(XVIII) Premios Nobel

(XVIII) Premios Nobel


 

Lebo y yo hablamos del premio Princesa de Asturias y de la idea de Ayuso de celebrar una corrida de toros para homenajear a los sanitarios, algo que nos subleva. Lo hacemos pertrechados de cervezas y de leche. Lebo bebe el doble de deprisa que yo, pero también habla el doble de deprisa que yo, lo cual es un misterio que la ciencia debería dilucidar.

-Si yo fuera sanitario les diría que se metan el premio y la corrida por donde les quepa. Se lo digo en todo caso como ciudadano, si es que soy tal cosa, que lo dudo.

-Yo no soy sanitario. Los celadores no lo somos. Somos personal de apoyo y de logística. No somos sanitarios.

-¿Ah, no? Pues si lo llego a saber te hubiera aplaudido alguna vez que otra.

-Vale, gracias. Pero estamos en contacto con los pacientes más que nadie. Jon, a quien conoces, me mando un wasup donde me ponía: “Enhorabuena, te han dado el Príncipe de Asturias”. Y yo le contesté, todo nervioso: “¿De literatura?”. Y él: “No, de deportes”. Y yo: “Menos mal, qué susto”.

– Yo el deportes ya te lo daba.

– Y yo también. Me pregunté si sería por mi ascensión invernal en solitario a la cara norte del Bisaurín o por haber corrido los 180 metros con obstáculos en menos de 22 segundos.

-En ambos casos, merecidísimo, chaval.

-Ya te digo. Confieso que en el Bisaurín norte pasé más miedo que vergüenza, pero eso añade mérito al alpinismo. El alpinismo solo sirve para eso, para superar el miedo.

-Yo prefiero tener miedo solamente a que se acabe la cerveza.

-Bueno, eso sería terrible ¿Sabes lo que le escribió el nobel Seamus Heaney a su mujer antes de morir, en una carta?

– ¿El poeta irlandés?

-Ese. Le dijo a su mujer, en latín: “Noli temere”. “No tengas miedo”. Esa es la razón de la vida. Desde ahí se construye el buen vivir y el buen morir. Noli temere.

-Me dijo Reig que una vez estuvo bebiendo con él. De buena mañana se pidieron un whisky y así siguieron hasta que llegó la mujer y puso firme al premio Nobel.

– Por eso mismo, porque carecía de miedo. Te digo en cualquier caso que nosotros estamos muy en contacto con los pacientes. Cuando no los cogemos en brazos, los conducimos por los pasillos de los hospitales, un deporte de riesgo.

-¿Os harán controles de alcoholemia?

-A todas horas

-Qué cabrones.

-Ya te digo. Cuando en el pabellón C ya no había Cóvid, volvieron las operaciones. Una vez me llamaron para llevar a un paciente de la URPA a su habitación. URPA quiere decir “Unidad de recuperación postanestésica”. Y resulta que era una chica muy joven, casi una niña. Y yo le dije: “Has tenido suerte, te lleva el premio Nobel de conducción de camas hospitalarias”. Y así fuimos simulando una carrera hasta su habitación. Ella se reía y yo también. Me pidió que le buscara el móvil en su armario. Se lo busqué y se puso a escribir en él. Yo le dije: “hasta que no venga tu enfermera, no te dejo sola”. Y es que los celadores somos así, gente leal, como los guías de montaña.

-Te envidio por todo excepto por ese pijama blanco que os ponen. Yo lo mancharía con la cerveza.

-Pepa te echaría la bronca.

-No podría evitarlo. Es por la espuma ¿sabes? Por cierto, creo que el rey ha sugerido a los nobles que regalen aceite y trigo a los más pobres. Somos súbditos. Y a su padre le están investigando. Y ahora se ha sabido que el viaje de novios del rey fue pagado en parte por un empresario. Toda da mucha risa. Luego os echan la migajas del premio ese. Se ríen de nosotros.

-Y la CIA ha dicho que Felipe González era el jefe de los GAL.

-Llegan 30 años tarde. Ya lo sabíamos.

-Lo de los reyes es cosa del medievo. Qué país.

-En cuanto se acabe la pandemia, me voy. Aquí las personas honradas siempre han acabado en el exilio.

Noli temere, Lebo. Abre una cerveza con el mechero y mánchate lo pantalones, anda.

