(XI) Guerras

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(XI) Guerras

(XI) Guerras


Dos de mayo. Celebro el día de la Comunidad de Madrid con una fiesta de agujetas. Esta mañana he vuelto a correr por el monte. Dos meses después, dos horas de felicidad apenas. La merma muscular de estos mese inactivos ha hecho aflorar en mis piernas todas las lesiones. Pero correr por el monte, como hacerlo en el hospital, no es solo una fiesta, sino mi forma de expresar el desconcierto. El día de mi Comunidad recuerda un enfrentamiento armado de hace dos siglos, como si los días más bellos de los pueblos solo pudieran conmemorarse con sangre. Eso me desconcierta, por eso corro.

— Es gracioso esto –dice Lebowski cuando llego de correr, yo sudoroso y sonriente, y él a punto de abrirse el primer botellín del día- es gracioso que los mismos que desprecian a los que buscan a sus abuelos en las cunetas de la guerra, y la posguerra, tachándolos de husmear rencorosamente en el pasado, celebran una fecha mucha más antigua, pero que halaga su hipertrofia nacionalista. ¿Cuándo conmemoraremos no a un guerrero, sino a un científico, incluso a un científico francés?

Le digo que en el hospital buscamos a los abuelos, en este caso vivos, pero perdidos muchos de ellos en la fiebre de la demencia. Abuelos que nacieron durante esa guerra y esa posguerra mencionadas. Abuelos perdidos para sus familias, que no pueden verles, que en muchos casos ya nunca les verán, ni siquiera muertos, ni siquiera para darles el último adiós, lo que hace que la situación que comenta Lebowski me recuerde a lo que sucede ahora. Abuelos que no están en una cuneta, pero que tampoco han tenido un funeral adecuado. Un día pregunté por qué algunos de ellos no estaban en la UCI, dado la gravedad de su estado. Y Ana me contestó que no había UCIS suficientes para todos y que había que seleccionar. A eso se le llama medicina de guerra, pero sin guerra. O siempre la misma guerra. Pónganle ustedes el adjetivo que deseen. Una guerra y una posguerra parecida a aquellas otras. Y tengo que darle la razón a Lebo, mal que me pese, porque además desde hace mucho tengo una opinión lacerante. El barón Von Clausewitz dijo que la guerra es la continuación de la política por otros medios, y yo pienso siempre en esta paradoja: que la paz es la continuación de la guerra por otros medios.

No me da tiempo a seguir pensando en estas cosas, porque Lebo pone a mi disposición cerveza helada. Son las 10 de la mañana y ya estamos de charla y dándole al frasco. Ni siquiera me he duchado. Las reflexiones profundas pueden esperar. El sudor helado se me pega a la espalda. Tengo todo el puente libre, y lo quería dedicar a correr y a escribir, pero con Lebowski de vecino va a ser difícil. Ya me ducharé más tarde. Creo que va a hacer luego una barbacoa.

Cuando llego del hospital, eso es lo primero que hago. No la barbacoa, entiéndanme, la ducha. Intento deshacerme de los restos de Cóvid que haya adheridos a mi piel, a mi pelo. En el baño hay un espejo raro y colocado de manera absurda, del tal modo que en él solo te ves las piernas. Durante estos dos meses de confinamiento he visto en ese espejo como el volumen de mis piernas mermaba, como el dibujo de los cuádriceps se borraba días tras día. Los músculos, si no los ejercitas, pierden su volumen y su forma, y dejan de ser fuertes y de parecer bien torneados. Bastan dos meses. Pero al mismo tiempo, es lo que sucede con ese proceso de tiempo largo que llamamos vejez. Un día te miras en el espejo y allí hay otro tipo. No te reconoces ¿Eres tú o no eres tú? ¿Dónde están tus pómulos estrictos, dónde la mirada ilusionada de la adolescencia? ¿Y esa flacidez en el abdomen? ¿Y esos brazos descarnados hasta parecer sarmientos? ¿Y esas piernas como palillos? ¿Y ese pelo blanco, o inexistente, sobre los ojos melancólicos? ¿Cuándo, cómo se produjo la metamorfosis? Porque la vejez es otra metamorfosis y, según el poeta Joan Margarit, una especie de posguerra. Es decir, una especie de derrota.

