(VII) Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Cesare Pavese)

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(VII) Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Cesare Pavese)

(VII) Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Cesare Pavese)


Pasan cosas raras. Este diario está teniendo una difusión inesperada. Ahora lo leen en una radio. La Vorágine lo va a poner en su web. Tiene un recibimiento caluroso en Facebook y lo distribuyo también por correo electrónico, Whatsapp y Telegram. Desde ahí se expande como un virus (perdona, Cóvid, no quería decir eso, no te enfades). Se expande, quería decir,  como el fuego en la pradera reseca del verano. Y esa recepción se incorpora a su vez al diario e interviene en él de diversas maneras. Como dice la poli cuando te detiene: cualquier cosa que diga o haga puede quedar reflejada de algún modo en el diario de un celador insomne. No sea tonto, no diga tonterías. Rafael Reig me dijo que sobraban citas en la entrega 4, y eso intervino el texto. Jon me dijo que había que desarrollar la conversación con Pepa en la 5, y quizá lo haga. Un tipo desconocido me dijo en Facebook que yo era anticatalán porque dije que a los catalanes les gustan las gafas de colores, y me hizo pensar si quizá eso no sería una broma torpe, al menos tanto como el comentario de ese señor. Bueno, tanto no. En fin, esto está funcionando así. Es un diario dialéctico y, a su modo, coral.

El día 7 de abril, Pepa me mandó al pabellón D junto a una celadora muy veterana que se llama Reme. El pabellón D es un pabellón lejano, perdido más allá del A, que ya es decir. Yo solo había estado una vez en él, para hacer un recado de esos que me suele encargar Edurne y que tanto me gustan, porque me permiten salir afuera y echar buenas carreras. El día anterior, como dije ayer, había estado en el B, que es el pabellón de Edurne. Durante el desayuno le dije a la supervisora que tenía que ir un momento a Recursos Humanos, a ver si estaba mi contrato. A Edurne casi se le parte la caja de la risa. “Puedes ir donde quieras, chaval”, me dijo. Vale, jefa. Salió del cuarto del personal y se dejó medio panecillo sobre la mesa. Yo me lo agencié y lo rocié con un poco de aceite que había por allí. El traje blanco se manchó con el aceite, por supuesto.

Yo quería ir a Recursos Humanos a por mi contrato. Como recordaréis, cuando firmé todos aquellos papeles, no tenía las gafas puestas y por tanto no sé qué leches firmé. Es decir, no sé cuál es la duración de mí contrato, ni el salario, ni nada de nada. En Recursos Humanos me dijeron que el contrato tenía que ir a buscarlo a otro sitio, que ellos no lo tenían. Así que sigo sin saber nada sobre mis condiciones laborales, porque tampoco me atrevo a preguntarles sobre ello, ya que entonces pensarían si soy monguer o algo, ya que ni sé lo que firmo.

Bueno, pues yo conocía el pabellón D por ese motivo: Edurne me había mandado allí a por un papel o alguna cosa. Y ahora estaba allí con Reme. Lo primero que hacemos al llegar a los pabellones es coger las jaulas donde se transporta el material y empezar a colocarlo. Hay 3 tipos de material: de clínica, de limpieza y de lencería. Todos tienen su propio almacén. Los que más molan son los de clínica. El almacén tiene estanterías repletas de cajitas azules donde se guardan tanto los utensilios como las medicinas. Nosotros dejamos las cajas allí y la distribución la realizan las enfermeras. Son materiales delicados y hay que tratarlos con mimo. Los de lencería son una gozada de paquetes, en general mullidos  y no muy pesados. Los que más me gustan son los empapadores. Si se cae un fardo de empapadores no pasa nada, no se rompen ni se estropean, así que yo juego con ellos un rato antes de colocarlos en su sitio. Lo mismo sucede con las almohadas o las esponjas. Todos ellos son bultos divertidos y que no se rompen aunque jugáramos a pegarles patadas.

