(XV) Casa de la Misericordia

(XV) Casa de la Misericordia


Definitivamente el diario se me ha ido de las manos ¿No me creen? Piensen en este dato. Cuando escribo, ahora mismo, es 23 de mayo de 2020, y la entrada anterior habla de cosas que sucedieron, la mayor parte de ellas, hacia el veintitantos de abril. Leo lo anterior y vuelvo a pensar en el deslizamiento del texto hacia otras zonas literarias. En cuanto diario estricto ya ha fracasado, porque lo que se cuenta son saltas atrás y adelante, cosas que no se pueden hacer en un diario. Una cosa es no querer un diario convencional, y otra, escribir otra cosa. Una de las entradas, no recuerdo cuál, fue ampliamente modificada. De hecho, se publicó en la web de La Vorágine y a los dos días envíe la versión nueva. Eso es alta traición al género de los diarios, que exige que lo que se escribe un día no pueda ser reescrito más adelante. Pero al mismo tiempo, insisto en que no puede ser otra cosa que un diario, porque ¿qué cosa sería entonces?

Hace tiempo que discutía con Reig acerca de lo que llamo el descrédito de la ficción. Sí, de un tiempo a esta parte, me cuesta mucho leer textos de ficción pura, si no están atravesados por el hilo de acero de la realidad, de cosas realmente sucedidas. Y si no tienen al mismo tiempo, una mezcolanza de géneros, donde quepan el ensayo, el poema, el reportaje, la crónica, el diario. No encuentro muchos referentes para este tipo de textos (quizá los haya, pero no los conozco) Algo de Berger, algo de Piglia, algo de Erri de Luca. Al mismo tiempo, subrayo el género literario que, junto a éste, indefinido, más me fascina: la novela de no ficción, con Rodolfo Walsh a la cabeza, junto a Truman Capote, y últimamente, los franceses Carrere o Binet. ¿Sería esto una novela de no ficción? Si hacemos caso a Cela, podría serlo. Pero a Cela no hay que hacerle ningún caso.

Luego ocurre otra cosa: es imposible hablar de España sin hablar de España. Ya lo siento. Me gustaría hablarles de un país ideal, fantástico. Pero tenemos el país que tenemos. Y todo lo que pasa ahora es también todo lo que pasó antes, todo lo que nos trajo hasta aquí. Lo decía Faulkner: “El pasado no ha muerto. Ni siquiera es pasado”.

El 23 de abril era el día del libro, y muchos se empeñaron en celebrarlo como pudieron, a través de las redes o releyendo su libro favorito. Era el mismo día en que debía ser entregado el premio Cervantes, que este año había recaído en un poeta mayor: Joan Margarit, quien escribe en catalán y realiza casi al mismo tiempo las versiones en castellano de sus poemas. Aquí ya hemos citado a Margarit. A poco que se le lea es imposible no citarle, porque se trata de una inteligencia superior. El caso es que tampoco hubo ceremonia de entrega del premio.

Nadie conocía a Joan Margarit en el pabellón C. Yo paseaba por el pasillo e intentaba acordarme de algunos de sus poemas mientras me dirigía al office, donde preparamos los desayunos. Casa de Misericordia no es solo el título de un poema, sino de uno de sus libros. ¿Es un hospital una casa de misericordia? La RAE define “misericordia”, en su primera acepción, de la siguiente manera: “Virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos”.

Si dios existe, no es misericordioso, porque ¿qué interés tendría en someter al sufrimiento a sus criaturas? Si dios existe, no es misericordioso pues ¿por qué habría de mostrar tamaña indiferencia antes las miserias ajenas? Visto todo el sufrimiento y las miserias de la Historia, todos los padecimientos humanos acumulados, es mejor que dios no exista. Sería difícil de imaginar y de soportar un ser de una inmisericordia tan evidente.

¿Es un hospital una casa de misericordia? Desde luego, en el mejor sentido del término, si le quitamos a la palabra toda la carga religiosa, ya que al mismo tiempo es también una casa de ciencia, y es, en el caso de nuestros hospitales públicos, una casa de solidaridad colectiva, donde estas palabras adquieren toda su materialidad y donde la comunidad se da a sí misma su mayor sentido. Nosotros, pobres mortales, somos en un hospital ciegamente misericordiosos. Nunca dios lo fue tanto.