Los abuelos que tenemos en el hospital están aún más derrotados, porque Cóvid los destruye y los humilla. Digamos que dentro de la fiebre y la demencia en la que viven, somos los demás los que sostenemos su dignidad, el colectivo, del mismo modo que ellos nos sostuvieron a nosotros cuando éramos renacuajos y no sabíamos andar. Nos limpiaron el culo y nos alimentaron. Nos cuidaron. Nos dieron todo lo que tenían. Sostuvieron nuestros pasos. Nos trajeron regalos y golosinas y jugaron con nosotros al balón.

Miradles ahora, tumbados en camas automáticas que se mueven cuando aprietas el mando (a veces confundo el mando de la tele con el de la cama, no me extrañan que me conozcan en todo el hospital) donde yacen como seres de otro mundo. Están indefensos, pero cuidados, y muchos de ellos van a sobrevivir debido a que están cuidados. Pese a todos los agravios, la sanidad pública sigue siendo un reducto de dignidad que nos salva no solo la salud, sino la vergüenza. Y cada día damos más altas. Pero muchos ancianos de las residencias no han tenido la misma suerte. Se llegó tarde a por ellos. Mauthausen llegó antes. Da pavor solo imaginarlo. El otro día leía un artículo donde se hablaba de quiénes son los accionistas de las grandes empresas de residencias ¿Lo imaginan? ¿no? Fondos buitres. Nunca mejor utilizada esa metáfora zoológica. Es un negocio seguro en nuestras sociedades edadistas y de plastilina. En otro sitio leía que el éxito de Grecia y Portugal en la lucha contra Cóvid tenía que ver con que en esas sociedades los ancianos se quedan en casa, y apenas hay residencias. Y nosotros, mientras todo esto pasaba, no solo la muerte de las residencias, sino el hecho de dejar a nuestros mayores en manos de buitres cleptómanos con la venia de las autoridades traidoras ¿a dónde mirábamos? ¿Qué viaje pensábamos hacer este verano? ¿Qué ropa íbamos a comprarnos a precios de risa? ¿Qué coche íbamos a estrenar para el viaje a ninguna parte? Es difícil encontrarse ahora una residencia y no verla como un ghetto que confinaba (ahí, sí, de verdad, ad aeternum) a personas a las que esta sociedad considera ya amortizadas. Como también es cierto que todos tenemos, cada uno en su medida, responsabilidad en todo lo que pasa. Alberto Olmos afirma que “el presente es el único tiempo de culpabilidad, porque todos somos culpables del futuro”. Pero creo que también lo somos del presente. Incluso algunos lo son del pasado, pues no reniegan ni por equivocación de lo peor de él, o festejan con boato los días de matanza. Me atrevo a citar por enésima vez a Reig, sus frases memorables, que él olvida mientras este celador las guarda con convicción: “Si se tiene conciencia, solo se puede tener mala conciencia”. Algo habrá que hacer para que no sea así.

Paso el día de la fiesta con agujetas, cerveza y Lebowski. Ahora, cuando escribo esto, es tres de mayo, y no he salido a correr. He cogido la bici. Por poco me descalabro en una bajada llena de cárcavas. Pero sigo en pie. Y me dispongo a escribir el tres de mayo sobre lo que pasó el 13 de abril, 20 días de desfase. Mal asunto para un diario. Porque no me acuerdo de nada. Solo que a partir del 13 de abril voy a pasar los siguientes 12 días trabajando en el pabellón C, el más cañero, el más conflictivo de todos los pabellones en Covidland. La línea del frente. Es cierto que tengo una libreta que me llevo al hospital, pero casi nunca escribo en ella. Prefiero charlar con los compañeros y tomarme un café. Algún día la he sacado y me han mirado raro. Lo que faltaba. Y también tengo una agenda (la agenda del guía de montaña, editada por la AEGM) donde intento anotar los pabellones en los que paso cada jornada y el suceso importante del día. Pero no siempre me acuerdo de anotar esas cosas.

