(XII) La sábana

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(XII) La sábana

(XII) La sábana


Sousa y yo nos conocemos desde los 6 años. Su nombre completo es Augusto Sousa Rodríguez, pero todo el mundo le conoce como Sousa. Solo Iñaki le llama Agus. Y desde hace un tiempo yo también le llamo Agus. Durante una temporada, Agus, Iñaki y yo hicimos como una especie de sociedad gastronómica. Agus es un gran cocinero y la familia de Iñaki tenía un pequeño asador vasco en Villalba, por lo que era un entendido y un gourmet. Quedábamos de vez en cuando en casa de uno u otro y cocinábamos cosas, especialmente ellos, especialmente Sousa. Sousa también es celador desde hace más de 20 años y cayó enfermo de Cóvid a las primeras de cambio. Es curioso, porque el pequeño local de la familia de Iñaki lo alquiló otro amigo nuestro, Bob, el inglés, que también cayó enfermo de Cóvid enseguida. Los dos también son músicos, cocineros y músicos. Agus pasó la enfermedad en casa. Bob en Ifema. Bob publicó una emocionada entrada en Facebook alabando la labor de los sanitarios. Agus, por su parte, me avisó por wasup de su enfermedad cuando quise pedirle consejos para mi nuevo trabajo. Agus no tiene Facebook.

Hace tiempo que yo perdí cualquier entusiasmo por la gastronomía. Creo que fue desde que esta se convirtió, junto con el fútbol, en una religión social, televisiva y obligatoria. En un país oficialmente laico no debían permitirse semejantes excesos. Me molesta esa moda impostada, esa omnipresencia suya en nuestra sociedad de plastilina. Ya he dicho que no le presto mucha atención a la comida. A veces ninguna. Los chefs mediáticos me caen mal, sus estrellas Michelín y esos platos suyos de nombres imposibles y presuntuosos me caen peor. Una sociedad que solo piensa en comer, en el fútbol y en las historias de los famosos, e ignora toda la inmensa conmoción del mundo, está condenada a desaparecer pronto. Ha entrado en su fase de decadencia definitiva.

Sí presto atención, sin embargo, a mis amigos y a Cóvid. Sousa y yo nos conocemos desde los 6 años, ya lo he dicho ¿no? Hemos crecido juntos, hemos hecho música juntos, hemos viajado juntos, nos hemos emborrachado juntos. En una ocasión nos enamoramos de la misma chica. Sousa se recuperó del Cóvid y volvió al hospital. Pero ahora tiene un trombo en el pulmón. Me gustaría decir que tiene un trombón en un pulmón, ya que a los dos nos apasiona ese instrumento insólito. Pero tiene un trombo en el pulmón. Es uno de esos 30.000 sanitarios que han enfermado por Cóvid. Al menos 20 han muerto. Él tiene esa secuela pulmonar. Al principio los EPIs y los protocolos brillaban por su ausencia. Todos pensábamos que el virus nunca llegaría a Europa. Para eso habíamos sido el centro del mundo durante varios siglos ¿no?, algo que algunos siguen creyendo, como esos soldados japoneses que ignoran o desprecian el fin de la guerra y siguen practicándola en islas perdidas. Ni siquiera cuando vimos los camiones militares de Bérgamo cargados de ataúdes pensamos que el virus llegaría hasta Europa, como si el norte de Lombardía fuese una región perdida de la Antártida. Hasta ahí llega la estupidez de nuestras sociedades. La solidaridad europea, como tantas otras veces, se cubrió de gloria. Los médicos cubanos llegaron antes. Los aviones chinos llegaron antes. E incluso el ejército ruso llegó antes a Lombardía. Estábamos demasiado ocupados con Máster Chef y una oportuna lesión de Messi para pararnos a pensar en que algo podía salir mal. Y salió mal.

Al pabellón C regresan ahora muchas chicas que han pasado por las deletéreas manos de Cóvid. Mateo todavía sigue enfermo en las manos de Cóvid. Un día llegué a trabajar y había un círculo de enfermeras hablando, nada extraño. Pasé cerca de ellas para dejar mi bolsa en el armario común y Anabel me dijo “Pedro, te presentamos a Marta, que acaba de reincorporarse”. Había estado un mes de baja y ahora celebraban su regreso. Marta es muy maja. Cuando dejé el pabellón C, tras esta larga temporada, nos hicimos todas unas fotos juntas. Marta le dijo a Anabel que hiciera lo posible para que yo volviera a ese pabellón. No es por presumir, pero ya me ha pasado más veces. Lo que pasa es que los celadores no pertenecemos a ningún pabellón y cuando Pepa detecta que se encariñan con nosotros, nos envía a otro sitio.