Ese día, el 23 de abril, me tocó trabajar con una auxiliar a la que nunca había visto, Rosaura. No hablaré mal de ninguna auxiliar. En todo caso achacaré ciertos comportamientos al cansancio y al estrés y a la vida. Quizá cierta falta de tacto (¿o de misericordia?) no fuesen sino consecuencia del cansancio y del estrés y de la vida. ¿Quién lo sabe? ¿Quién lo juzga? Yo no, solo contaré lo que pasó.

Antes había tenido otro encontronazo con Feli. Yo estaba agachado con todo el súper EPI encima, las gafas empañadas, el casco que se golpeaba contra la cama interminable donde intentaba casi a ciegas anudar la cinta con lo que atamos a los pacientes (ya dije que no me gusta atar a los pacientes, pese a que sea por su bien, tanto que alguna vez le pido a la compañera que lo haga por mí, según tenga el día de tonto). Como en esas circunstancias casi me era imposible meter la cinta por el mínimo hueco entre el bastidor y un larguero de la cama, estaba tardando más de la cuenta, lo reconozco, y poniéndome nervioso. Feli, que iba a dar el desayuno al paciente en cuestión, me empezó a meter prisa de malos modos. No me gustó. Le dije que se metiera en sus asuntos y que me dejara en paz, que no hacía más que molestar a todo el mundo. La santa Feli. Entonces dejó de ser santa y se puso borde. Por fin acabé el nudo y salí de la habitación sin hacerle caso.

Luego seguí la vuelta con Rosaura. Rosaura, nada más entrar en las habitaciones abría las ventanas, pese a que algunos abuelos tenían frío y así lo decían. Era un abril lluvioso, y los abuelos están enfermos, tienen Cóvid, que como nos dijeron es, entre otras cosas, como una gripe muy fuerte, y cuando uno tiene una gripe muy fuerte está destemplado y siente escalofríos. Rosaura iba a llenar la palangana para limpiar a los abuelos y entonces yo cerraba la ventana. Ella regresaba, se daba cuenta y volvía abrirla. Cada vez más borde, no ya conmigo, sino con los pacientes, a los que trataba con mucha brusquedad e impaciencia. Decía que teníamos muchos pacientes que atender (6 no son muchos, lo siento, Rosaura) y que no nos iba a dar tiempo a terminar. ¿Cómo que no? Disponíamos de varias horas por delante, hasta las 12 por lo menos. No importa si tardamos más en ir a desayunar, no importa incluso si ese día no desayunamos; lo que importa es hacer las cosas bien. Yo, deliberadamente, trataba de compensar esa impaciencia que ella mostraba.

Teníamos entre manos una paciente que era como un bloque de pura tensión, que estaba completamente ausente (¿Quién pudiera saber en qué mundos habitan esos pacientes? ¿Qué ven en esos mundos? ¿Qué somos para ellos nosotros en esos mundos?) con los ojos abiertos, inexpresivos y alucinados, incapaz de fijarse en nada, salvo en algún punto perdido de la pared de enfrente. Le quitamos el camisón y lo agarró muy fuerte, con los dedos convertidos en garras. Yo intentaba desanudar sus dedos, que cogían el camisón como si fuera la cosa más importante del mundo. Y lo hacía con cuidado, con delicadeza, pero con firmeza, levantado cada uno de sus dedos para no hacerle daño. Entonces Rosaura pegó un fuerte tirón al camisón y se lo arrancó de las manos mientras gritaba:

-Eres muy lento. Si no vas más deprisa, no me sirves.

-A mí me gusta hacer las cosas de otra manera.

-No haces nada, todo lo tengo que hacer yo, y nos quedan 6 pacientes.

-¿Cómo que no hago nada? Hago mucho y con más cuidado que tú.

-Eres muy lento. Si no vas deprisa, vete con otra auxiliar.

-Te olvidas de una cosa: estás personas están muy enfermas.

-Tenemos muchos enfermos, no solo este. Así no vamos a acabar nunca. Hay que ser expeditivos.

-¿Expeditivos? Eso lo serán en la policía. Nosotros tenemos que ir con cuidado. Estas personas están muy enfermas y muchas de ellas van a morir. No quiero que lo último que vean en su vida sea tu maldito desprecio.