Retrocedamos, en cualquier, caso a aquel día de marzo de 2020 en que la lluvia caía cerrada sobre la misteriosa Covidland.

El edificio principal tiene 3 plantas. En el bajo está el laboratorio y la oscura sala de los rayos, las ecografías y otras tecnologías sanitarias. También hay un gimnasio para rehabilitaciones. En la primera planta está lo que yo he llamado pabellón E. En la segunda lo que he llamado el pabellón C. A la tercera no la he llamado de ningún modo. En ella hay salas de reuniones médicas y habitaciones para los facultativos que se quedan de guardia. Así que estos días estoy en el C, en la segunda planta. La supervisora del C y el E es la misma persona: Anabel. Parece una muchacha de pelo rojizo y piel traslúcida, pero es la jefa aquí. Y creo que ejerce esa supervisión con cierta mano ancha. En dos ocasiones recurriré a ella en momentos de zozobra. Siempre escucha. Siempre contesta. Lo cierto es que me cae fenomenal. No sé si fue ese primer día que ella hizo una ronda para tomar PCRs y me dijo que la acompañara. Ellas tomaba muestra de sangre y PCRs, y yo las metía en una bolsita de cierre hermético y luego en otra. Y también desprendía pegatinas de una hoja que luego había que pegar en los tubitos con tapas de colores para determinar a quién correspondía cada muestra. Cortaba pegatinas y las ponía en el marco de la puerta para que ella las cogiera. No sé por qué ese día, Anabel realizaba ese trabajo de enfermera y no de supervisora. Pero yo hago siempre lo que me manda Anabel, ya sea llevar una muestra al laboratorio o colocar cajas en el almacén.

Tampoco recuerdo si fue ese día en que no me vestí de súper EPI, aunque previamente se lo había preguntado a las auxiliares, al principio, a la hora de distribuir el trabajo, y me habían dicho que no. Pero luego algunas de ellas se habían pasado la mañana cuchicheando acerca de por qué el celador no se había vestido de súper EPI. Como ese juego me estaba cansando, fui a ver a Anabel y le expliqué la situación, sin dar nombres.

— Primero me dicen una cosa y luego la contraria, pero no a la cara, sino con reproches raros. No me gusta esta situación. Si me tengo que vestir, me visto, a primera hora o cuando sea; pero que me lo digan con claridad. No soporto los cuchicheos ni la falta de claridad. Por favor, habla con ellas.

Anabel me dijo que hablaría con ellas. Y a la mañana siguiente todo fue mejor y yo me calcé el EPI y con él seguí el resto de los días, ayudando a las auxiliares en la limpieza y en la movilización de pacientes, además de otras tareas propias de un celador y también impropias (pero eso pertenece a otro capítulo).