Que un 30% de los afectados por este virus sean sanitarios es una tragedia estructural. Algo cuyas causas habrá que investigar más adelante. Amai, mi amiga médico, la preventivista de la Sierra, la que ha prohibido los gorros molones en sus hospitales, también estuvo enferma. Y mi hermana Pachús, la pediatra de Manzanares El Real, que atiende a muchos de los hijos de mis amigos escaladores, estuvo infectada aunque no desarrolló síntoma alguno. Su marido, sí. Yo me metí a celador, entre otras cosas, por esa razón, porque había muchas bajas y había que cubrirlas. Los compañeros y compañeras sanitarias fueron al frente con pocas armas (empleo la metáfora bélica con toda la conciencia y la mala leche posibles) y muchos cayeron en el primer combate. Y empleó la metáfora bélica no en el sentido que la han usado algunos políticos y algunos militares que han salido en la tele. La uso porque no es una metáfora. No me refiero a que Cóvid sea el enemigo. Cóvid es un virús. Me refiero a la guerra de clases que drenó recursos públicos hacia las mafias de la sanidad privatizada y dejó a nuestros sanitarios sin los medios adecuados para tratar la pandemia. Esas una de la razones por las que intenté echar una mano. Coger, por ejemplo, el relevo del celador Sousa, del servidor público Sousa, del cuidador Sousa, y suplir su baja y seguir cuidando a la gente como él lo haría, dándolo todo, dejándolo todo. Asumiendo todos los riesgos. Y defendiendo lo común.

Por eso me molestó tanto el asunto de la sábana.

En otra entrega dije que he hecho cosas propias de celador, pero también impropias. Si uno mira cuáles son las tareas y competencias de un celador, encuentra cosas como estas: trasladar a los pacientes, movilizar a los pacientes; ayudar a enfermeras y auxiliares en las tareas que les sean encomendadas; trasladar material, documentos o pruebas médicas de un lugar a otro del hospital; cuidar y vigilar el material hospitalario y la buena colocación de los enseres y equipos, etcétera. En realidad, casi cualquier cosa que no sea ejercer la administración, la medicina, la enfermería o la limpieza del centro, es una tarea de celador. Es un trabajo multidisciplinar, siempre en coordinación con el resto de trabajadores. En las circunstancias a las que nos hemos enfrentado en la pandemia, sin embargo, estas tareas en algunos casos se han desbordado y no siempre de la manera más coordinada posible. En cierto modo eso es lo que pasó con el tema de la sábana.

En la habitación 1 del pabellón C estaban Juliana y Aida. Ya he hablado de ellas. Juliana muerde y le gusta boxear con nuestros cascos. También se ríe de mí y me declara su amor de vez en cuando. Aida es menos expresiva. Tuvo un ictus. En realidad es casi inexpresiva. A veces, todo el pabellón está en calma. Y en otras ocasiones estalla la tormenta. La tormenta a la que me refiero fue a la hora de las comidas. Al tiempo que se repartían las comidas, hubo varios enfermos con crisis, cambios de pañales, sábanas, movilizaciones, curas y todo el mogollón. La gente andaba como loca, sin dar abasto, como un viejo velero que se enfrenta a la tormenta perfecta. A Juliana y Aida les habíamos dejado la comida en sus respectivas mesitas. Y ahora estábamos Elisa y yo en las habitación 3. Llegó una enfermera y dijo que a las pacientes de la 1 había que darles de comer, que si no, no comían. Salí al pasillo. No había nadie, todo el mundo estaba dentro de las habitaciones. La enfermera me dijo que fuera yo a darles la comida: Elisa y ella tenían que hacer unas curas en la 3. Y eso hice. Puedo confirmar que no es bonito ni seguro dar de comer a ancianas enfermas de Cóvid y que sueltan puñetazos. Prefiero casi hacer cualquier otra cosa. Pero allí estaba yo, peleando con una abuela demenciada y una inapetente sin entusiasmo. Haute cuisine sanitaire. Curso de gastronomía hospitalaria. Master chef del Cóvid. Pero tenía que darles de comer, algo que, obviamente, es muy importante para su recuperación. Imagínense, es como dar de comer a niños pequeños. Esta por mamá, esta por papá, esta para que te pongas buena, esta para que te puedas ir pronto a casa, esta para tu gato. Y todo así. Entonces sonó el teléfono. Me llamaban de la consejería del edificio donde estábamos, de la planta baja. Coger el teléfono con el súper EPI puesto y una señora que te pega no es una situación ideal. Pero lo conseguí. Me decían que tenía que ir a retirar una sábana que había en una silla de ruedas junto al hall de la entrada.