Desde que tenemos fase 1 o 2, lo que sea que tengamos, los coches vuelven a circular a toda velocidad, poniendo en riesgo la vida de los demás. En el hospital la gente se deja la piel para salvar a otros y luego llega un idiota con un megadeportivo y te mata porque le sale de los huevos. Por esa gente yo no me enfrente al Cóvid. En cuanto les han dejado salir, los idiotas ya no hacen caceroladas y ahora se dedican conducir a toda leche por las carreteras, por lo que se entiende que lo que les importaba no era España, sino hacer lo que les saliera de los cojones. Yo por esa gente no me enfrenté al Cóvid. Ni por los listos de tele 5 que arruinan cualquier posibilidad de periodismo limpio. Los abuelos tenían en su mayoría todo el día la tele puesta, mientras los cuidábamos, tele 5 sobre todo, con la plagiadora confesa Rosa María Quintana como máximo referente moral. Un país que sufre cuarenta años de dictadura tiene una pérdida colectiva de honestidad. Y un país que después de esa dictadura sufre cuarenta años de impunidad tiene una pérdida colectiva de dignidad. Bueno, que vean lo que quieran, los abuelos, dentro de la truculenta oferta que les ofrece el mercado. Pero yo para eso no me enfrenté a Cóvid ¿Para qué te enfrentaste a Cóvid? No me acuerdo. A sí. ¿Por la sanidad pública? ¿Por la memoria pública? ¿Por el desagravio público? ¿Por un mundo mejor? Pero el mundo nunca será mejor, tonto. El mundo camina hacia su no ser, el mundo humano. No recuerdo unos cielos tan hermosos, unas nubes tan brillantes y definidas. Están así porque durante tres meses dejamos de ser. La gente estaba acojonada en sus casas. No eran. No depredaban, no contaminaban, no cazaban, no mataban. Las guerras se pararon. Ahora vuelven. Nos gusta matar. Sufrimos cuando no podemos hacerlo. Luego tuvimos un espejismo de solidaridad que ahora se revela falso, porque en realidad era miedo, como decía Lebowsky. Pero la gente también cuida, tú lo sabes, tú lo has elegido, lo has visto, celador, lo has visto. ¿Y sabes qué? Los ateos solo creemos en una forma de trascendencia. Que la especie humana continúe. Que los niños crezcan y vivan en su mejor versión. Salvando vidas, escuchando a Beethoven, haciendo música, contando historias, escribiendo poemas, aplicando medicinas, pintando cuadros, plantando huertos, tejiendo bufandas, recolectando manzanas, escalando riscos, puliendo madera. Grita eso, grita que esa fue la razón por la que fuiste a Cóvidland, grítalo lo más alto que puedas. Empieza a llover. Coges a la pequeña Lúa y os vais a correr por el monte. Que llueva, que llueva mucho, como la primera vez que llevaste un éxitus al mortuorio. No estés triste, celador, que luego duermes mal. Ríete, ríete porque Lúa va detrás de ti moviendo las orejas, parándose a olisquear el rastro de un conejo. Ahora se para y caga. Qué te importa a ti la ruina del mundo.

Después del pabellón Vietnam, estuve otro día en el A, cuando todavía había enfermos de Cóvid. Volví a ponerme el súper-EPI. Había una mujer muy malita: Alicia. Cristina dijo que se iba a morir. Vinieron a verla su hija y dos nietos. Se despidieron. Paco me mandó a por infusores para Alicia. Había que ponerle más morfina. Al día siguiente pasé por allí y me dijeron que había muerto a las 9 de la mañana. Creo que fue el último fallecimiento por Cóvid en el hospital. En esta etapa de la pandemia.

Hubo otro día en que me dejaron de retén y casi me vuelvo loco. No tenía trabajo. Llamé desesperado a Pepa y le rogué que me buscara algo que hacer. Me hizo llevar a un paciente a rayos, un tipo que estaba en el Jamaica. Así volví a saludar a los jamaicanos, o vietnamitas.

Pero lo más curioso de estos días de impasse entre el Cóvid y la rutina hospitalaria (si es que se puede decir algo así: el hospital es siempre lo excepcional en nuestras vidas, un punto de ruptura, un punto de inflexión. En mi caso también) fue la conversación con el doctor Segura en una sala de pruebas. Pepa me mandó a allí. Enseguida me llamó la atención el doctor Segura por su forma de hablar, su apostura de médico de la vieja escuela y su campechanía. Hubo un momento en que me llamaron urgentemente a la sala donde estaba Segura. Estaba bastante oscuro. Era como la típica sala de operaciones, con mucha gente alrededor del paciente. Le estaban haciendo una cosa chunga.

-Celador, sujete al paciente.

-¿Cómo?

– Pase por detrás de la enfermera y coja al enfermo. No a la enfermera.

Así hice. De repente tenía enfrente al doctor Segura mirándome con sorna, y quizá con alivio. Manejaba los tubos sin mirarlos, como quien es un experto en su trabajo. Sacaba muestras y las metía en un tubo que sujetaba una enfermera. Yo miraba al monitor, fascinado por ver por dentro el cuerpo humano, esa nave espacial.