En este pabellón hay mucho movimiento tanto de auxiliares como de enfermeras. Y una clara división jerárquica entre unas y otras. Pero no es verdad, como dije en un capítulo anterior, apresuradamente, que las enfermeras no se pongan a echar una mano en las tareas más ingratas si es necesario. Lo hacen. Vaya si lo hacen. Entre las auxiliares hay una especie de guerra no declarada, de grupos opuestos, y alguna que va por libre. Marcela parece que va por libre al tiempo que tiene cierto ascendente sobre las otras. Marcela es mulata dominicana y aparte de hacer su trabajo, hace otros que no son su trabajo. Cuando las otras descansan, ella afeita a los pacientes o les corta las uñas. Así que aprovecho ese ascendente que tiene Marcela para convertirla en mi principal interlocutora. La llamo la jefa y le pregunto a ella sobre lo que tengo o no que hacer. Y ella manda porque a Marcela le gusta gobernar. Me manda a ala sur del pabellón y durante varios días trabajo codo con codo con Elisa, que es ese tipo de auxiliar al que estoy acostumbrado: eficaz, detallista y muy cariñosa con los pacientes. Cuando acabo el trabajo con Elisa, me voy pasando por las demás habitaciones para ayudar al resto de auxiliares y enfermeras. En la habitación 1 tenemos una anciana y una mujer más joven con ictus. La anciana se hace amiga mía pese a su evidente demencia. O quizás por eso. No sé si es Cóvid quien les ha dejado así, o si ya venían loquers desde casa; pero no suelen razonar, no suelen ser capaces de mantener una conversación y a veces no pueden ni hablar. Terminar una frase completa de manera coherente es tarea imposible. Además, Cóvid les ha dejado una voz cavernosa y mínima, que apenas se entiende. Esta mujer, Juliana, intenta mordernos cuando la levantamos de la cama para sentarla en el sillón. Luego se ríe sin razón aparente. Cuando le pregunto de qué se ríe, dice: “De ti”. Otras veces, cuando entro en la habitación me mira y dice: “Te quiero”. Pero luego intenta morder y hay que tener cuidado con su cariño. Yo llevo gafas y casco. El casco es bueno pues te salva de algunas bofetadas. A veces, cuando abrochamos el cinturón de los sillones por detrás, algo que se hace para que los pacientes no se venzan hacia adelante y se caigan al suelo, el casco choca con la pared y se me queda ladeado, lo cual me hace perder apostura y autoridad. Cuando lo llevo así, Juliana todavía se ría más de mí. Ya no parezco un astronauta de verdad, sino de chiste de Gila. He de decir que ya tengo mis propias palabras para dirigirme a los pacientes. Cuando salgo de las habitaciones les digo: “Sean buenas, o si no tendré que volver”. Y se parten de risa. No me tienen ningún miedo. En la habitación 2 hay otra mujer que me cae muy bien. Enseguida se aprende mi nombre y cada vez que me ve pasar por el pasillo empieza a gritar “Pedro, Pedroooo”. Mejor que Penélope Cruz. Esta mujer, María, cuando la levantamos nos hace ponerle una chaqueta muy elegante. Y pide colonia. Y sus gafas. Y su medalla. Y está allí como una señora intelectual, aunque luego se pase la mañana viendo Telecinco. Quizá está haciendo un estudio semiológico sobre la telebasura. Pero todas cagan y mean, como todo el mundo. Las deposiciones tienen al parecer una importancia decisiva, clínicamente hablando. Hay que apuntar todo lo que aparece, en qué forma, textura, color, etcétera. Ese escrutinio lo llevan las auxiliares. Ahora sé que ser auxiliar es uno de los trabajos más duros del mundo, por diversos motivos. Pero eso no será inconveniente para que en los próximos días tenga problemas con algunas de ellas. He echado cuentas y salgo a un par de broncas por jornada, sin tener en cuenta las que me echan algunos pacientes, esos que al principio llamábamos “los bordes”. Y es que ser celador también es un oficio de la máxima exposición. Hay otro paciente que a todas horas pide que le deje marchar. Es relativamente joven. Si yo pudiera mocito, ese trato se cerraba. Pero no puedo. Siempre acudo a la misma muletilla de obediencia debida: “Te podrás ir cuando lo digan los médicos”. Y es que estar en un hospital tiene algo que ver con ejercer el poder, por mínimo que este sea.

Llevaba muchos años sin tener agujetas. Estás dos meses sin correr y te quedas en nada. Pues imagínense los cuerpos de los pacientes encamados, no solo la metamorfosis de la edad, sino también de Cóvid: piernas mínimas, bracitos de hilo, voces de muñecos, miradas idas, escaras dolorosas. Afortunadamente, muchas de sus mentes han decidido perder el sentido de la realidad, dimitir del mundo. Mejor así, que duerman, que no se enteren de lo que pasa ni lo que ocurre. Cantemos nanas, ahora. Silencio.


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