(XIV) El poder y la gloria

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(XIV) El poder y la gloria

(XIV) El poder y la gloria


Hoy tengo el día libre. Café con Lebo. Estamos en nuestras respectivas terrazas confinadas. Madrid sigue sin pasar a la fase 1. Lebo se mete con el menú infantil. Yo con las mascarillas. Dice que si a su hijo le hicieran comer todos los días pizzas radiactivas, se echaba a la calle con una metralleta. Yo le digo que las FPP2 pueden generar hipoxia en la gente mayor. Él dice que esas pizzas generan colesterol e hiperglucemia en la gente menor. Yo digo que en el hospital nos tienen racionadas las FFP2 y que no tienen sentido que se las regalen a la gente. Él dice que cuál será el interés en que esas empresas suministren la comida a los niños en riesgo de exclusión. Yo le digo que además las mascarillas no están homologadas y que esa es otra razón para no regalarlas. Él dice que Canarias donó a Madrid un cargamento de plátanos, pero que se pudrieron en un almacén porque nadie fue a recogerlos. Desde el principio de la pandemia ha habido un continuo trapicheo de mercancías defectuosas que han colocado a los gobiernos a precio de oro. Luego muchas de esas empresas se han esfumado. El insiste que muchas sí, pero no todas: las empresas que facilitan la comida a los niños pobres son multinacionales de material defectuoso per se, de comida basura. Y qué cuál es la diferencia entre operar legal o ilegalmente si lo que pones sobre la mesa es lo mismo: basura. Y al mismo tiempo que hay un diferencia entre que te engañen los especuladores (“es el mercado, amigo”) a engañar tú a los niños vulnerables. Eso es un crimen, amigo, dice. Yo le digo que ya han rectificado, porque el escándalo era internacional.

Del desayuno pasamos al aperitivo. A veces las cosas son así, como Lebo, sin claras transiciones. ¿Cómo es Lebo? Pues tiene el pelo largo y castaño y unos ojos azules muy claros. Una barba casi pelirroja. Una cicatriz en una nariz poderosa, rotunda. Nunca le he preguntado cómo se la hizo. Me temo cualquier historia con botellines rotos a altas horas de la madrugada. Tiene una incipiente barriga cervecera, de bon vivant celta. Cuando está en casa, viste como cualquier Lebowski que se precie. Entonces es Lebowski. Es decir, un auténtico desastre. Su escepticismo suele ser ácido, airado, ácrata y turbio. Él se llama así mismo enfadón. Pero a la vez tiene un gran sentido del humor, un humor inteligente y algo teatral que le ilumina el rostro cada vez que lo practica. Es del Real Madrid, cierto, y ahí no es escéptico, pero porque afirma que el fútbol es una gilipollez, que no va a ningún sitio. Me dice que le saque guapo en el diario y le digo que no flipe.

Nada va a cambiar en nuestras vidas, le digo. O sí, a peor. El festival colectivo de los balcones da paso a la venta masiva de piscinas para la clase media. La gente ya no aplaudirá desde sus balcones, sino desde sus piscinas. Un nuevo individualismo se legitima en la pandemia. Justo lo contrario de lo que esperábamos. Se levantarán nuevos muros, nuevas zonas privadas. Al parecer esas cosas esenciales y sencillas que habíamos descubierto que eran la auténtica felicidad, no son la auténtica felicidad. La auténtica felicidad es seguir la senda del egotrip consumista. No hemos aprendido nada. De hecho, ahora, la publicidad aprovecha esa vena sensiblera de “las cosas verdaderamente importantes” para seguir vendiendo cualquier cosa no verdaderamente importante.

Yo espero haber aprendido algo. O tampoco. Creo que todo esto ya lo sabía de antes. En todo caso he aprendido cosas de mí mismo. Y cosas prácticas del mundo de los hospitales, como mi amor hacia ellos. Algo que antes era teórico ahora es carne y sangre verdaderas. Hablo con mi amiga Blues, una amiga reciente, con la que chateo por wasup y que se hizo amiga gracias, en cierto modo, a lectura de este diario. Y le hablo sobre que mi motivación por hacerme celador en la pandemia tenía algo de compromiso político, algo que ya se ha dicho aquí: defender la sanidad pública, ayudar a los abuelos nacidos en tiempos de catástrofe (la guerra y la posguerra), ser útil en un momento de crisis colectiva. Pero que viendo el comportamiento de muchos de nuestros vecinos, voy cayendo poco a poco en un escepticismo melancólico, por previsible. Solo el espejismo de los primeros días pudo levantar mi entusiasmo, debido a la posibilidad de un cambio en los corazones. La pandemia no cambia al mundo, la pandemia cambia a las personas que cambiarán el mundo. Ella dice que esas decepciones desgastan, y yo contesto que no me importa desgastarme porque es mi forma de ser y mi forma de vivir. Le digo que para curar a un enfermo de Cóvid se pueden necesitar dos meses de cuidados minuciosos, 24 horas al día. Y que en muchas ocasiones, les dedicas esos dos meses y que aun así se mueren. Como el señor José María. Yo estuve 15 días en el pabellón C, y a continuación 5 días en el pabellón A. Y José María sufrió el mismo tránsito, cuando le trasladaron de pabellón porque el C había dejado de ser un territorio de Cóvid, de tal modo que aproximadamente durante un mes le estuve atendiendo. Ayudaba en su limpieza, vigilaba su alimentación, ponía atención en que se tomase las medicinas, le movía de acá para allá (pesaba mucho, al principio) le llevaba a rayos y a las ecografías. Y fui percibiendo su imparable deterioro hasta que un día pregunté de nuevo por él, nada más entrar en el pabellón, y me dijeron que se había ido. ¿A dónde? Una enfermera señaló con el dedo hacia arriba.