Como en este pabellón no me conocen, Reme me presenta al equipo: tres auxiliares, cuatro enfermeros (dos chicas y dos chicos. Los chicos no tienen gorros molones ni posmodernos, con perros de diferentes razas. No hay glamour aquí. Qué pena dan, me digo. Tanta como yo, supongo). Los médicos están siempre desaparecidos en algún lejano despacho, con sus fonendos y sus cosas misteriosas, científicas. Solo se les ve cuando hacen la ronda por las habitaciones. Una de las auxiliares es mayor, y de Jaén. Muy divertida. Los de Jaén son divertidos a su manera. Nada que ver con el gracejo andaluz al uso. Esto es humor de verdad. Además se ríen de sus propias bromas. Esta señora de Jaén se llama Justina y no está para ponerse un súper EPI y meterse en las habitaciones. Así que somos Reme y yo quienes nos ponemos los súper EPIs y nos vamos con las otras dos auxiliares. Yo voy con Ana y Reme con Ángels. Ana tiene ojos azules y auténtica vocación por cuidar a los demás. Entramos a limpiar y dar los desayunos. El truco del fairy en las gafas ya se ha extendido por el mundo de los pabellones, o ya lo había hecho antes y yo no me había enterado (soy lo que se llama un narrador poco fiable). Eso no impide que se empañen, pero más despacio. Los ojos azules molan especialmente en esas condiciones de borrasca, porque tienen un brillo especial allá dentro.

Hoy voy a aprender de verdad lo que es limpiar a los pacientes y lo que es llevar un súper EPI durante varias horas en condiciones de calor y habiendo dormido mal. Ana me va explicando todo lo que tengo que hacer. Es muy organizada, increíblemente cariñosa con los enfermos, paciente, enérgica y además me va contando su vida mientras cambiamos pañales, limpiamos a los pacientes por todos lados, les hacemos las camas con la técnica especial de los hospitales y les damos el desayuno. Tenemos 9 enfermos para nosotros. Hay una señora que tiene la sonda de la orina puesta y que nos dice que tengamos cuidado con eso, que le hacemos daño en el clítoris. Luego hay otra mujer literalmente en los huesos. Llena de heridas. Cadera rota. Diarrea. Me impresiona más que la mujer gigante. Me aniquila mirarla. Imposible calcular su edad. Parece muy educada. Cuando la movemos se queja y dice que no puede más. Me aterroriza tocarla porque parece que se va a romper. De hecho, está rota. Sólo piel y huesos. Cualquier movimiento brusco y los huesos romperían su piel. Me voy mareando. Cuando llegamos a una habitación con tres pacientes, voy ya hecho polvo. Hay una anciana que me atrae especialmente. Ahora ya sé entrar en las habitaciones y decir cosas bonitas y con la voz estupenda. Como voy vestido de astronauta, es imposible hacer más el ridículo. Y eso les gusta a estas personas. Me dirijo hacia esa anciana que me atrae especialmente. No sé por qué. Tiene una expresión muy dulce al tiempo que sufriente. Está bastante mal. Tiene la piel muy blanca. También he perdido el pudor a la hora de tocar a los pacientes cuando están totalmente desvalidos, completamente destrozados por Cóvid. Le pongo la mano en el hombro, a esa mujer. La acarició. Sonríe. Pero es incapaz de movilizar ninguna otra parte de su cuerpo. Solo los labios y los ojos.

Es en esa habitación donde empiezo a ponerme bastante malo. Mareado. Con ganas de vomitar. Con ganas de salir corriendo. Con mogollón de dolor por la opresión de las gafas, el casco y la mascarilla. Al cabo de un par de horas, se te clavan en la piel y duelen como heridas de bisturí. Ah, qué valiente. Mira a Ana. Ella está allí, entera, enérgica, dulce, cuidadosa. No has visto ni verás a nadie tan eficaz y delicada en su trabajo de cuidadora. Todas las sábanas sin un pliegue que se pueda clavar en la espalda de los pacientes. Muy importante que las cintas de los camisones queden por fuera, que el pañal no apriete, que la almohada esté a la altura justa. Cualquier descuido en estas cosas y la cama se convierte en un potro de tortura. Ana lo sabe y lo evita concienzudamente. Aprendo mucho de ella, pero el mareo y la náusea se hacen insoportables. En la primera entrada dije que era guía de montaña y que aguantaba lo que fuera. Demuéstralo, chaval. Toma ejemplo de Ana. Compórtate como una auténtica auxiliar. Se me doblan las piernas. La cabeza se me va. Estoy literalmente empapado de sudor. Aprovecho la cercanía de cualquier ventana para sacar la cabeza y respirar aire fresco como un demente. Dentro del súper EPI te asfixias. En esas habitaciones llenas de Cóvid, de calor, de sufrimiento, de aire mil veces respirado, te pones enfermo. Respiras tu propio CO2 mil veces. Estoy a punto de petar, de decirle a Ana que me mareo, que necesito vomitar, que me voy a desplomar de un momento a otro. Pero no lo hago. Sigo. Tengo que aguantar, entre otras cosas porque en el pabellón no hay nadie para sustituirme, y porque sí. Por las abuelas y por Ana, que lo está dando todo, siempre con una sonrisa. Una habitación más y acabamos, venga.

