvió para compararlo luego con otros pabellones y saber que donde mejor se hacían las cosas era en el A. De hecho, de todos los pabellones del hospital, el A era el único que no había tenido bajas por Cóvid. Recuerdo la llamada de atención de Paco en mi primer día, cuando yo llevaba los cubos de residuos sin cerrar. Paco estaba atento a cualquier detalle para que su pabellón funcionara perfectamente. Hacía mucho hincapié en las gafas, tan importantes como las mascarillas.

Así que esos días de nuevo en el A me hicieron sentir que nada había cambiado, que Cóvid seguía allí, como me había sucedido desde el principio. Mi experiencia hospitalaria se reducía a ese virus, del mismo modo que mi experiencia con los pacientes estaba mediatizada por dos pares de guantes, dos pares de mascarillas, dos pares de batas (una de epi), un par de gafas, un gorro que, siguiendo los consejos de mi amiga Amai, dejó de ser de tela para ser de papel y desechable, una pantalla que en realidad era un casco, unos pantalones que anudábamos con esparadrapo alrededor de los tobillos, para que cóvid no entrase por allí. El protocolo de salida de las habitaciones, son sus desinfecciones con vietcong, eran mi única experiencia de salida de una habitación, así como la forma de deshacerse de Epi sobre un cubo de residuos señalizados con advertencias de “Riesgo biológico”, como si la vida en sí misma no fuese un riesgo biológico. Nos deshacíamos de los trajes siguiendo un orden estricto, que muchas veces olvidabas y de repente te dabas cuenta de algo habías hecho mal y que cóvid podía aprovechar esa oportunidad para penetrarte. Además, esos fallos solían propiciar alguna bronca por parte de una enfermera. Desde otros pabellones, los compañeros decían que en ellos se había instalado la normalidad sanitaria, que es algo ya de por sí bastante impresionante, pero que a nosotros, los recluidos en Cóvidland, nos producía una especie de nostalgia, por mucho que no hubiésemos conocido otra realidad que la del virus; nos producía un anhelo por viajar a otros territorios, a otros pabellones, donde la amenaza de Cóvid no fuese determinante.

Esa idea del viaje me había acompañado desde antes de que yo llegara al hospital. Yo no era un profesional, era un brigadista, un expedicionario, como me había recordado con su habitual precisión una amiga alerta. Tras mi experiencia en Cóvidland, volvería a mis mundos habituales al tiempo que la mayoría de mis compañeras, especialmente, las auxiliares, seguirían allí, día tras día, limpiando los excrementos de los enfermos, cuidándolos, a veces tan cansadas que podían no hacerlo de la mejor manera posible. Para mí, estar allí, además de todas las razones que ido exponiendo a lo largo de este diario, era una aventura con fecha de caducidad que me había servido para muchas cosas, entre ellas para escribir estos textos: los testimonios de la pandemia desde dentro. Corresponsal en Cóvidland, búscate una guerra de verdad, una lucha a la altura de tu ego. Siempre, desde que tengo memoria, he vivido mi vida con contradicciones, no conozco otra forma de hacerlo. Siempre he sido consciente de mi culpa en todo. Por eso soy un celador insomne. Soy en la alta noche quien cuenta las sílabas del día. El incierto futuro, los pacientes muertos, la miseria política, la asignación de responsabilidades, el dolor de los humanos atados a las camas (los he atado yo), mi condición de expedicionario, de testigo. Sólo en mi favor, esa misión que a mí mismo me impongo. Hay que contar las cosas, y es mejor hacerlo si primero has contado a los éxitus que trasladaste al pabellón mortuorio con tus propias manos.

Mi test serológico dio negativo. Sigo expuesto a la saña de Cóvid. También a la mía propia. Y al dolor. Cuando me dijeron que Jose María había muerto en el pabellón A, después de que estuviera con él tres semanas en el pabellón C, y le viera decaer días tras día, sin esperanza, supe que no se sale indemne de ninguna experiencia.

Al jugador del Atleti, Ramiro, le había conocido en otro pabellón.

-Yo también soy del Atleti -le dije.

Y el tipo dijo:

-Claro -y sonrió. Porque si la vida es una derrota sin final, una batalla muchas veces ridícula ¿Cómo se puede ser de otro equipo? Cantábamos el himno oficioso de nuestro Atleti:

– “Qué manera de vivir, qué manera de palmar”.

Ramiro, cada vez que tenía oportunidad, intentaba escaparse, para meter un gol después de haber driblado a la muerte. Le encontrábamos tirado en el suelo intentando llegar a la línea de fondo, marcar un gol, correr por la banda mientras el estadio entero gritaba su nombre de héroe.

Le recogíamos del suelo y le sentábamos en el sillón.

-Perdóname, Ramiro, campeón. Te tengo que atar.

Y luego le dejaba solo en la habitación con sus sueños de futbolista.

 



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