Así que me tocan mucho los pies los que ahí fuera se comporten como si José María no hubiera existido, como si solo existieran ellos. O como si solo ellos merecieran existir. Como si en un momento de crisis, las prioridades fueran sus caprichos y no la salud general y la particular (la de José María, por ejemplo). Siento bien poco respeto por ellos.

Es cuestionable este supremacismo de ¿clase? En Estados Unidos los que reclaman su derecho al libre movimiento por encima de la salud común, aparecen con armas frente a los parlamentos de los estados, intimidantes y obtusos. Aquí sus armas son las banderas españolas, que esgrimen como una amenaza contra los demás y contra el virus (si te cubres con ella, al parecer te inmunizas). No saben que a una pandemia no se le vence con subfusiles ni banderas, sino con ciencia y solidaridad. Si la pandemia es global, además ¿por qué exhiben banderas españolas? Porque no se trata aquí de medicina ni de salud, sino de política. De derribar a un gobierno que consideran ilegitimo, de recuperar el mando del cortijo. Para mí, la imagen icónica de la pandemia en España no será, como en Italia, los camiones militares de Bérgamo, llenos de ataúdes, sino un tipo en un Mercedes descapotable, con chófer incluido, envuelto en la bandera española y gritando a través de una megáfono: “Libertad, libertad, libertad”. Es una imagen demoledora. De un surrealismo muy español. Es decir, ridículo y bestial al mismo tiempo. Como segunda opción, por si no les gustasen los deportes de motor, hay otra imagen, igualmente surrealista e igualmente bestial: un señor golpea con su palo de golf una señal de tráfico. En ciertos barrios acomodados la protesta se hace con guantes y zapatos de golfista.

Que en una cuestión de virus, aparezca mezclado el nacionalismo nos dice a las claras que no estamos hablando de medicina, sino de poder y de estupidez. Si el gobierno central ha cometido errores (y todo indica que sí, muchos, como otros gobiernos) ya habrá tiempo de pedirles cuentas, las que sean necesarias. Pero irrumpir en medio de la pandemia con un discurso de odio, golpista, egoísta y clasista, es un acto cuanto menos de desprecio hacia el país que dicen amar (solo se aman a sí mismos. Las banderas son una extensión de sus egos hipertrofiados) ¿Desprecio hacia quién? Hacia la comunidad de los vivos, hacia la comunidad de los muertos, y hacia quienes han arriesgado su vida para salvar a los unos y a los otros. Las cifras de la pandemia en España no son las mejores, salvo en una cosa: las personas curadas. No las asintomáticas, sino las curadas en los centros hospitalarios.

El colectivo sanitario es transversal. Hay gente con todo tipo de ideologías y con todo tipo de ideas respecto a lo que no está pasando ahora. Quizá sean mayoritariamente socialdemócratas, pero también hay gente más a la derecha. Lo que sí son todos, en general, es clase trabajadora, gente del pueblo, gente que me hace recordar unas palabras de Antonio Machado, el escritor que, junto a Galdós, mejor ha comprendido y descrito a este país: “En España lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan a la patria y la venden; el pueblo no la nombre siquiera, pero la compra con su sangre y la salva.”

Cuando llego con mi renqueante furgoneta dokker, no veo coches con banderitas colgando del espejo retrovisor, no veo pegatinas de signo político, ni siquiera veo grandes todoterrenos de importación. Veo gente adormilada, aterida, que se dispone a salvar vidas. Veo gente cansada. Veo gente que se ha infectado de Cóvid y que se reincorpora al trabajo aún con secuelas. Veo gente, en general, vocacional y comprometida. Un rebrote del virus ahora sería fatal, porque tenemos al personal sanitario al borde del agotamiento. Ah, le digo a Blues, mi amiga del wasup, también vine para tomar el relevo de los compañeros enfermos o agotados. Si Sousa cae por Cóvid, yo ocupo su puesto. El y yo también llevamos banderas, banderas blancas. Pero en este caso no significan rendición, sino lo contrario: la sanidad pública no se rinde, ni se vende, se defiende.