– ¿Una qué?

– Una sábana.

– ¿Y por qué no la retiran ustedes?

– El servicio de limpieza tiene que desinfectar la silla, pero se niega a retirar la sábana. Dicen que ese no es su trabajo.

– Pero la silla estará tan infectada como la sábana.

– Sí, pero se niegan. Tienes que bajar tú.

– No puedo ahora. Estoy dando de comer a una paciente. ¿No puede quitarla usted, con un guante?

Silencio incómodo

– ¿Ahora los celadores se ocupan de dar de comer a las pacientes?

– Hoy, sí. Tenemos mucho lío aquí arriba. En 15 minutos bajo y quito esa sábana. O miro a ver si mi compañera puede hacerlo, que ella está sin EPI.

– De acuerdo. Buenos días.

No doy crédito. Pandilla de memos. Pelea de competencias por una sábana. Esquivo un puñetazo. Cuelo una cucharada de puré en la boca de Juliana. Vuelve a sonar el teléfono. Lo cojo. Es Pepa, mi jefa.

– Pedro, me dicen que te niegas a retirar una sábana y que estás dando de comer a los pacientes ¿Desde cuándo los celadores damos de comer a los pacientes?

– Pepa, sabes que ahora hacemos de todo y no me he negado…

– Deja inmediatamente de hacer lo que estés haciendo y retira esa sábana.

-L a retiro cuando termine aquí.

– La retiras ahora mismo. Yo misma la retiraría pero ahora no puedo ir para allá. Te bajas ahora mismo y la retiras.

– Pero…

-No hay peros que valgan. Gracias.

Se corta la comunicación.

Dejo la cuchara en la bandeja. Salgo a toda leche de la habitación, sin protocolo de desinfección ni leches. Mi compañera celadora Amelia aparece por una puerta lateral: “Pedro ¿dónde vas? Necesito tu ayuda aquí”. Hago espavientos con los brazos. Digo algo que ni siquiera recuerdo. “Sáfana, sáfana”. Con el súper EPI puesto nadie te entiende nada. Hay que gritarse muy cerca para hacerse oír. Sáfana. Me lanzo escaleras abajo cagándome en la madre que los parió a todos. Todo el mundo se asusta de mí. Un tío vestido con súper EPI bajando a toda hostia por las escaleras y diciendo cosas incomprensibles es algo que acojona. Siempre estoy asustando a esta gente. Llego abajo. Veo la silla. No hay sábana. Veo que en el ascensor entran dos mujeres del servicio de limpieza. Una de ellas es una española veterana. Estoy seguro que es la que se ha negado a retirar la sábana. Me miran con cierto miedo.

– ¿Dónde está la sáfana? -grito desde el interior hipóxico del súper EPI.

– Se la han llevado por allí –me dicen asustadas mientras la puerta del ascensor se cierra.

Por allí es dirección a Rayos X. Allí veo a dos mujeres que no conozco.

– ¿Hafeis fisto por aquí una sáfana?

– Ah, la sábana. Sí, la ha cogido, Carlos, el técnico de rayos. Menuda se ha montado.

– Pues me han mandado a mí a por la sáfana.

– Nada, tú ni caso, olvídalo.

Es obvio que estas mujeres han visto algo. Probablemente una bronca entre la conserje y la veterana de la limpieza. La conserje me ha llamado a mí y luego, ante mi respuesta, a mi jefa. En esas, Carlos ha pasado por allí, ha cogido la sábana y la ha llevado al lugar correspondiente. Ya dije que Carlos es un tío estupendo. Tiene carácter. Estoy seguro de que les ha dicho 4 cosas a las imbéciles de la sábana. Nunca olvidaré cómo reaccionó cuando aquella paciente se quedó sin oxígeno. Ni lo que le dijo a otra:

-¿Tiene frío? Es porque aquí gobierna el PP, que no pone la calefacción.