-Bueno, muchacho, menos mal que pronto volverá la liga del fútbol.

Creo que solo le faltaba un puro en la boca.

-Eso dicen.

-Yo suelo ver los partidos en un bar cerca de casa. Como solo puede entrar un 30% del aforo, le digo a Matías que discrimine. No dejes pasar a los votantes del Psoe ni de Podemos, le digo. Creo que es una buena forma de discriminar ¿no?

-¿Y qué pasa con los votantes de izquierda?

-Bueno, esos tienen por ahí sus tabernuchas ¿No me irá a decir que usted es votante de la izquierda?

-No pensaba hacerlo.

-Bien, muchacho bien. Bueno esto está terminado. Muchas gracias.

– A usted. Y a las enfermeras.

– Ya se puede ir. Ya se ocupan las chicas de recoger todo esto.

Salgo a la otra sala y Segura conmigo. Me toma amigablemente del hombro.

-En esta pandemia la han cagado todos. Las competencias están transferidas desde hace 20 años así que no venga la Ayuso ahora echándole la culpa al gobierno. Ni que el gobierno se quite su responsabilidad. Ya sabían lo que se nos venía encima ¿Sabe usted que en febrero atracó un barco en Vigo lleno de material médico procedente de China?

-No tenía ni idea ¿Y por qué no actuaron antes?

-Por miedo a sobreactuar. Si actúas pronto, sobreactúas. Si actúas tarde, no actúas. Nadie está contento. Aquí se aprovechó la situación, además, para intentar derribar a Sánchez.

Segura se puso a hablar con otro médico y con la anestesista, olvidándome con el mismo entusiasmo con que antes me había dedicado toda su atención. Sólo le faltaba un vaso de whisky en la mano para parecer que estaba en un cóctel y no en una sala de operaciones.

Luego se dirigió al grupo de enfermeras donde yo estaba.

-¿Quién me quita la bata? Usted no. Unas manos femeninas.

Como había muchas chicas, no me sentí obligado a decirle que allí no estaban las enfermeras para quitarle la bata, que es lo que hicieron. Y pregunté luego por el doctor Segura. Me dijeron que era una eminencia en digestivo y un tipo muy generoso. De derechas, pero muy buen tipo. Le gustaba provocar. Todo el mundo le adoraba.

Luego salí de la sala y como todavía me quedaba una hora de turno, me puse a ayudar a Inma, que estaba en la URPA, a llevar pacientes a sus habitaciones.

Llevar pacientes a sus habitaciones. Bajarlos y subirlos a rehabilitación, la belleza del gimnasio con los pacientes y las fisios haciendo cosas lentas: cuerpos que vuelven a caminar, que vuelven a tocar las cosas. Ayudar a moverlos. Sacarlos de la URPA, todavía medio groguis, felices por los chutes de drogas que les meten. Los anestesistas te preguntan antes de meterte el chute “¿A dónde quieres viajar?” Yo diría, no sé, ¿a Polonia? He oído a algún abuelo decir que él quería ir a Gandía. Pero si es gratis, joder, abuelo, váyase a las Vegas, desparrame un poco. Luego conduzco las camas o las sillas de ruedas por los pasillos. Y soy el rey de los pasillos: aparten esos carros de ropa sucia, quiten esas malditas estanterías de desayunos, los tacatás de enfermería los quiero fuera, los trípodes de la tensión que me los quiten o los arroyo con mi unidad blindada (aunque digamos lo que ocurre verdaderamente: soy yo mismo quien va quitando los obstáculos, salvo que coincida con algún alma caritativa. Los celadores no pintamos muchos en los hospitales. Solo el hecho de transportar pacientes nos da alguna ventaja). Avanza el premio nóbel de las camas hospitalarias, esto es serio. Esto es mucho mejor que el rally Dakar, mucho más útil. Y no es trabajo de pijos que van a 1000 hora por la carretera. ¿Recuerdan al héroe de Irak y la Isla Perejil? Se jactaba de ir a la velocidad que le pedía el cuerpo, no el código de la circulación. Por eso pasó la pandemia en otro sitio. Todo está conectado. Pero yo pasé la pandemia mientras conducía por los pasillos a los enfermos de Cóvid. Era como un capitán de barco. Metía la cama en el ascensor y eso era una maniobra maestra. A veces para colocar la cama en la habitación, tenías que meter antes todos los muebles en el baño, porque si no era imposible. Lo llamábamos jugar al tetris. El que lo haga en menos tiempo gana el Nobel. Aunque el verdadero premio es la precisión al tomar las curvas, o dar ese golpe de hombre perfecto, como de tenista, para salir de ellas con la tracción necesaria y seguir navegando por los pasillos, siempre a contracorriente.



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