(XIII) Los maestros

(XIII) Los maestros


Hay una forma de épica en las labores sanitarias que valoramos poco. Y no me refiero a los episodios más relevantes, a las intervenciones espectaculares, a las aplicaciones científicas, sino a los que no lo son; sostener un cuerpo humano entre tus brazos, hasta el límite del dolor, hasta la tendinitis, como si abrazaras lo que más quieres con la locura de saberlo perdido. Y todo para que no se te caiga al suelo y se haga más daño todavía. Lo asocio con la épica que mejor conozco, en este caso una épica inútil (o quizá no, quizá la cordada sea la metáfora perfecta de cualquier forma de cooperación) la épica de la escalada: ese esfuerzo supremo, doloroso, por no caer y porque tu compañero no caiga.

Todos los días vivo esa épica. La épica de los pañales, la épica del equilibrio de los cuerpos que se doblan y caerían si nos lo sujetáramos con nuestros abrazos y los limpiáramos con nuestras manos.

De los cuerpos que se quejan y que no encuentran consuelo, sino cuando llegan los astronautas. La épica de los ojos de los astronautas, esa lucha por que la mirada sostenga, igual que los brazos o las palabras, las presencias encogidas y el dolor creciente. Porque las miradas, tras las gafas de seguridad, reconozcan la dignidad humana que se encuentra, literalmente, asfixiada.

La épica de las manos enguantadas en nitrilo. Manos marinas, azules, con la sal preparada, con los juegos infantiles de los dedos, con la paz tranquilizadora de las palmas, que curan las heridas y que acarician los estertores. La épica de las caricias.

Manos que limpian los excrementos, que alisan las sábanas, que vigilan la fiebre y que son y regalan medicinas. Manos que procuran alimento. Que friegan el suelo. Que recogen la basura. Una épica tan antigua como la humanidad y que nació con el primer asombro ante el dolor ajeno, y esa forma de amor que llamamos compasión. Hay un libro muy querido para mía que se titula Amor y basura. Antes tenía un blog al que puse ese título. Creo que es la más sintética definición de la naturaleza humana. El libro es de una autor checo llamado Ivan Klima, y entre otras muchas cosas contiene esta frase que también nos define a nosotros: «Un país que vive 40 años bajo una dictadura tiene una pérdida colectiva de honestidad”.

Durante buena parte del confinamiento he leído libros de guerra. Los libros de Anthony Beevor sobre la Segunda Guerra Mundial. Uno, acerca de la caída de Berlín y el otro, sobre el desembarco de Normandia. Eran lecturas fáciles, entretenidas y duras, y servían para comprender esa naturaleza humana de la que hablaba Klima. También me servían para relativizar la tragedia que vivimos ahora y al mismo tiempo el contraste entre la violencia extrema y la política de los cuidados. Para saber que el ser humano fue capaz de todo. Que lo sigue siendo. Que hay que estar alerta. Y esto tiene que ver con lo que contaré más adelante. Estamos en el Pabellón C. Es 15 o 16 de Abril, no recuerdo bien, y hay un torturador en el hospital.