Me miró a los ojos. Pese a los dos pares de gafas, recibí el odio.

-Vete con otra auxiliar. No quiero verte.

-Acabemos con esta paciente y cada uno por su lado. Me parece perfecto: yo tampoco quiero verte.

Rosaura cerró la puerta de la habitación dando un portazo. Me fui a ayudar a Orlanda quien, pese a su aparente brusquedad, es una auxiliar muy amorosa.

Los siguientes días, Rosaura y yo nos evitábamos en la medida de lo posible, aunque en algunos momentos tenía que ayudarla a encamar o desencamar a sus pacientes. Apenas hablábamos. Ella tampoco solía hablar a los abuelos. No les daba ánimos ni les decía cosas bonitas. Su actitud me produjo mucha desazón. Lo comenté por teléfono con mi amiga Amai. Me dijo que a veces te encuentras con gente así. Me dijo que si se producían malos tratos, mi deber era denunciarlo. Le dije que no eran exactamente malos tratos, nadie podría definirlo así. Era desdén, desprecio, una rabia evidente contra el trabajo que le tocaba hacer y contra aquellos a quienes le tocaba limpiar. Una brusquedad innecesaria. Pero no quiero juzgarla, solo cuento lo que pasó.

Respecto al lenguaje de los hospitales, hay varias formas de dirigirse a los pacientes mayores. El peor es lo que se llama lenguaje edadista (elder talking, en inglés) y que consiste en dirigirse a los ancianos como si fueran tontos, o niños pequeños, o perritos pequeños. Es un lenguaje cursi, condescendiente, tonto y discriminatorio. Está lleno de diminutivos, de exclamaciones y entonaciones cantarinas. Otra cosa muy distinta es el lenguaje cariñoso, que es un lenguaje normal, educado, respetuoso pero que suele acabar con vocativos afectivos o muy afectivos, tipo: corazón, bonita, reina, morena, guapa, campeón, cariño, etcétera. Es muy diferente al anterior. Aparece en frases cómo las que siguen:

-¿Te has tomado las pastillas, corazón?

– Te vamos a asear, Mateo ¿Estás de acuerdo, guapo?

-Ahora llamo a tu enfermera, bonita.

Etcétera. No es edadista, porque es la forma de hablar muy usual con otros muchos tipos de personas. Hay quizá un cierto efectismo en ese afecto, pero no siempre. Digamos que el afecto suele ser sincero. Es una forma de hablar muy española. De la misma manera que el castellano está muy bien dotado para el insulto, lo está también para el cariño y el afecto. Como decíamos arriba, somos así. De hecho, para hablar de penes y vaginas, en el hospital, en el trato con los pacientes con lo que se tiene cierta confianza, se utilizan todas las variantes vulgares de esas palabras, sin ningún pudor, y sin que eso implique una disminución del cariño o la profesionalidad. Más bien lo contrario. Así, es muy fácil oír:

-Abre más las piernas, guapa, que te voy a lavar el chichi.

Cuando se trata de censurar un comportamiento negativo del paciente, se acude al razonamiento lógico y, a veces, a la irritación. Con pacientes agresivos es muy normal decir:

-No me grites.

-Respeta a la compañera.

-Estamos aquí para ayudarte, pero si no quieres nos vamos.

Al principio, yo estaba tan cohibido en ese sentido, que no me atrevía a decir nada, ni bueno ni malo. Ahora poseo mi propio lenguaje, que es cariñoso y pretende ser divertido a la vez.

-¿Cómo estás hoy, Antonio? Te veo mucho mejor ¿Quién te ha peinado? Y te han echado colonia. Tienes enchufe, amigo.

Muchas veces voy haciendo ronda por las habitaciones y, si los pacientes están despiertos, desde la puerta les digo algunas cosas de ese estilo. Cuando coges confianza con los abuelos es una delicia hablar con ellos en ese tono amistoso. Ellos, si están orientados, también juegan y se hacen cómplices. Y si están demenciados no puedes sino seguirles en sus fantasías. Son capaces de inventarse cualquier cosa y creerla con absoluta determinación. No les puedes contradecir. Una señora dice que su hijo es el presidente de Telefónica. Que la tiene como una reina y que cualquier día pasará a verla, pese a sus importantes ocupaciones. Pero nadie va a verla nunca. Ese detalle no importa, ella no abdica de sus fantasías y ese sueño la hace seguir adelante.