En el pabellón C está perfectamente representada esa diversidad de la que hablaba arriba. Cuando llego siempre hay desbarajuste entre las auxiliares, porque tienen sus rencillas, sus diferencias acrisoladas. Se trata de una plantilla más veterana que en cualquier otro pabellón. Y eso implica varias cosas: un mayor cansancio ante la profesión, un modo resabiado de comportarse opuesto a la generosidad entre ellas; y un campo de batalla entre unos bandos y otros. En este pabellón hay gente estupenda, por supuesto, y me es imposible hacer reproches a las auxis, porque su trabajo es duro, muy duro, y poco vistoso. En la curación de una paciente destaca, sobre todo, el equipo médico. Luego la enfermería, que de algún modo lleva a cabo los tratamientos prescritos. Auxiliares, celadores, limpiadores, cocineros, servicios de mantenimiento, servicios generales, administración, etcétera, apenas aparecen en los títulos de crédito. Si acaso con la letra muy pequeña y cuando ya la gente ha abandonado la sala. Pero el trabajo de un hospital es un trabajo en equipo, y si falla uno solo de estos oficios, nadie se cura, la película no puede hacerse. El hospital como micro universo, como estructura paralela a la estructura social. Los trabajos humildes permiten que la estructura funcione y que las profesiones más vistosas puedan lucirse.

Marcela pone un poco de orden por las mañanas. Enseguida empezamos con la primera vuelta. Sobre las 9, tras haber preparados los carros de la ropa y los desayunos, que llevamos en carritos a modo de altas estanterías con ruedas donde se encajan las bandejas. En el pabellón tenemos personajes. Feli es ya mayor y, de hecho, no sé qué hace aquí, expuesta a Cóvid. Como no me conoce, nada más llegar intenta mangonearme. Tú por aquí, tú por allá. Aquí no entres, así no cojas. No es mala intención, es solo falta de tacto. Enseguida sé que está medio chaveta y que se mete en todo. Paso de ella desde el primer momento. Le digo que ya conozco el pabellón y que sé perfectamente lo que tengo que hacer, que no necesito su ayuda. Se suaviza porque he cambiado el tono. Pero sigue a lo suyo. Es domingo y les pone a todos los enfermos la misa de la tele. Les estamos limpiando al culo a tipos medio muertos, que no se enteran de nada, pero ella les pone la misa para salvarles el alma. El cura eleva la hostia hacia el cielo mientras nosotros retiramos los excrementos de los enfermos. Es todo surrealista. Hoy tenemos un éxitus en una habitación. Por norma general, extendemos una cortina entre el éxitus y el otro paciente, más que nada para no desmoralizar ni apenar al compañero. Pero cuando Feli se entera de que hay un muerto entra en la habitación y le dice al otro que le van a rezar un Padre Nuestro. A continuación le dice que el éxitus probablemente irá al Purgatorio, pero que ella rezará todos los días para redirigirlo al Cielo. Cuando viene Pepa (siempre vienen o Pepa o Eva cuando hay que llevarse a un fallecido) le digo que nuestro protocolo de la cortina hoy no tiene sentido.

En esa planta está la capilla del hospital. En funcionamiento. En todos los pabellones hay un cartel donde se informa el horario de la misa. La capilla es grande para las dimensiones de nuestro hospital. He propuesto que vayamos allí a desayunar. Feli casi me asesina con la mirada.

Otro personaje es Orlanda. Es una mujer cuadrada, fornida y dura. De un bofetón te puede mandar a Marte. Constantemente está diciendo “bonito”, “bonita”. Intenta comer todo lo que puede. Cuando a un paciente no le metemos la bandeja de la comida porque ese día no puede comer o lo que sea, Orlanda se come su comida. Cuando nos traen las torrijas o cualquier otra cosa, ella se procura una buena parte. Y trapichea con las cholitas de la limpieza. Les vende productos cosméticos. Si Orlanda se acerca a las cholitas, puedes ver los intercambios y oír las irresistibles ofertas de carmín. Las cholitas son muy presumidas. He trabajado mano a mano con ella y le tengo respeto. Trata a los pacientes con infinito amor, aunque es muy suya en su forma de expresarse, es áspera. A mí me mete prisa. Pero yo voy a mi ritmo. Acabado el turno, se sienta en la zona de estar del control y, mientras las demás hablan de sus cosas, ella, mirando al vacío, o al suelo, o al techo, no deja de decir “bonitas” “bonitas”. Como estuve tantos días en el pabellón C, tuvo tiempo suficiente para conocer un poco a Orlanda. Y para quererla a su propia manera: dura, descarnada, arisca. Como la vida que ella ha debido llevar. Pero esto son conjeturas, porque nunca hemos hablado de eso. Ella me dice “bonito”, y yo a ella “bonita”, y esa es toda nuestra complicidad.

Intento detener esa escena en el tiempo. Ver luego cómo se transforma en un cuadro de Hopper o en una foto en blanco y negro. Yo no salgo en esa foto, soy el observador: un cuarto con sillones haciendo un círculo. Un grupo de enfermeras hablando en un lado y, en el otro, otra enfermera mirando al vacío y diciendo sus palabras mágicas, su manera de embellecer el mundo, de hacerlo más llevadero. Veo esa escena y me cuesta trabajo creer que yo estuve dentro de ella.

En casa de Lebo, está también Virginia, quien ha venido a buscar a Jero, el hijo de ambos. Cuento a Virginia todas estas cosas mientras Lebo se hace una coleta con su melena.


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