Antes había hablado con Eva, con la superjefa, sobre el asunto de la sábana. Todo fue bien, todo quedó aclarado. Ningún resquemor con Pepa. Ambas son buenas jefas. Se sientan, te escuchan, te comprenden. Se ríen. Siempre dicen: “Habéis llegado en el peor momento” y yo les respondo: “Hemos llegado porque era este momento”. De una manera no claramente racional, presiento que es un tiempo de inflexión y por ello un tiempo de movilización. Un tiempo épico. Un tiempo en que de nuevo se enfrentarán dos formas de entender el mundo: la que domina ahora, el capitalismo consumista, depredador y violento, y esa política de los cuidados de los que hablaba antes y cuyo nombre desconozco aún, incompatible con el anterior. Como sabéis yo estoy con los cuidados, esas labores esenciales que durante siglos han ejercido mayoritariamente las mujeres. Por eso el futuro será feminista o no será. El futuro será bueno si cuidamos el planeta y no lo agredimos, si cuidamos a los demás y no los agredimos de ninguna forma. Mientras hacía tiempo y esperaba para hablar con Eva, en la sala que tenemos ahora para los celadores, donde ellas tienen su mesa de jefas y nosotros viejos sillones del hospital, insuficientes para todos, en los que nos sentamos durante los descansos, siempre manteniendo la distancia de seguridad, y con la mascarilla puesta; o cuando nos toca hacer retén (yo nunca lo he hecho. Una vez me tocó y lo cambié con una compañera para irme a un pabellón a vivir esa épica de la que hablaba antes, y de la que, en cierto modo, me he vuelto un adicto, ya que cuando te quedas de retén, o de apoyo, sólo trabajas si te precisan para alguna función puntual en algún sitio)… digo que mientras esperaba a que todos los compañeros se fueran para hablar yo con Eva, me he fijado en algo apenas visible. Hay un calendario de un sindicato en el que aparece una muchacha con una camiseta feminista, probablemente en una manifestación feminista. Pues bien, como en los cómics y los tebeos, alguien había dibujado un bocadillo que salía de la boca de la muchacha, y que decía “soy una cerda feminazi”.

Después de hablar con Eva me fui a mi trabajo. Pabellón C, segunda planta del edificio principal. Paso delante del control, de la conserjería, desde donde alguien me denunció por una sábana; pero ni miro, ya que las escasas energías han de gastarse en cosas buenas.

Siempre subo las escaleras de dos en dos, para asustar a quien haya por allí, lo que consigo fácilmente. Hay ascensor, pero eso es para los enfermos. Yo soy alpinista. Andreu también. Los días que nos toca trabajar juntos decidimos que somos celadores de montaña. Ahí es nada.

Después de los trabajos habituales, aquella mañana, con el súper EPI ya quitado, liberado de la hipoxia y el sudor que produce el súper EPI, miro en el móvil las noticias, con la ansiedad habitual, a ver si ha bajado el número de muertos, a deleitarme con la enésima payasada de esa señora de cuyo nombre no quiero acordarme, o a entretenerme con alguna concentración de propietarios de Ferraris oprimidos. Es un poco como los aficionados al fútbol, que miran los resultados con ansiedad, a ver si su equipo ha ganado, o si merece la pena el esfuerzo de sostener una afición semejante. Por cierto, no intenten encajar las fechas: este diario ha enloquecido, se mueve por el tiempo a la deriva. Pero solo por el tiempo, lo cual no quiere decir que esté descoyuntado. Ese día, el que fuera, encuentro en los periódicos una noticia, la noticia que más me ha desosegado de toda la pandemia.

Los hospitales no son siempre lugares bonitos. Quiero decir que para cuidar a los enfermos a veces hay que hacer cosas feas, o, al menos, a mí me lo parecen. Cosas como atar a ciertos pacientes. Por supuesto, es para que no se arranquen las vías, para que no se autolesionen, para que no se quiten el oxígeno y se asfixien lentamente. Pero hay que atarlos. Se les pone unas muñequeras especiales, almohadilladas, para que no les hagan daño, con una especie de anilla de plástico duro. De allí salen unas tiras de tela: son los cabos que se atan con un nudo especial al bastidor de la cama, o a la propia muñequera una vez que se los ha pasado alrededor del bastidor. Es un nudo especial que puede ser desatado con un simple tirón del cabo suelto, por si hubiese que intervenir rápidamente en caso de emergencia. Lo aprendo enseguida. Soy guía de montaña y sé hacer unos cuantos nudos. Nudos de los que dependen nuestras vidas. Estos tienen una función parecida. De acuerdo. Pero lo que me resulta intolerable es la imagen de las personas atadas a la cama, o al sillón. La imagen de alguien indefenso, completamente a tu merced.