Cuando salgo me voy a lencería a que me den otra camisa. La mía chorrea sudor, y yo no soy de sudar tanto. Me lavo allí, en los vestuarios del pabellón A.  Me pongo la camisa nueva  y eso es una delicia. Subo y Justina me ha tiene preparado el desayuno. Me alimento y me río con esta mujer especial y deslenguada. Cuando desayunamos nos quitamos las mascarillas, claro, y ampliamos el espacio de seguridad entre nosotras.

Llega la hora de la comida y la segunda vuelta. Yo no me pongo el súper EPI, porque ya no soy necesario. Ana sí. Ahora ayudo a las enfermeras a apuntar las constantes vitales. Las apunto en un portafolios de pinza. Esto me gusta porque me hace parecer importante, me hace parecer el jefe. Tengo que decir que los dos chicos no me caen bien. No se dirigen nunca a mí. Me ignoran. Yo tampoco les debo caer bien.  Uno de ellos dice que ha tenido que aplazar su viaje a Tailandia. No soporto a la gente que viaje a resorts en Tailandia. No me gusta nuestra posición de privilegio respecto a todos esos países a los que viajamos como si nada. Ya explicaré esto en otro momento. Y tampoco me gusta la gente que no tiene gorros molones. El caso es que estos dos tipos no me caen bien y que tendré mucha suerte, ya que los siguientes días que yo esté en el pabellón D, ellos no estarán, y nos lo pasaremos riendo las auxiliares y yo, dirigidas por la pícara Justina. Las enfermeras chicas sí molan. Son más mayores que las chicas del pabellón A,  y cuentan con la más alta tecnología para servir los medicamentos. Por ejemplo, una de ellas me dice que vaya a la clínica para que su compañera pulverice una pastilla que un paciente no puede tomar entera. Llevo la pastilla, le digo que la pulverice y entonces ella saca una piedra pulida de río y se lía a golpes con la pastilla. Yo me quedo blanco, exactamente como la pastilla, y la llevo de vuelta a la otra enfermera.

Así se pasa la jornada. Como ahora estoy en el pasillo con Justina, a la que no le queda nada para jubilarse, nos reíamos un montón con sus ocurrencias y su forma surrealista de hablar. Tengo un amigo de Jaén, Pepe, que es como Justina, pero más joven y en chico. Por lo demás, son clavados y practican el mismo humor irreparable.

Luego es Reme quien se marea. Reme es también mayor y ha estado con el súper EPI puesto varias horas. La verdad es que ese pabellón es un lugar ideal para enfermar, porque te cuidarían Ana, Justina y Ángels. Sentamos a Reme en una silla de ruedas. El médico viene a verla. Puede tener Cóvid. Se la llevan. Le darán de baja. Le harán la prueba unos días después y saldrá negativa. Reme querrá reincorporarse enseguida, pero Pepa no la dejará.

Hace tiempo hice un pacto con la muerte, o eso me imaginé yo, aunque sé que la muerte siempre es muy suya y profundamente irónica, la cosa más irónica de la vida. A cambio de no tenerle miedo, le dije (antes se lo tenía) ella debería ir a buscarme a la montaña. Quiero pensar que mantenemos ese pacto. Pero ahora que he conocido a gente como Ana, quizá la muerte en la montaña sea demasiado solitaria. A lo mejor es mejor morir mientras personas como Ana te cuidan y te dicen cosas bonitas. Pensar que vendrá la muerte y que tendrá sus ojos.    

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