Me subo arriba más cabreado que una mona. No he querido ir a la conserjería a conocer a la traidora. A veces soy capaz de contenerme. Prefiero olvidarla. Cuando llego al C, Amelia me está esperando. Otra bronca.

– Me has dejado con la palabra en la boca.

– Ahora te lo explico

– Si te pones el EPI tienes que estar aquí para lo que haga falta.

– No te he contestado, porque estaba cabreado.

– Aquí no importan tus cabreos, aquí estamos para trabajar en equipo y sacar a los pacientes adelante.

– Completamente de acuerdo, pero esto tiene una explicación.

Ahora todo el mundo nos está mirando. Me llevo a Amelia al office, donde no hay nadie. Le explico lo que ha pasado y ahora es ella quien se cabrea:

– Por una sábana, pero serán hijos de puta.

Se acaba el turno. Amelia y yo nos vamos. Está más cabreada ella que yo. “Yo hablo con Pepa”, dice, dispuesta a defenderme. Le digo que no, que hablaré yo con ella, pero con tranquilidad y explicando toda la vaina. Cuando llegamos al control de firmas, Pepa está saliendo. Se va. Pero antes, olvidando todas las medidas de distanciamiento, me coge de los antebrazos y se disculpa y me dice que habría ido ella misma a quitar la sábana, pero que no podía. No todas las jefas se disculpan.

– No pasa nada, Pepa. Pero quiero hablarlo.

– Me tengo que ir. Habla ahora con Eva y el lunes conmigo.

Eva está muy seria y me dice que bajo ningún concepto tengo que dar de comer a los pacientes. Nunca más.

– Vale, pero quiero hablarlo. Este incidente tiene muchos matices.

– De acuerdo. Lo hablamos mañana -me dice.

Firmo y le entrego el teléfono. Es la primera vez que entrego el teléfono sin haberlo desinfectado.

Vuelvo en coche por entre dehesas preciosas. Ahora hay más coches que durante la Semana Santa. Me doy cuenta de que en cuanto se rompe el sentido de colaboración, surge el peligro. Ponen a una persona en una situación absurda, y esta descontrola su seguridad y la de los demás. Por una sábana. Ya has aprendido que no todo es guay en el hospital chejoviano, que las pequeñas mezquindades ponen en marcha una maquinaria de incidentes que pueden llegar a convertirse en algo más grave. En desconfianza, en rencor, en desilusión. Todo ello terrible, todo ello con consecuencias en el servicio. Hoy ha ocurrido. Es justo lo contrario de aquello por lo que viniste a este lugar. Al final no lo consideras una falta de respeto hacia ti, sino hacia los pacientes a los que tú atendías ¿Por qué los atendías? ¿Por qué hacías más de lo que te correspondía? ¿Por qué dabas de comer a la demente Juliana y a la inexpresiva Aida? Porque el pabellón estaba desbordado y nadie más había para hacerlo. ¿Qué haces, de hecho, trabajando en un hospital? Justo lo contrario a un acto de mezquindad. Así lo piensas y lo sostienes. Viniste para ayudar a los que enfermaban, para ayudar a salvar a la sanidad pública. Pero ese comportamiento miserable con el que hoy te has enfrentado no va a cambiar esa determinación. No vas a caer en la trampa de desmoralizarte por eso. “La mejor venganza es no ser como ellos”, decía Marco Aurelio. Mañana hablarás con Eva. Antes de irte has hablado con Anabel. Has entrado en su despacho. Le has preguntado si un celador puede dar de comer a los pacientes, si en algún lugar pone que eso esté prohibido. Ella te ha dicho que no está prohibido, pero que tampoco es una tarea normal en un celador. Pero que es bueno que te impliques hasta ese punto. Luego ha dejado mirarte y se ha sumergido de nuevo en su ordenador. Como tiene la piel tan transparente, enseguida se ha puesto colorada.

Cada vez que me acuerdo de la comida del hospital, de esas cremas de verduras extrañas que les ponen a los pacientes de dietas blandas, me entran ganas de invadir Segovia, un viejo sueño que teníamos Sousa y yo de pequeños. Cruzar la Sierra y huir con todos sus corderos y cerditos. Ser los cuatreros más terribles del Sistema Central.

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