Desde niño soy muy consciente del hecho más atroz de la historia humana: la tortura. Más atroz que la muerte y que las pandemias. Porque es el más destructivo y deshumanizador de los actos. El más cruel, el más canalla, el más repugnante, el más pérfido, el más cobarde. Tan es así, que solo hay una cosa peor que ser víctima de un acto semejante: ser el que lo inflige. El escritor italiano Giorgio Basani, autor de una novela imprescindible –El jardín de los Fizzi-Contini– afirmaba lo siguiente: “La gran desventura del hombre consiste en hacer el mal, no en sufrirlo”. Ah, pobres diablos, pobres mierdas, los torturadores, esos seres absolutamente execrables ¿Seríamos capaces de hacerles daño a su vez? ¿De ser como ellos pero sólo contra ellos?

Y soy muy consciente del tema de la tortura desde niño porque en mi casa había discos de Víctor Jara. Sin saber nada de política, ni de historia, me enamoré de sus canciones ¿Por qué? Vaya usted a saber por qué, vaya a saber usted qué nota pulsaban en mi alma aquellas canciones. “Te recuerdo Amanda, la calle mojada, corriendo a la fábrica, donde trabajaba Manuel. Son cinco minutos. La vida es eterna en cinco minutos”. Un día pregunté que dónde estaba Víctor Jara. Y me contaron la historia de su vida y su muerte, de su tortura. Era tan niño que no sabía que esas cosas podían suceder. Y no 1.000 años antes, ni siquiera 50 años antes, sino tan solo unos años antes. De hecho, seguían sucediendo. Siguen sucediendo. En este momento, alguien está siendo torturado en algún lugar.

Cuando yo tenía 6 años, cuando descubrí las canciones de Víctor Jara, el torturador más famoso de España se ocultaba tras el nombre de guerra de Billy el niño. Ese día del que hablo, justo después de haber terminado la primera vuelta de la mañana, de haberme quitado el súper EPI, de haberme lavado a conciencia y haberme rociado con hidroalcohol, mientras tomaba un café en el office de la planta, junto a mis compañeras, que estaban mientras tanto hablando de sus cosas ¿De qué cosas hablan las enfermeras, las auxiliares, a la hora del café? Pues de todo. Es un colectivo transversal. Hablan de lo que hablan la mayoría de los ciudadanos de este país. Están allí, tomándose su café, probando los bizcochos que han traído hechos de casa, y hablan como todo el mundo. Casi siempre soy el único chico. A veces coincido con Andreu, Alex o Carlos, celadores; o con Mateo, Aníbal o Paco, enfermeros; o con Gabriel, el único auxiliar con el que he trabajado. Pero la mayoría de las veces estoy solo rodeado de compañeras que hablan de cualquier cosa, y se ríen y, a veces, también, discuten, como en todos los sitios. El caso es que yo estoy saboreando mi café y entonces leo la noticia. Ese tipo acaba de morir de Cóvid. Ese tipo horrible, ese asesino fascista, esa vergüenza humana, pero condecorada, pues, no lo olviden, “un país que vive 40 años bajo una dictadura sufre una perdida colectiva de honestidad”, que por tanto nunca fue juzgado por sus crímenes, todo lo más amenazado con sufrir la retirada de sus condecoraciones, algo que nunca llegó a producirse, ese tipo ha muerto de Cóvid. Me digo que no es posible. Dejó el café. Salgo al pasillo, totalmente vacío en estos momentos, pues las compañeras están todas en el office, si acaso queda alguna enfermera en el control, pero muy alejada de la habitación a la que me dirijo, la habitación número 1. Mis pasos no hacen ruido. Voy despacio, no corro, ya no corro. Rocío el pomo de la puerta con vietcong. Abro la puerta. Dentro está oscuro. Doy varios pasos y entonces lo veo. Está atado al sillón. Firmemente atado. Lo he atado yo mismo en la primera vuelta de la mañana. Lo he limpiado junto a una compañera, lo he sentado en el sillón y lo he atado porque es un paciente que se arranca las vías y se quita el oxígeno y hay que atarle. Como voy con la mascarilla, no soy reconocible. Me acerco hasta él. Está completamente indefenso, completamente a mi merced, completamente solo. Y está vivo. No es cierto que haya muerto. Sale de su somnolencia. Mira primero mis pies, mis zapatos blancos, esos que era inocentes, que eran los zapatos de un corredor, o de un bailarín, y no se inquieta. Luego empieza a subir la mirada hacia mí. Hacía mis ojos. Acusa mi mirada. De repente se inquieta. Luego ve lo que tengo en la mano. Intenta gritar, pero no puede porque un enfermo de Cóvid ha perdido la capacidad de gritar, y de hablar. Los enfermos de Cóvid no tienen voz, solo un hilo cavernoso, un murmullo incongruente y lastimero, completamente inofensivo. Igual que cualquier ser torturado.