A los pacientes agresivos hay que calmarlos, cosa a veces imposible. ¿Cómo les calmo? Hablándoles con suavidad, con cariño, pero también con determinación. Y acariciándoles. A veces estos pacientes sufren mucho y agradecen las caricias y las voces suaves. En otras ocasiones es imposible hacerse con ellos.

Tuvimos una mujer aterrorizada y no conseguimos que volviera de su reino de terror. Cada vez que nos acercábamos, gritaba. Cada vez que la tocábamos, gritaba. Debíamos sujetarla entre cuatro para realizar cualquier operación con ella. Completamente desorientada, vivía en una pesadilla en la que nosotros éramos unos marcianos que la cercábamos de manera amenazante. Una vez, las compañeras se reían y también gritaban a su alrededor, incrementando su angustia. Hasta que una de ellas empezó a hablarle en modo tranquilo, suave y cariñoso, y la paciente empezó a calmarse. En otra ocasión, vi a una fisioterapeuta estar con ella durante una hora intentando calmarla y procurando que razonara. Casi lo consigue. Pero enseguida regresaba a su mundo de tinieblas y gritos. En varias ocasiones, he oído como estas pacientes ancianas llaman a sus madres, o a sus padres, pero sobre todo a sus madres, como si fueran niñas. Es duro.

Y luego hay gente como Julieta. Julieta era más joven ¿50 años? Era casi ciega, cuando quería se iba por los cerros de Úbeda, se ponía agresiva y se liaba a mamporros con quien tuviera más a mano. Yo le caía bien. En una ocasión, una compañera celadora vino para llevarla a una prueba de rayos. Julieta estaba sentada en el sillón y se negaba a levantarse e irse con ella. Pensaba que Amalia era un chico, no me pregunten por qué, y le llamaba de todo. Era imposible hacerse con ella. Intenté convencerla y dijo que conmigo sí se iba. Aprovechamos el momento de debilidad, la subimos a la cama y nos la llevamos por los pasillos y ascensores mientras hablaba amistosamente conmigo. En técnico de rayos le dijo que levantara los brazos. Ella se negó y le pegó. El dijo que no estaba allí para pegarse con nadie y que nos la lleváramos, que ya hablaría con su médico. Me acerqué y le dije a Julieta.

-Pídele ahora mismo perdón al compañero, que está aquí para curarte.

Julieta cambió inmediatamente de actitud, pidió perdón y obedeció en todo. Se le pudo sacar la placa.

Nos la llevamos de vuelta a la habitación. Iba farfullando cosas acerca de que el tipo de rayos era un hijo de puta. Se había dejado hacer la prueba por su amistad conmigo. En el ascensor le dije que tenía los ojos muy bonitos. Y ella decía, no él bonito eres tú. Y yo: no tú. Y ella: tú. Y así hasta que la devolvimos otra vez a su habitación. Amalia dijo que parecíamos novios. Aquella experiencia me produjo mucha satisfacción, porque pude devolverle el favor al técnico de rayos y porque al final lo pasamos muy bien con Julieta, la irreductible.

Joan Margarit se pasó la vida cuidando a su hija, doblegada desde niña por una enfermedad degenerativa que finalmente acabó con ella. El premio Cervantes de 2019 no pudo recoger el galardón ni hablar en la tribuna de la Universidad de Alcalá de Henares, en lo que sería la primera intervención de un poeta en lengua catalana como premio Cervantes. Y en donde seguramente habría hecho mención a ese hecho decisivo de su vida y de su poesía: cuidar y perder a su hija. Cuando Joana murió, Margarit escribió un libro dedicado a ella. El poeta de Casa de la misericordia dijo en el prólogo de ese libro:

“No hay nada comparable a poder cuidar de una persona a la que se ama, pero es difícil encontrar a alguien como Joana con quien establecer unas relaciones a la vez de una alegría y de una ternura tan profundas que, al cabo de los años, ya no se sepa quién cuida a quién (…)”

En el pabellón C nadie conocía a Joan Margarit aquel 23 de abril. Pero sí le conocían. Es lo que tienen los poetas auténticos, que formulan esas verdades que todos intuimos y que nunca hemos sabido expresar de la manera precisa. Son lo que ponen a la vida sus palabras verdaderas.



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