Vuelvo junto a mis compañeras. Me siento. El café está algo frío pero todavía se puede beber. Leo en el periódico que Billy el niño ha muerto de Cóvid. Me quedó conmovido, con una cierta sensación de impotencia. En este país nunca se hará justicia. Aprovecho un silencio para decir.

– Chicas ¿sabéis quién era Billy el niño?

Me miran asombradas, algunas. Otras siguen a lo suyo. Una dice.

– Sí, una película del oeste.

– Pues se ha muerto.

– ¿Quién, el actor?

– Sí, el actor –digo- se ha muerto de cCóvid.

– Ya sería muy mayor ese hombre ¿no?

– Tenía sus años, sí –digo.

Luego viene Eva y me dice que tenemos que llevarnos a un éxitus, que me ponga el EPI. Según las propias palabras de Eva, al único éxitus que se recuerda es al primero. A este entonces no le recordaré. Mientras espero junto a ella, me dice que tengo gotas de sangre en los zapatos blancos. Le digo que me he cortado antes moviendo una cama.

Yo te recuerdo, Amanda.

Llevamos al éxitus al mortuorio. Otro día de lluvia en Covidland. Es la primavera más lluviosa que recuerdo.

Cuando acabamos con eso, me limpio la sangre de los zapatos. Acaba el turno y vuelvo a casa.

En 1931, en un lugar llamado Soluk, el líder de la resistencia libia contra los invasores italianos de Mussolini, fue ejecutado. Se llamaba Omar Al-Muktar. Era un hombre viejo y un hombre sabio. Antes que líder guerrillero, había sido maestro de escuela. Los fascistas italianos solían ejecutar a los prisioneros de la guerrilla. A su vez, estos pretendían hacer lo mismo con los prisioneros italianos. En una ocasión, estando Muktar presente, los jóvenes guerrilleros se disponían a ejecutar a unos soldados. Muktar lo impidió. Un joven guerrillero le dijo:

– Pero es lo que hacen ellos con nosotros.

A lo que Muktar respondió:

– Ellos no son nuestros maestros.

Cuando entré en esa habitación, en la habitación 1 del pabellón C, lo que hice fue dar de beber a un paciente, algo que había olvidado hacer antes. Si ese paciente hubiese sido Billy el niño, habría hecho exactamente lo mismo. Porque ellos no son nuestros maestros. Hubiese intentado que se recupera del Cóvid y que luego fuese juzgado por sus crímenes. Pero primero habría ayudado en su curación, aún a sabiendas de que las posibilidades de que fuera juzgado eran más que remotas. Porque, ya saben, “un país que vive cuarenta años bajo una dictadura tiene una pérdida colectiva de honestidad”. Y porque un país que vive 40 años de impunidad tras esa dictadura sufre una pérdida colectiva de dignidad. Pero yo habría curado al verdugo. Esa es mi misión y mi convicción. Porque ellos no son nuestros maestros.

Y es cierto que me corté con un filo metálico al mover una cama. Y es cierto que un tipo escribió aquello en el calendario sindical. Cómo explicar a alguien que ninguna feminista levantó nunca un campo de exterminio, ni propició una guerra que causó 60 millones de muertos. Que no gaseó a millones de judíos, ni se puso uniformes idiotas. Cómo decirles que los nazis no son los maestros de las feministas, pero sí que lo son de los que escriben esas cosas falsas en los calendarios. No ser precisos con las palabras y con la verdad es una falta temible de honestidad. Una mentira, repetida mil veces, sigue siendo una mentira.

Al día siguiente, vuelvo a la sala de celadores y alguien (Eva o Pepa, supongo) ha tapado con Típex el comentario subnormal.



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